La reforma electoral y sus efectos
II - La elección presidencial.
El número de candidaturas y el doble voto simultáneo
Oscar A. Bottinelli

2.1 - Los antecedentes nacionales

Por primera vez en el siglo, el principio de decisión y la mecánica de la elección presidencial se ha transformado en centro de debate. Desde los célebres Apuntes sobre reforma constitucional de José Batlle y Ordóñez hasta el plebiscito constitucional de 1966, el eje polémico fue la forma de integración del Poder Ejecutivo: si unipersonal o pluripersonal, alternativa que en el lenguaje político se tradujo por "presidencialismo o colegiado".

Los dos temas en discusión sobre la elección en sí del Poder Ejecutivo, con gran distancia en el tiempo uno del otro, fueron:

Primero. Elección directa versus elección indirecta (por medio de la Asamblea General), tema debatido y resuelto en la IIa. Convención Nacional Constituyente. En la primera opción se situaron los nacionalistas y los colorados anticolegialistas; en la otra, los batllistas. El pacto resultante fue la implantación de la elección directa de Poder Ejecutivo a cambio del establecimiento de la representación proporcional en la Cámara de Representantes.

Segundo. La elección presidencial personalizada, sin doble voto simultáneo; iniciativa conocida como "elección de presidente sin lema". Fue auspiciada en 1946 por el herrerismo, y entre 1958 y 1962 por el herrero-ruralismo.

Otros dos temas aparecieron en el debate a partir de los años cuarenta, desde actores políticos de baja relevancia electoral, como Unión Cívica del Uruguay, Partido Comunista, Partido Demócrata y Partido Socialista:

Uno. La eliminación del voto conjunto Poder Ejecutivo-Poder Legislativo.

Dos. La elección de Poder Ejecutivo en forma partidizada sin doble voto simultáneo, es decir, con candidatura única por lema.

A partir de la restauración institucional aparecieron tres tipos de iniciativas, desde agentes políticos relevantes:

Uno. La eliminación del voto conjunto Poder Ejecutivo-Poder Legislativo

Dos. La elección mediante candidatura única

Tres. La sustitución del principio pluralitario (exigencia de mayoría simple) por el principio mayoritario absoluto (exigencia de mayoría absoluta para decidir la elección, con la eventualidad de segunda vuelta entre los dos candidatos más votados).

Cuatro. La desvinculación o la separación temporal de las elecciones nacionales de las elecciones municipales.

Ahora bien ¿cuántos y cuáles antecedentes registra el país de elecciones de Poder Ejecutivo plenamente competitivas, sin cuestionamientos ni abstenciones significativas, con legitimidades jurídica y social plenas? El cómputo cabe hacerlo a partir de la Constitución de 1918 y con exclusión del período de vigencia de la Constitución de 1934. El resultado es:

a) Elección indirecta de presidente de la República, como una de dos ramas del Poder Ejecutivo: una

b) Elección indirecta y parcial de Consejo Nacional de Administración, como una de dos ramas del Poder Ejecutivo: una

c) Elección directa de presidente de la República, como una de dos ramas del Poder Ejecutivo: tres

d) Elección directa de Consejo Nacional de Gobierno, como única rama del Poder Ejecutivo: tres

e) Elección directa de presidente de la República, como única rama del Poder Ejecutivo : ocho

Además, las cuatro elecciones (una directa, tres indirectas) de presidente de la República como una de las dos ramas del Poder Ejecutivo, fueron simultáneas, en el mismo acto electoral, con las elecciones de la otra rama ejecutiva, el Consejo Nacional de Administración.

De las veintitrés elecciones y dieciocho actos electorales habidos en el país para decidir Poder Ejecutivo, en forma de competitividad plena, sin abstenciones significativas, solamente ocho corresponden al sistema vigente en su plenitud: elección uninominal, de un jefe de Estado y jefe de Gobierno con jurisdicción plena de todas las materias, elegido por mayoría simple y doble voto simultáneo.

 

2.2 - Los ejemplos extranjeros

La experiencia comparada es algo a lo que cabe recurrir, y se recurre mucho en las argumentaciones. Entonces conviene buscar cuáles y cuántos son los modelos comparables.

Antes que nada, algunas precisiones preliminares:

Una. Para el análisis de los efectos y la eficacia de otros sistemas, debe apelarse a sistemas electorales y políticos aplicados en países en donde existan elecciones plenamente competitivas, libres, por un período prolongado, con alta legitimación social de su resultado.

Dos. La electividad de la Presidencia de la República, según la inmediatez del voto, admite tres variantes:

a) elección directa, como en Uruguay

b) elección formalmente indirecta, aunque de hecho directa, como en Estados Unidos

c) elección sustancialmente indirecta, como Israel, Italia o Alemania.

Tres. La Presidencia de la República no es un tipo único de institución, y admite al menos cuatro formas distintas en cuanto a su rol:

a) como jefatura de Estado y de Gobierno, cabeza política de la administración, sinónimo de Poder Ejecutivo, como ocurre en Uruguay o en Estados Unidos.

b) como jefatura de Estado y relativa incidencia en la conducción gubernamental, aunque cohabitando con un Primer Ministro con respaldo parlamentario, como en Francia.

c) como jefatura de Estado pura y simple, símbolo y representación del país, en una función republicana de características monárquicas, típica de los países de parlamentarismos puros, como Israel, Italia o Alemania.

d) como parte de un Poder Ejecutivo de más de una cabeza, ejemplo inusual en el mundo moderno, como ocurrió en nuestro país bajo la vigencia de la Constitución de 1918.

¿Cuál es el por qué de estas precisiones?

Una. Porque no es posible medir los efectos sobre el grado de cohesión o fragmentación del sistema político si no se cuenta con un período prolongado de elecciones realmente competitivivas, en que la gente sienta que efectivamente se trata de decidir la continuidad o cambio en la titularidad del Poder, y que esa decisión va a ser respetada y sentida como la única legítima.

Dos. Porque cambia notoriamente el posicionamiento político, la campaña electoral, la decisión electoral, si se trata de una elección directa o una indirecta.

Tres. Porque es fundamental saber qué se elige. Es radicalmente diferente la elección presidencial en Estados Unidos o en el Uruguay, donde los ciudadanos designan a quién será el principal conductor político del país por los cuatro o cinco años siguientes, que la elección en Finlandia, que en nada afecta el funcionamiento político del país (la elección realmente significativa es la de Parlamento, de donde surgirá la formación del gobierno, y fundamentalmente, de donde emergerá el Primer Ministro).

Bien ¿cuántos países hay que reúnan las tres condiciones de elección directa o sustancialmente, para el cargo de jefe de Estado y jefe de Gobierno simultáneo, en países con larga serie de elecciones competitivas y legitimadas? La lista es sorprendentemente chica: además de Uruguay (pese a la interrupción institucional), sólo cabe incluir a Costa Rica, Estados Unidos (formalmente indirecta, sustancialmente directa) y Venezuela.

Entonces, como resumen de estas dos partes del artículo, surge que ni la tradición es demasiado prolongada, ni tampoco las experiencias extranjeras son muchas.

 

2.3 - La eliminación del doble voto simultáneo. La candidatura única

La característica central del sistema electoral uruguayo en la elección presidencial, es que la competencia es en primer término entre agentes políticos y luego, en un segundo término, al interior de cada agente político es entre candidatos. La elección es de tipo partidizada y no personalizada.

Este hecho no ignora la importancia de los candidatos. Todo lo contrario. Lo que hace es poner el acento en el orden en que se producen las competencias. El primer nivel, la competencia entre lemas, no supone necesariamente una lucha despersonalizada; cada lema es simbolizado por un conjunto de elementos: programas de gobierno, principios, figuras y hechos históricos, colores, íconos y los propios candidatos presentes (pueden ser todos, la combinación de ellos, o el más relevante o los más relevantes).

El elector, por su parte, no separa en el tiempo los dos niveles de su opción. No elige primero por un partido y luego, en una etapa posterior, escoge dentro de ese partido por un candidato. Sino que la elección, que tiene un orden desde el punto de vista de la metodología electoral, y de la lógica de la competencia, es simultánea en el tiempo. La opción es pues combinada: se escoge un partido con candidatos, o se escoge un candidato que pertenece a un partido.

Esta lógica del doble voto simultáneo puede resultar confusa. Incluso puede dudarse de la validez psicológica del principio lógico. Esa dudas se robustecen toda vez que se discute la exportación del sistema uruguayo, en definitiva, toda vez que se descontextualiza el sistema La implantación y aplicación del sistema al menos en las cuatro o cinco primeras décadas parece claro: la alternativa básica en el país giró en torno a la oposición colorado-blanco; las adscripciones partidarias tuvieron (y en una medida nada menor siguen teniendo) una relevancia fundamental. Uruguay registra un bajo nivel de volatilidad del electorado, un muy lento desplazamiento del voto, que revelan un alto peso de las adscripciones partidistas.

Dicho en términos muy sencillo, lo que la lógica del doble voto simultáneo registra es la primer pregunta que en el Uruguay, desde los años veinte a fines de los sesenta, se formula todo uruguayo sobre el resultado de la elección: "¿Quién tuvo más votos: los colorados o los blancos?". O preguntado de otra manera: "¿son más los colorados o son más los blancos?"; entonces, si son más los colorados: "¿quién tuvo más votos: Terra o Manini; Martínez Trueba, Mayo Gutiérrez o Blanco Acevedo?". El colorario lógico del sistema resulta obvio para cualquiera: qué importa si Herrera fue individualmente el más votado (en 1930 o en 1950), si hubo más colorados. "¿A quién se le ocurre que el presidente sea blanco, si son mayoría los colorados?".

Esta lógica simple explica un sistema. Y en definitiva rebate la duda académica: ¿cómo es posible que si Herrera fue el candidato más votado, resulte electo Terra (o Martínez Trueba)?

Con el paso del tiempo, el crecimiento del desplazamiento electoral que supone un debilitamiento o un cambio en las pertenencias partidarias, el surgimiento de nuevas pertenencias significativas aparece un relectura del doble voto simultáneo. Su lógica pudo ser indiscutida en su origen, o en las décadas siguientes, pero no hoy: en la actualidad el votante elige candidatos y no partidos. Este aserto, formulado por algunos actores políticos a la hora de fundamentar iniciativas de reforma, no aparece avalado en estudios empíricos.

Aparece aquí pues un primer fundamento para la eliminación del doble voto simultáneo: el rechazar la existencia de una lógica de primero opción partidizada y luego opción personalizada al interior del partido; el sostener que la lógica de la competencia presidencial, y la comprensión popular de esa lógica, es la disputa directa y simple entre candidatos o entre partidos-candidatos (es decir, partidos expresados por un candidato, candidatos que expresan en su totalidad a un partido).

Un segundo ángulo de enfoque apunta ya no sólo a los aspectos de comprensión de las reglas de juego, sino a su trasparencia: atribuye al doble voto simultáneo efectos distorsionantes del resultado. Y en forma extrema, se otorga carácter ético a este hecho, y se califica de sistema tramposo, que estafa el resultado.

La argumentación parte de un supuesto: que los votantes de una candidatura minoritaria en un partido, de tener que sufragar directamente por el candidato triunfador, en un porcentaje elevado no lo harían y preferirían cambiar de lema. En ejemplos claros: que si en 1971 el candidato único del Partido Colorado hubiese sido Bordaberry, un porcentaje significativo de votantes colorados hubiesen votado fuera del lema; que si en 1989 Lacalle hubiese sido el candidato único del Partido Nacional, gran parte de los votantes de la fórmula Pereyra-Tourné hubiesen votado fuera del lema; y que en 1994, si Sanguinetti hubiese sido candidato único, hubiese perdido buena parte de los votantes de Jorge Batlle y de Pacheco Areco.

Como ocurre cuando hay que simular un escenario nuevo, es difícil predecir el comportamiento de los electores. Sin embargo, el alto nivel de voto partidizado, de pertenencia, y la baja volatilidad a nivel de familias políticas, relativiza su impacto. Máxime en casos como el de Sanguinetti en 1984 y 1994, cuya hegemonía lo convirtió en un virtual candidato único: el votante de las opciones menores no podía tener dudas del destino final de su voto; lo mismo cabe en relación a la fórmula Zumarán-Aguirre en 1984, como candidatura vicaria del proscripto Wilson Ferreira Aldunate.

Ahora bien, en la medida que en dos de las últimas cuatro elecciones la diferencia ha sido escasísima (0.8% entre el primero y el segundo en 1971; 1.1% del primero al segundo, y 1.7% con el tercero, en 1994), cualquier modificación en las reglas de juego puede alterar el resultado. Al menos no puede afirmarse que no sea así.

Una tercera argumentación surge de una óptica completamente diferente. La visualización de la candidatura presidencial como el elemento central convocante para el aglutinamiento fraccional. En última instancia, los sectores se organizan y articulan detrás de un candidato o de una fórmula presidencial. La candidatura única, en tal enfoque, permitiría una división de roles entre el líder partidario (líder de líderes) y los líderes sectoriales.

La eliminación del doble voto simultáneo plantea en principio tres caminos:

Uno. La elección presidencial sin lema. Es decir, los candidatos o las fórmulas presidenciales se inscriben, a partir del cumplimiento de requisitos predeterminados (por ejemplo, aval de determinado número de legisladores, o respaldo de determinado porcentaje de electores). La competencia es estrictamente personalizada, sin que ningún candidato represente ni invoque representación partidaria. Este esquema fue propuesto por el herrerismo en un proyecto de reforma constitucional en 1946, reiterado en 1958 por el herrero-ruralismo y cuatro años más tarde por el Eje Echegoyen-Nardone.

Dos. La competencia entre partidos, con un solo candidato por partido.

Tres. La competencia directa entre candidatos, los que pueden invocar representación partidaria o adscripción partidaria, sin que los votos emitidos en favor de distintos candidatos de un mismo partido se acumulen entre sí. Esta iniciativa no fue nunca formalmente realizada, aunque ha aparecido en forma subyacente en las primeras bases acordadas por los representantes de los cuatro lemas, en agosto de 1995. Parte de una visión invertida del múltiple voto simultáneo: como un sistema de voto por candidatos individuales que luego acumulan los sufragios entre sí; parte pues de confundir doble voto simultáneo con emparentamiento. Entonces se da el paso siguiente, se suprime el emparentamiento, es decir, la acumulación. Ocurre que en los países que hay emparentamiento, lo que se acumula son los votos emitidos en favor de distintos partidos, no de candidatos distintos de un mismo partido.

De los tres caminos señalados, el primero (elección sin lemas) y el tercero (elección personalizada con adscripción partidaria de los candidatos) no presentan problemas adicionales, salvo los efectos que pudieren derivar sobre el sistema de partidos, que se analiza en el punto 2.8

En el caso del segundo camino es diferente. La existencia del doble voto simultáneo, más la práctica invariada de absoluta libertad en cuanto a presentación de candidaturas, ha evitado el problema de quién, cuándo y cómo define los candidatos. En principio, hoy es candidato presidencial todo aquél que se lo proponga, o a quién se proponga y acepte, inclusive con total independencia de respaldo político o potencial respaldo electoral. La eliminación del doble voto simultáneo para la elección presidencial supone resolver necesariamente el cómo, cuándo y quién define ese candidato único por lema; o más exactamente, esa lista de candidatos a presidente y vicepresidente de la República.

Los caminos de designación son en definitiva tres:

Uno. Por las autoridades partidarias regulares.

Dos. Como resultado de elecciones primarias (elección directa entre pre.-candidatos presidenciales)

Tres. Como consecuencia de elecciones internas (elección de autoridades regulares partidarias o de congresos electores especiales, entre listas).

 

2.4 - La designación por las autoridades partidarias

El primer camino es la designación del candidato a través de las autoridades partidarias regulares. Es decir, la convención o congreso partidario, mediante mecanismos predeterminados de votación y de presentación de pre-candidaturas, elige al candidato único partidario a la Presidencia de la República y al candidato único partidario a la Vicepresidencia de la República. En la actualidad, la convención de ambos partidos tradicionales y alrededor de la mitad del Plenario Nacional del Frente Amplio, se integran de acuerdo con el resultado de las pasadas elecciones.

De persistir este esquema, el poder partidario tendería a concentrarse aún más, ya que un dirigente o sector minoritario tendría primero que luchar por el triunfo interno en los comicios nacionales siguientes, (su objetivo en dichas elecciones es asegurar la mayoría o el predominio en la convención, congreso o plenario), para recién cinco años después obtener la candidatura partidaria. En otras palabras, un grupo hoy minoritario debería luchar por obtener en 1999 la mayoría de la autoridad partidaria para aspirar a la candidatura presidencial en el 2004.

El grupo tenedor del dominio partidario impone así su candidatura en los comicios siguientes, con el consiguiente poder lideral que ello supone. El grupo minoritario aparece en la difícil situación de simultáneamente cuestionar o diferenciarse de la mayoría partidaria y a su vez pedir el voto para la figura conductora de esa misma mayoría; salvo que aspire a la renovación partidaria a través de una sutil estrategia de mimetizarse con el líder partidario y cuestionar a los seguidores de ese líder ("apoyamos al rey pero no a la corte"). Como fuere, es un significativo cambio de reglas de juego.

 

2.5 - La elección mediante comicios primarios

El segundo camino es la elección del candidato en forma directa mediante elecciones primarias, es decir, entre pre-candidatos. Este tipo se asemeja a las primarias norteamericanas o a la realizada por el Batllismo Unido el 28 de mayo de 1989. La característica principal de este tipo de elecciones es que la misma se realiza a través de una fuerte campaña electoral en la que el acento principal se sitúa en la lucha intra-partidaria. Las figuras de un mismo partido compiten públicamente entre sí, y sólo entre sí; cada uno tiene la necesidad de presentar sus propuestas y sus virtudes, y de forma más sutil o más directa, más suave o más contundente, desvalorizar las propuestas y virtudes de los demás contendientes internos.

Este mecanismo presenta como mayor efecto positivo, la sensación para el ciudadano de poder participar directamente en la decisión de la candidatura.

Los efectos negativos posibles son:

a) Perjudica al partido que tenga la competencia más reñida y polarizada. En la campaña electoral los contendientes partidarios expusieron cuáles son las falencias del ganador para poder ganador, cuáles son las debilidades de su programa, cuáles sus defectos personales y políticos. En definitiva, el ganador, el que pasa a ser candidato de todo el partido, enfrenta la campaña electoral nacional teniendo en su contra toda la argumentación ya esgrimida por sus contrincantes internos, en la campaña electoral interna previa;

b) La contienda es de tipo knock-out: hay un ganador y uno o varios perdedores; los simpatizantes del o de los candidatos perdedores pueden sentir dificultad para luego reorientar sus preferencias por el candidato ganador. En esto va a jugar y mucho las pertenencias partidarias: las personas con alta adscripción partidaria votarán disciplinadamente, con o sin entusiasmo. Las personas sin adscripción partidaria, o con baja pertenencia, podrán emigrar a otras tiendas.

Otro tema de relevancia es cuál es el principio de decisión a aplicarse en las elecciones primarias: el mayoritario simple o el mayoritario absoluto. Y luego, qué procedimiento de decisión, cuál sistema electoral mayoritario: mayoría simple común, mayoría simple condicional, mayoría románica, mayoría absoluta con invariabilidad del principio de decisión (balotaje clásico), principio mayoritario condicional.

Por supuesto que lo más relevante es como se comporta el electorado. Parafrasenado la sexta proposición de similitud de Rae se puede afirmar que "Los efectos de los sistemas electorales sobre la decisión electoral son marginales en comparación con los efectos de los resultados electorales". Y el resultado más conveniente para un partido es que el triunfador se imponga por una abultada ventaja; advertimos que se dice por una abultada ventaja y no por un abultado porcentaje. Lo más importante es que el resultado fuese categórico y no reñido. Por supuesto que si la diferencia es significativa y el porcentaje también, el resultado para el partido es óptimo. Tan importante es que el triunfador obtenga el 60% y el segundo el 30%, como que el ganador logre el 45% y quien le siga registre un 20%.

En cambio, nada favorables para un partido son estas situaciones:

a) que el ganador, aunque obtenga mayoría absoluta, lo haga en un marco polarizado; por ejemplo, un resultado 52%-48%;

b) que el pre-candidato más votado tuviese un muy bajo porcentaje de votos, aún cuando la diferencia sobre sus rivales fuese clara (por ejemplo, que lograse un tercio de los sufragios).

En una elección nacional ninguno de estos resultados importa demasiado, salvo en cuanto al grado de tolerancia que pueda encontrar el presidente, o los acuerdos que tenga que articular para el ogro de mayorías parlamentarias. Pero es el presidente.

En una primaria, el pre-candidato triunfador no ha obtenido nada más que el derecho a competir en la elección nacional. Y su primer requisito posterior es lograr el apoyo de todos los seguidores de su partido que sufragaron por los candidatos contrarios. Tanto la alta polarización como el bajo respaldo del triunfador son dos puntos de partida incómodos para la competencia presidencial definitiva.

Pero, además, puede implantarse un sistema que pueda derivar en una segunda vuelta ¿Qué pasa con ese partido de cara a la opinión pública? ¿No desgasta su imagen? ¿No exhibe una sobre exposición de sus figuras? ¿No prolonga en demasía el debate interno? Por contrapartida: el proceso de selección por etapas, en que los knock-outs son más relativos ¿no permite con mayor facilidad la recomposición partidaria? Son muchas preguntas abiertas, a las que es difícil contestar. No hay evidencias, no hay sistemas comparados.

 

2.6 - La designación a consecuencia de elecciones internas

La designación del candidato por una autoridad partidaria, regular o específica, elegida con escasa anterioridad a las elecciones generales. Ello supone la realización de elecciones internas entre sectores, grupos o listas. Elimina gran parte de los efectos negativos del camino anterior, ya que la convención o colegio elector resulta integrado en diferente proporción por todos los sectores. Su efecto final dependerá de las reglas de decisión interna para designar al candidato: sin son por mayoría simple, absoluta o calificada. Pero el efecto negativo más fuerte es el carácter indirecto de la designación, la posibilidad de que se genere una sensación de desconocimiento de la voluntad de los electores partidarios, de componenda entre dirigentes. Si la autoridad partidaria adopta la costumbre invariable de designar al líder de la fracción con mayor número de votos, no difiere en sus efectos de una primaria (del segundo camino); se trataría de una elección formalmente indirecta pero sustancialmente directa . Si la autoridad partidaria no elige al candidato más votado o, más aún, si termina designando a una figura de transacción, la opinión pública (tanto la partidaria como la nacional en su conjunto) podría sentirse engañada: un conjunto de dirigentes manipularon los resultados para distorsionar la voluntad popular (popular partidaria).

El tema del principio de decisión y del sistema a aplicar también es fundamental. Cualquier sistema que se aleje de la mayoría simple, incrementa la posibilidad de designación de una figura de transacción, ajena a los liderazgos fraccionales. Cualquiera de estos caminos (más aún la mayoría calificada) puede ser hasta beneficioso desde el punto de vista de la competencia presidencial, ya que permite eliminar las rispideces y articular amplias mayorías partidarias, vastos consensos. Pero un sistema con estos resultados requiere que la confiabilidad de la opinión pública hacia la institución partidos políticos, hacia las elites políticas, tenga niveles muy diferentes y superiores a los actuales.

 

2.7 - Las bases de soberanía. El quién, cuándo y cómo vota.

Pero los dos últimos caminos, las primarias y las elecciones internas, plantean tres ejes de problemas a resolver: quiénes participan (afiliados, electores previamente registrados, todos los ciudadanos), el cuándo (un año antes, seis meses, tres meses) y si son o no simultáneas para todos los partidos.

El primer punto, el quiénes participan, atiende a definir las bases de la soberanía partidaria. La base de la soberanía partidaria recoge tres modelos:

Uno. Cuerpo Electoral (en caso de elecciones comunes para todos los lemas). Todos las personas habilitadas para votar componen la base de soberanía común de todos los lemas. La base de cómputo partidario son todos los votos emitidos por ese lema. No existe la posibilidad de realizar un padrón, aún a posteriori, dado que el voto se emite en forma simultánea para todos los partidos, y no es detectable que elector sufragó dentro de cada lema. (El mecanismo electoral en este caso supone la existencia de mesas comunes para todos los partidos, con padrón y lista ordinal de votantes únicas, y voto secreto que asegura no sólo la imposibilidad de identificar por qué lista o candidato se sufragó, sino también se mantiene la reserva en cuanto a dentro de qué lema votó, es decir, en qué elección participó).

Dos. Cuerpo electoral a padrón abierto (en caso de elecciones singularizadas, simultáneas o no). Todas las personas habilitadas para votar tienen derecho a componer la base de soberanía partidaria, y la integran efectivamente por el sólo hecho de concurrir a las urnas de los circuitos del lema correspondiente (El mecanismo supone que cada lema o partido organiza sus propias mesas receptoras de votos. La adhesión o empadronamiento partidario se da por el sólo hecho de concurrir a dicho circuito).

Tres. Afiliación simultánea. Idem al anterior, con la diferencia que la adhesión partidaria se manifiesta en forma expresa, mediante la firma de alguna declaración, en forma simultánea (o más bien inmediatamente antes) de emitir el voto. Es el caso del Partido Colorado Batllismo, históricamente, y formalmente del lema Partido Colorado en la Carta Orgánica de 1982 (aunque no se ha aplicado, tras la reforma de 1988). El derecho a votar se adquiere por la pertenencia al Cuerpo Electoral y la filiación partidaria surge de la manifestación expresa previo a la votación.

Cuatro. Afiliados. Con variaciones significativas en cuanto a la calidad de afiliado, el proceso de afiliación y los derechos y obligaciones del mismo, es el sistema empleado en los otros cinco casos analizados.

Si las elecciones son simultáneas y comunes, aparecen todas las garantías propias del acto eleccionario, y en particular: a) se impide que alguien sufrague en dos partidos; b) se reduce la posibilidad del voto extrapartidario, es decir, del ciudadano que teniendo una pertenencia por un partido determinado, sufraga en las elecciones internas o primarias dentro de otro, para influir en la realidad interna del mismo

Si las elecciones son simultáneas pero no comunes, existe la posibilidad que un ciudadano vote dentro de más de un partido, salvo que se arbitrasen procedimientos (como sellar la credencial cívica) que obstaculizasen la posibilidad. Este mecanismo parece muy engorroso organizativamente, caro y poco práctico. Presenta la ventaja de que cada partido puede establecer de distinto modo las bases de soberanía; por ejemplo: unos rebajando la edad para votar, otros extendiendo el derecho de voto a los extranjeros no inscriptos en el Registro Cívico Nacional.

Si las elecciones son singulares, en diferente tiempo y de distinto modo, permite a cada partido realizarlas de acuerdo con sus propias concepciones organizacionales; establecer las bases de soberanía según su leal saber y entender. Presenta como inconveniente más significativo la posibilidad de que surja la duda sobre la legitimidad del resultado: cierto o no que haya votantes extrapartidarios, la sospecha es de recibo.

La simultaneidad de las elecciones genera otro efecto: la competencia se produce en un doble plano: por un lado se realizan tres o cuatro elecciones internas, que son las que verdaderamente producen efecto jurídico, para elegir el candidato, convención, plenario o congreso elector; y por otro, mediante el cómputo general de todos los votos, se produce una competencia interpartidaria que, sin efecto jurídico, adquiere sí un profundo efecto político. Se trata de un ensayo general de la elección, la anticipación de los comicios nacionales, o si se quiere, una gran encuesta sin margen de error estadístico. Este resultado genera dos efectos:

a) uno inmediato, el impacto político sobre la gestión de gobierno, sobre la relación gobierno-oposición;

b) el reacomodamiento de los actores a la vista del resultado electoral.

En principio los efectos deben ser los que generan las encuestas, con un grado mayor de confiabilidad real (es decir, no hay errores de muestra, ni de cuestionario, ni de encuestador, ni de proceso) y aparente (en última instancia, más allá de la alta confiabilidad demostrada por las principales encuestas, siempre es posible dudar de ellas). Del resultado del escrutinio no hay dudas posibles. A lo que debe sumarse ese efecto sagrado que la sociedad uruguaya otorga al veredicto de las urnas, y que tuvo su máxima expresión en la realización de un plebiscito trasparente y legítimo durante el gobierno militar, cuyo resultado adverso fue respetado sin ningún tipo de dubitaciones.

El otro tema de la celebración de elecciones internas o primarias, es cuándo se realizan. Veamos tres variantes y sus efectos:

a) Doce meses antes de las elecciones nacionales (noviembre del año anterior), fecha tradicionalmente señalada por el batllismo. Separa con nitidez el acto electoral interno del nacional, y en principio puede atemperar los efectos del primero sobre el segundo. Inclusive, verano de por medio, puede introducir una pausa-separación entre uno y otro. El riesgo es que ocurra exactamente lo contrario, que la campaña electoral hacia las elecciones internas se empalme con la campaña electoral nacional, y el país se encuentre con prolongadísimos periodos electorales de quince a dieciocho meses.

b)Seis meses antes de las elecciones nacionales(mayo del mismo año). Impide toda posibilidad de pausa o separación; transforma inexorablemente el año de las elecciones en un prolongado año electoral, de al

menos nueve meses. Pero son nueve y no quince o dieciocho.

c)Tres meses antes de las elecciones nacionales(agosto del mismo año). En primer término es demasiado cerca de las elecciones nacionales como que fueren elecciones internas de convención, plenario o congreso elector; no habría tiempo suficiente para que esos órganos a su vez procesasen con serenidad la designación de candidato. Por tanto, queda reducido sólo a elecciones primarias. Y para ellas sí parece ser el mejor timing en cuanto a acortamiento de la campaña electoral, la que en efecto podría tener una duración máxima de seis a siete meses. Genera como riesgo las dificultades de reacomodamiento de los partidos con elecciones primarias o resultados de las primarias dificultosas, como alta polarización o excesiva dispersión. Además, el impacto del resultado interpartidario de la competencia se amplificaría.

 

2.8 -La elección sin lema o personalizada con adscripción partidaria.

Los efectos de una elección presidencial si lema depende esencialmente del comportamiento de los actores políticos y de los electores. La gama de posibilidades es muy extensa, pero se presentan tres situaciones paradigmáticas:

Primera Candidatura única por partido, formalmente sin lema. Cada partido un candidato único. Aunque la hoja de votación no lleve lema, la campaña electoral se realice en forma partidizada, los candidatos exhiben y proclaman con fuerza su adscripción partidaria. Casi no hay diferencias con las elecciones con lema y candidato único.

Segunda. Candidaturas múltiples de un mismo partido, formalmente sin lema, y por tanto sin acumulación. Los candidatos en general corresponden a fracciones o sectores partidarios, aunque alguno pueda ser de todo un partido. Aunque la hoja tampoco lleve lema, la campaña electoral se realiza con clara identificación de cada candidato con un agente político (partido o fracción). Tampoco aparecen diferencias de entidad con las elecciones personalizadas con adscripción partidaria (ver infra).

Tercera. Candidaturas sin adscripción partidaria. El origen de los candidatos puede ser de fuerte, baja o nula adscripción partidaria; inclusive, de tratarse de fórmulas (candidatura conjunta a presidente y vice), de existir adscripciones no necesariamente deban corresponder al mismo partido. Pero la característica fuerte es que independientemente del origen, la fórmula es presentada desligada de todo partido político, comprensiva de un gran arco de ideas o intereses, o aún como omnicomprensiva del país en conjunto. Este modelo, de ser adoptado por todos los candidatos principales, o potenciar a los candidatos que lo adopten, puede llevar a una fuerte afectación de la adscripción partidaria de los ciudadanos. Y como efecto de largo plazo, llevar a la desestructuración del actual sistema de partidos ¿Hacia dónde? O hacia un nuevo sistema de partidos estable, o hacia sistemas cambiantes, poco estructurados. Se repite una aclaración inicial: si ello es bueno o es malo dependerá de la valoración que cada uno realice del actual sistema de partidos, y hasta de la conveniencia o inconveniencia de tener un sistema estable, modificable a través de largos ciclos.

La otra opción a analizar es la elección personalizada con adscripción partidaria. O dicho de otra forma, las candidaturas con lema, sin que se acumulen entre sí los votos emitidos por candidatos del mismo lema. Esta posibilidad supone una incongruencia lógica, no compatible con el concepto profundo del múltiple voto simultáneo. Máxime si el voto se mantiene conjunto con la elección parlamentaria, donde opere el múltiple voto simultáneo con todo su rigor lógico, es decir, el voto por un lema, en segundo término por un sublema y en tercer término por una lista de candidatos.

La elección de este tipo supone de hecho una elección sin lema, en que lo que se denomina lema tendría un efecto exclusivamente emblemático, pero no técnico-electoral. Este tipo de elección, pues, no difiere de la segunda posibilidad de las elecciones sin lema: las candidaturas múltiples de un mismo partido, formalmente sin lema, y por tanto sin acumulación.

Publicado por el Instituto de Ciencia Política y el Departamento de Sociología
de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República O. del Uruguay
Fundación de Cultura Universitaria
Montevideo - 1995