El fin de la coalición
Oscar A. Bottinelli

Con la renuncia de Ignacio Zorrilla a la cartera de Ganadería, Agricultura y Pesca se pone fin a cuatro años y medio de gobierno de coalición. Puede ser considerada la primera o la segunda coalición propiamente dicha, o coalición a la europea, o coalición fuerte, en un país muy acostumbrado a la búsqueda de entendimientos y consensualidades, que a lo largo de más de un siglo adoptaron los nombres de coparticipación, gobernabilidad, concertación o entendimiento nacional. Si ésta es la segunda, la primera la constituyó la coalición del Partido Colorado con el Partido Nacional Independiente, que si bien no comprendió la totalidad de ambas colectividades tradicionales, supuso un respaldo parlamentario superior al actual (66 bancas en la Cámara de Representantes contra 63 de la actual, en el cómputo del comienzo de la Legislatura).

La suerte de la coalición quedó sin duda sellada el 25 de abril, aunque más bien puede decirse que ocurrió con la renuncia de Volonté a la Presidencia del Directorio del Partido Nacional. ¿Por qué esas fechas? Veamos: en el Partido Nacional se abrieron tres posturas sobre el tema: una de Alberto Volonté, que fue el constructor de la coalición del lado nacionalista; otra de Luis Alberto Lacalle, que estuvo más próxima al concepto de gobernabilidad o de entendimiento nacional que de coalición; y una tercera de Juan Andrés Ramírez, que reprochó a Volonté que la coalición, al menos en la forma que operó, supuso la pérdida de identidad del Partido Nacional. Para Volonté, acorde al más exacto concepto de coalición de gobierno, su partido cogobernaba con el Partido Colorado, fue un miembro pleno del gobierno. Para Lacalle, en cambio, el Partido Nacional ha sido el principal partido de oposición que le otorgó gobernabilidad al Partido Colorado, colaboró con un gobierno colorado y le facilitó aplicar su política, todo ello basado en un pacto escrito, en un plan de grandes objetivos de gobierno minuciosamente diseñados.

El análisis de la coalición es difícil, porque es contradictorio. Desde el punto de vista estrictamente político, sin evaluar sus resultados sociales y económicos, y fuera de posturas ideológicas, la coalición aparece como exitosa en tanto otorgó al país al menos cuatro años de estabilidad, y dotó al gobierno (entendido no como el gobierno de un presidente líder de un partido, sino precisamente como un gobierno de coalición de dos partidos) de las mayorías necesarias para llevar adelante los objetivos que se trazó. Más aún, estos cuatro años giraron en torno a dos círculos de entendimiento: un círculo más estrecho, aunque amplio, ya que contó inicialmente con veintiún votos en la rama alta del Parlamento y sesenta y tres en la baja, que supuso la coalición de gobierno strictu senso; y un círculo más ampli, al que podríamos denominar entendimiento legislativo de gobernabilidad, que incluyó al Nuevo Espacio, y permitió aprobar los grandes instrumentos jurídicos de este periodo: la reforma de la seguridad social y la reforma constitucional.

Sin embargo, los datos que surgen de la opinión pública y del electorado son diferentes. El gobierno, y en particular la coalición de gobierno, logra en el mejor de los casos un empate entre posturas aprobatorias y desaprobatorias, con cierta prevalencia de las actitudes refractarias. Si quienes han integrado la coalición representaron los dos tercios del electorado, la aprobación de la gestión está muy lejos de ese porcentaje. Pero además los resultados electorales no son muy halagüeños: más allá de errores en el ejercicio del liderazgo, el conductor del partido coaligado y símbolo de la coalición logró un magro apoyo votacional. Inclusive el herrerismo, que desde el inicio estuvo en una actitud más tradicional de gobernabilidad que de coalición plena, logra mayor sintonía con la opinión pública cuando marca disidencias que cuando marca coincidencias, disidencias siempre en un marco de gobernabilidad, no de oposición pura ni menos de oposición salvaje.

El esquema político del Uruguay sin duda ha sufrido algunas variaciones el 25 de abril, y puede sufrir algunas más el 31 de octubre. Pero todo indica que el próximo presidente necesitará también del doble círculo de la coalición y la gobernabilidad legislativa. Las señales para la coalición no son demasiados entusiasmantes para los futuros coaligantes (entendidos como el partido que ingresa como socio del partido del presidente) y las señales para la gobernabilidad legislativa parecen más optimistas, aunque el veredicto dependerá de la votación del Nuevo Espacio. La prima conclusión es que la ciudadanía uruguaya tiende en general a ver con buenos ojos las señales de tolerancia, entendimiento o gobernabilidad, pero no asume una cultura política de coalición plena.

Publicado en El Observador
Agosto 22 - 1999