Los desafíos de los años Dos Mil
Oscar A. Bottinelli

Con el fin de los años mil novecientos se produce un cambio histórico en el país, en materia de estructura y funcionamiento del sistema político, en el doble juego de sistema de partidos y proceso político de gobierno, producto de dos grandes variables: el cambio en las reglas de juego electorales, es decir, en el sistema electoral, generado por la reforma constitucional de 1996, y el lento pero persistente cambio electoral del país, reflejado en la pérdida de participación de los partidos tradicionales, los cuales pasaron de representar el noventa por ciento a estar apenas por encima de la mitad del electorado activo, entendido por tal el conjunto de personas que sufraga en forma afirmativa por un agente electoral, vale decir, por un partido político.

El sistema como operará en el primer lustro de los años dos mil puede describirse como una opción binaria, bipolar, de dos grandes bloques constituidos por cada uno de los dos alineamientos que respaldaron las opciones binarias del balotaje: de un lado el Partido Colorado y el Partido Nacional, y del otro esencialmente el Encuentro Progresista-Frente Amplio, que sociológicamente hablando es pura y sencillamente el Frente Amplio o el frenteamplismo (quizás en este otro bloque puediera situarse, con muchas reservas, al Nuevo Espacio, o pudiera considerársele como más próximo a este bloque que al otro). Sin confusión alguna: nadie sugiere que los partidos tradicionales constituyan un solo partido, ni que estén en proceso de fusión ni de dilución de identidades. Lo que sí es un proceso de aproximación que permite agruparlos en un mismo bloque, o en un mismo agrupamiento, diferente y enfrentado al frenteamplismo. Pero el situarse ambos de un mismo lado de la línea divisoria, el haber apoyado un mismo candidato o más exactamente una misma fórmula presidencial, son elementos que apuntan a un debilitamiento de las identidades partidarias. Al menos puede afirmarse que las fronteras entre lo blanco y lo colorado, tan rígidas en el pasado, fueron poco a poco siendo erosionadas por trasvases de electores de un partido a otro: blancos conservadores temerosos del wilsonismo que dieron su voto a Pacheco en el '71 y a Sanguinetti en el '84, colorados asustados por la dureza de los enfrentamientos internos colorados que apoyaron a Lacalle en el '89, colorados que prefirieron jugar la continuidad de las reformas estructurales con el voto a Lacalle frente al riesgo que suponían de un Sanguinetti en el '94, y con más fuerza blancos que votaron a un candidato colorado en abril, o a la fórmula Batlle-Hierro en octubre, o por desconformidad con la dureza de la confrontación interna blanca o con la candidatura única. A esos debilitamientos producto de comportamientos votacionales de los electores, se sumó en noviembre el hecho histórico del Partido Nacional como tal, por decisión unánime de su Directorio y coincidencia unánime de sus líderes, en dar su voto a la fórmula presidencial colorada. Y ese debilitamiento crece aún más cuando ambos partidos colaboran en sus respectivos gobiernos, en forma creciente, y además se ven cada uno más próximo al otro que hacia el tercero en discordia.

Pero estos dos partidos tradicionales a su vez son partidos de tipo complejo, cuasi federativo, compuestos por al dos o más grandes fracciones, con autonomía en su funcionamiento y sus decisiones, y con liderazgos fuertes. Un dualismo perfecto, en paridad, en el Partido Colorado, entre la 15 y el Foro y los liderazgos del presidente electo y el presidente saliente. Una geometría irregular en el Partido Nacional, con el liderazgo dominante de Lacalle y fracciones opositoras en tren de articulación con liderazgos difusos.

Pero a la complejidad de la geografía se suma otra complejidad adicional: los cambios de formato, las modificaciones de ingeniería, las variaciones en las herramientas, siempre van delante de los cambios culturales. Siempre hay un período de adaptación, en que sobre una nueva ingeniería operan actores con sobrevivencia de una cultura política, de prácticas y procedimientos, de forma de ver y razones, propios de la ingeniería anterior.

Uruguay tuvo durante mucho tiempo una lógica cuadrangular, producto de dos enfrentamientos binarios. La lógica de primer nivel colorado-blanca, y al interior de cada partido, en un segundo nivel, la lógica bipolar de un juego que en el largo tiempo opuso dos grandes fracciones o dos grandes bloques, tanto en lo colorado como en lo blanco. El país pasó del bi al tripartidismo sin que la cultura política de todos los actores se acomodase plenamente a ello. Y ahora se pasa a una nueva forma bipolar, sin que tampoco se observe una clara percepción del fenómeno. Sin tener cabal conciencia del paso dado, el Partido Colorado y el Partido Nacional articularon en noviembre una verdadera coalición electoral, en el sentido que el término tiene en la política europea, y atisbaron la conformación de una coalición de gobierno, también en el sentido que el término tiene en la política europea, lo que supondría en este caso un cogobierno de dos partidos con igualdad de derechos, responsabilidades y representación.

La forma en que se vienen moviendo todos los actores hace pensar que no se ha dado todavía el paso cultural de un formato a otro. Se sigue viendo un gobierno colorado que es apoyado por la oposición o la minoría blanca; se sigue viendo el consenso, la coparticipación o el no exclusivismo en los términos de los años cincuenta, como el entendimiento entre lo colorado y lo blanco. Y en general parece que todavía nos se perciben las dificultades de funcionamiento de un sistema en que un tercer actor, que casualmente es el primero, el de mayor votación, es clave tanto en la adopción de las grandes decisiones y en la modificación de reglas de juego, como en la posibilidad de alternancia en el poder, o en el gobierno.

Del lado frenteamplista tampoco parece que se visualice con claridad el cambio formidable de responsabilidad y por tanto de cultura política, de praxis, que obliga la calidad de primera fuerza. Y tampoco se percibe con claridad que si esa fuerza llegase a obtener una o dos intendencias del interior del país, un relacionamiento fluido con el gobierno central pasa a ser una necesidad política impostergable.

Estos parecen ser, desde el punto de vista del sistema político, de su estructura y funcionamiento, los principales desafíos de los primeros años Dos Mil.

Publicado en El Observador
Diciembre 26 - 1999