Algo ha pasado en treinta años
Oscar A. Bottinelli

El resultado electoral del 31 de octubre permite muchos ángulos de análisis. Sin duda permite observar y estudiar los efectos del comportamiento de partidos y candidatos, la eficacia o ineficacia de cada campaña publicitaria, los aciertos y errores de los protagonistas, el presente y pasado de cada dirigente, los contextos sociales y económicos, nacionales e internacionales. Pero hay otro dato y otro ángulo de enfoque: en 1966 ambos partidos tradicionales en conjunto representaban el 90% del electorado activo y hoy poco más del 55%.

Resulta que la significación electoral de los partidos tradicionales se mantuvo por encima del 90% desde el nacimiento del Uruguay moderno hasta 1966, es decir, por un lapso de medio siglo. Y en el tercio siguiente se produjo un descenso constante, sostenido y gradual. Presentado en cifras redondeadas: 1966, noventa por ciento; 1971, ochenta y algo por ciento; 1984, setenta y cinco; 1989, setenta; 1994, sesenta y cinco por ciento; 1999, cincuenta y cinco. En ese período el Partido Colorado comenzó con la hegemonía de Pacheco y el liderazgo minoritario de Batlle, pasó luego al coliderazgo dominante de Batlle, Sanguinetti y Tarigo, de allí fue al predominio compartido de Batlle y de Pacheco, luego la hegemonía casi absoluta de Sanguinetti, y de nuevo a un equilibrio de liderazgos de Batlle y Sanguinetti. En el Partido Nacional las figuras centrales fueron Echegoyen, Gallinal y Alberto Heber, luego Wilson Ferreira Aldunate y Carlos Julio Pereyra, más tarde Lacalle y Pereyra, después Lacalle, Volonté y Ramírez; en abril el nacionalismo salió por primera vez tercero a escala nacional con los liderazgos de Lacalle y Ramírez, y en octubre de nuevo tercero con Lacalle casi en solitario. Este desfile de nombres tiene un único propósito: refrescar la memoria que este declive atraviesa todos los liderazgos, todas las figuras, las más diferentes propuestas, ideas y equilibrios de fuerza.

Entonces, más allá que sin duda los aciertos de unos y los desaciertos de otros influyen en cada episodio, un proceso de la envergadura, gradualidad y longevidad como el que observamos, requiere buscar explicaciones más profundas, de más larga data. No se trata de hacer una exculpación de errores y conductas de unos y otros, sino de relativizar interpretaciones que ponen demasiado el acento en aspectos episódicos o anecdóticos.

El tema es demasiado profundo, amerita prudencia en el abordaje. Por lo que en una primera instancia sólo caben algunas pinceladas en borrador. Tentemos pues algunas primeras explicaciones, que no son todas las que cabe mencionar, ni están ordenadas según jerarquía ni nivel de impacto. Veamos:

Uno. Los partidos tradicionales, separada y conjuntamente, mediante diversas formas de abordar la gestión de gobierno afrontaron el declive del país, y luego, tras el período militar, iniciaron un proceso importante de cambio en el país. Existen indicios que una visión de sectores cuantitativamente crecientes difiere en forma sustancial con la visión de gobernantes y cogobernantes, en particular en cuanto a los logros de la gestión, la situación del país y las perspectivas del mismo. Con razón o sin ella hay una formidable brecha de diálogo, de entendimiento, entre los impulsores de esos cambios y una buena parte de la población.

Dos. Los cambios, se los vean como positivos o negativos, han generado incertidumbre. O si no fueron los cambios, fueron los impactos de un mundo globalizado. Pero la incertidumbre existe, se ha instalado y es creciente. Un pueblo en incertidumbre, como un individuo con miedos y temores, tiende a recurrir a las seguridades de las edades tempranas, al refugio de la niñez. Y la edad temprana de la actual sociedad uruguaya es el imaginario (real o imaginado, pero imaginario al fin) de un país matrizado en el modelo del welfare-state, de un Estadio protector y omnipresente. Los partidos tradicionales se han alejado de ese imaginario, y no han sido plenamente exitosos en lograr la aceptación plena de un modelo sustitutivo. Aclaremos: han logrado importantes avances,. Como que hoy nadie se anima a sostener propuestas que hasta hace diez o quince años eran de recibo. Por el contrario, cada vez se incorpora al discurso de todos valores como la eficiencia, el valor de la competencia, el papel de la actividad privada, la estabilidad monetaria y la disciplina fiscal. Pero ello no implica éxitos en la reformulación o sustitución del imaginario en su globalidad.

Tres. En los últimos años han revivido estilos de hacer política más parecidos a los dominantes en el período pre-autoritario, estilos devaluados durante la primera fase de la restauración institucional. Esos estilos hacen bastante poco al logro de adhesiones del Partido Colorado y del Partido Nacional. En cambio hacen mucho para las figuras intermedias en la disputa de espacios políticos al interior de los partidos. Y esos estilos clientelísticos generan cada vez menos adhesiones en la población, o más rechazos.

Cuatro. Aparece un importante divorcio comunicacional entre ambos partidos y las nuevas generaciones, particularmente del país metropolitano. Fenómeno más acentuado en el Partido Nacional que en el Partido Colorado. Lo curioso es que a la salida del período autoritario tanto el coloradismo como el nacionalismo exhibieron una dinámica poderosa de mensaje y captación de jóvenes, en franca y exitosa competencia con la izquierda. Esa dinámica desapareció.

Estos son unos primeros y relativamente apresurados apuntes, nada exhaustivos, desde el ángulo de lo que cabe a los partidos tradicionales. También algo habría que escribir sobre el por qué de la captación desde el otro ángulo, desde la izquierda, en un país que ideológicamente no puede considerársele mayoritariamente de izquierda, al menos en lo que esto significa a nivel latinoamericano.

Publicado en El Observador
Noviembre 12 - 1999