El Frente y la nueva coparticipación
Oscar A. Bottinelli

El país vive una transición de gobierno muy peculiar, como que ocurre en medio de un formidable cambio político de sistema político: cambio en lo institucional, producto del balotaje, y cambio en la correlación de fuerzas, producto de significativos desplazamientos del electorado. Tres elementos de este cambio aparecen muy relevantes, todos por primera vez en la historia nacional: que el Frente Amplio sea la primera fuerza del país, que la primera fuerza no sea el partido de gobierno, sino el principal partido de oposición y que el presidente de la República haya sido elegido sin lema, con el apoyo del segundo y tercer partido. Lo que en cambio no es una novedad, que las fuerzas políticas que componen el gobierno representen algo más de la mitad del país, y que la principal fuerza de oposición represente algo menos de la mitad del país. Este esquema de un país dividido en dos mitades algo desiguales (con perdón del disparate matemático) fue el dominante en el Uruguay bipartidista, de los años diez a los años sesenta del siglo veinte. Pero lo novedoso de este viejo esquema redivivo son dos cosas. Una de ellas es que el bloque de gobierno que representa algo más de la mitad del país no es un solo partido, sino dos partidos que confluyeron en una coalición electoral presidencial y confluyen ahora en una coalición de gobierno. La otra es que este bloque mayoritario está compuesto por las dos fuerzas que en ese medio siglo largo representaban la casi totalidad del electorado nacional, y que la fuerza minoritaria es un recién llegado, como que apareció en la escena política hace apenas tres décadas.

Un tema de negociación política de estos días es el reclamo frenteamplista de participación en la administración descentralizada, es decir, en los entes autónomos y servicios descentralizados, además de participar en los cargos de confianza parlamentarios y una mayor cuota en las mesas de ambas cámaras. Más allá de la anécdota, de los hechos puntuales de esta negociación, en definitiva lo que está en discusión si Uruguay vuelve a su tradicional camino de coparticipación o por el contrario va hacia un esquema de gobierno mayoritario excluyente de la minoría. La coparticipación, tal cual se la ha entendido en el Uruguay desde fines del siglo diecinueve, supone que una mitad del país no excluya a la otra mitad, que ambas se integre, se articulen y funcionen en el sistema político.

Una de las formas más emblemáticas de esta coparticipación ha sido la integración de los entes autónomos y servicios descentralizados, integración que tuvo como perfil dominante el "tres y dos", es decir, la presencia de tres miembros de la mayoría y dos de la minoría en cada órgano de cinco miembros. "Tres y dos" que recibió consagración constitucional durante la vigencia del texto de 1952. En definitiva, el "tres y dos" quiere decir: la fuerza política de la mayoría, que representa algo más de la mitad del país o alrededor de ello, obtiene la representación de la mayoría del Directorio; la fuerza política minoritaria, la principal fuerza de oposición, que grosso modo representa algo menos de la mitad del país, logra la representación de la minoría. En cargos: la fuerza del gobierno lleva tres cargos y la de oposición, dos. Este fue la lógica del "tres y dos", más o menos mantenida hasta el gobierno anterior, el de Lacalle, y quizás hasta el actual que fenece (más allá que esa mayoría fue cada vez más exigua y esa principal fuerza de oposición tuvo como competidora a otra fuerza de oposición casi equivalente).

Ocurre ahora que la fuerza de gobierno ya no es el Partido Colorado sólo, sino el Partido Colorado más el Partido Nacional, que juntos representan entre el 52% y el 55% del electorado total. Y la fuerza de oposición no es ningún partido tradicional, sino el Frente Amplio, que representa entre el 40% y el 45% del electorado (parámetros porcentuales dentro de los cuales se movió normalmente la colectividad blanca en la era del bipartidismo). Leído así el tema, integrar los entes con colorados y blancos ya no es más una forma de coparticipación, sino una composición exclusivamente unipolar: todos los cargos pertenecen a la mayoría de gobierno, sin participación de la minoría. Por tanto, sólo cabe la coparticipación si hay representación de la minoría, vale decir, del Frente Amplio.

Entonces, planteado así, a favor de la presencia del Frente Amplio en los entes autónomos caben todos los argumentos que manejó el Partido Nacional durante más de un siglo, la más de las veces con el rechazo colorado. Y oponerse a la presencia del Frente Amplio en los entes autónomos es reeditar la argumentación sostenida por el Partido Colorado durante mucho tiempo, en contra de la presencia blanca. De alguna manera, es reeditar la defensa y el ataque al "tres y dos", uno de los temas centrales del debate de la reforma operada en 1966. 

Como la vida política está llena de curiosidades, una de ellas es el enroque argumental entre blancos y frenteamplistas.  El partido Nacional que siempre defendió la coparticipación se opone a la presencia de la minoría en los entes autónomos, y la izquierda que siempre denostó desde el plano ético al "tres y dos", aparece como su reivindicadora.

Publicado en El Observador
Febrero 13 - 2000