Argentina: cuatro elecciones consecutivas
Oscar A. Bottinelli

Pese a haber nacidos juntos, como desgajamientos de un tronco común, Argentina y Uruguay ha construido culturas políticas diferentes, al punto que mientras de este lado del Plata se registran series ininterrumpidas de hasta ocho elecciones consecutivas de gobierno, o para ser más exactos, de titulares del Poder Ejecutivo, Argentina es la primera vez en su historia que registra cuatro elecciones presidenciales consecutivas. Cuando hablamos de elecciones, lo hacemos en el sentido ontológico del término, es decir, como actos votacionales en que el elector escoge entre opciones diferentes, con fuertes márgenes de opción, y el producto de esos esfuerzos de selección son resultados reconocidos jurídica y socialmente. Es decir, hablamos de elecciones legítimas y legitimadas en un contexto de democracia liberal, o democracia clásica, o poliarquía, según la denominación que se prefiera.

Pero además, la probabilidad del triunfo del opositor Fernando de la Rúa hace que el hecho adquiera una segunda dimensión histórica: el 12 de diciembre será la primera vez en más de siete décadas en que un presidente elegido constitucionalmente entrega el mando a otro presidente, también elegido constitucionalmente, y la entrega se realiza en tiempo y forma. Lo más parecido a esto pudo ser la trasmisión del mando de Alfonsín a Menem, que realizada en forma anticipada en medio de una crisis política, económica y social, supuso una especie de delicuescencia de poder (cabe recordar que Menem dijo que no le trasmitieron el mando sino que se lo tiraron por la cabeza). Un tercer hito histórico es que sería la primera trasmisión del mando constitucional, en tiempo y forma, de un presidente de un partido a un presidente de otro partido; se produciría nada más ni nada menos que la primera rotación pacífica y constitucional de partidos en el poder en toda la historia de la nación vecina, al menos también en clave de democracia clásica.

Estas consideraciones podrían parecer exageradas. Pero no debe olvidarse que la democracia clásica en Argentina puede considerarse funcionante desde la mitad de la segunda década de este siglo, y las tres presidencias correspondieron al mismo partido. Luego viene el golpe militar y una década larga de fraudes, el peronismo (con dos presidencias del mismo partido y mismo titular), la casi dos décadas de alternancias de gobiernos militares con gobiernos civiles elegidos en comicios con limitaciones y proscripciones, el retorno del peronismo en el convulsionado ensayo de Perón y su esposa, el último período militar y finalmente este nuevo ensayo de democracia clásica. Como puede verse, al país vecino le costó mucho llegar a este estadio, y la cuarta elección consecutiva, la rotación de partidos, la trasmisión pacífica y ordenada de la primera magistratura de un titular a otro, son todos elementos que permiten ahora, recién ahora, empezar a ver a Argentina como un país donde la democracia clásica se estabiliza y pasa a ser un elemento integrado a su vida política y social.

Curiosamente, es un país de fuertes tradiciones y prácticas políticas, con partidos de medio siglo o más de un siglo de historia, con dirigencias políticas habituadas a tejer juegos de alianzas y enfrentamientos, en un sistema de poder en que los partidos han sido un elemento, pero no el único, junto a estamentos como el militar, el eclesiástico y las instituciones corporativas. Cuando siete días después Uruguay realiza una elección más, el ejemplo argentino sirve para valorar la importancia de esta costumbre instaurada, legitimada e internalizada. Como toda cosa trascendente, la democracia liberal uruguaya corre riesgos de erosión. A la vista están, analizados desde el ángulo político, un avance en el desinterés ciudadano evidenciado en la concurrencia a las urnas en abril, cierta asintonía entre el sistema político y la ciudadanía, y como preocupante elemento nuevo, el crecimiento de la intolerancia y la descalificación en la confrontación

Publicado en El Observador
Octubre 24 - 1999