Una parlamentarización que no se viene dando
Oscar A. Bottinelli

Una vez aprobada la reforma constitucional, muchos analistas (entre los que nos contamos) visualizaron como uno de sus efectos la posible parlamentarización de la elección de octubre. Por parlamentarización de la elección se entiende el fenómeno por el cual el elector privilegia la opción parlamentaria en detrimento de la presidencial, tanto en la competencia entre partidos como en la competencia al interior de los partidos. Para ser más claros, que el razonamiento del elector siguiese esta lógica: la elección de presidente la voy a definir realmente en noviembre, ahora voy a votar a este partido chico para que tenga más bancas y tenga más influencia en el próximo gobierno o en la próxima Legislatura; o aunque no me guste el candidato a presidente que postula mi partido, lo voto igual pero a un sector opositor al candidato; así fortalezco a este grupo; total, si el candidato presidencial no me gusta, no lo voto en noviembre y punto. En otras palabras, esta elección de presidente de la República en tres etapas, en tres vueltas, podía llevar al debilitamiento de la instancia intermedia.

Esta lógica sin duda beneficiaba al Nuevo Espacio a nivel partidario, y a nivel sectorial podía beneficiar a sectores distantes e inclusive opuestos al candidato triunfante, como el ramirismo en el Partido Nacional.

Muchos factores apuntan a que este fenómeno de parlamentarización de la elección de octubre pareciera no darse, al menos en este ciclo inaugural del nuevo sistema. En el 2004 se podrá verificar si se trata de un fenómeno coyuntural, producto de la transición de un sistema a otro, o si por el contrario es un efecto permanente del sistema.

¿Qué factores han operado para que la elección, lejos de parlamentarizarse, se presidencializase aún más? En principio parece haber dos tipos de factores. Uno es la propia lógica que operó hacia abril, en que la competencia quedó centrada en forma casi exclusiva en el nivel presidencial, al punto que fuertes caudillos departamentales tuvieran serias dificultades para soportar el vendaval, tras haber quedado mal posicionados en el plano presidencial. El mismo fenómeno que arrasó con fuertes figuras locales cuando la debacle de Por la Patria en 1989, operó ahora sobre los sectores minoritarios del nacionalismo, sobre los caudillos departamentales de esos sectores minoritarios, particularmente de Propuesta Nacional y Manos a la Obra.

El otro factor, y los ejemplos más nítidos surgen siempre en el nacionalismo, es la forma en que operaron los sectores. El ramirismo planteó un juego de todo o nada, antes y después: antes, una fórmula cerrada (cuya señal es: sin gano con mayoría absoluta no voy a buscar acuerdos) y después, la negativa a integrar la fórmula presidencial. Pero lo más significativo fue no tanto la negativa a integrar la fórmula, sino la dos corrientes que se abrieron en su seno: una concepción de participación en las elecciones parlamentarias (postura encabezada por Larrañaga, Pereyra, Gonzalo Aguirre y Alonso) y otra postura numantina de retiro de la contienda electoral (sostenida por el propio Ramírez con el apoyo de Zumarán). Esta postura contribuyó y mucho a la imagen de una elección casi exclusivamente presidencial. Si un sector importante, o una rama significativa de ese sector opta por el retiro, la opción parlamentaria se devalúa; el mensaje es: sólo hay alternativa parlamentaria si ella es plenamente compatible con la opción presidencial.

Quizás habría que añadir un tercer factor: el resultado de 1994 presentó como viable el triunfo del Frente Amplio. Más allá de prédicas, consignas y algún que otro triunfalismo, para el común de los uruguayos el presidente podía ser colorado o blanco. A partir de esa elección quedó claro que puede ser colorado, blanco o frenteamplista. Y si los tres grandes bloques aparecen como ganadores posibles, opciones parlamentarias, vistas como meramente testimoniales, también descaecen.

Todo indica que el sistema, entendido como la conjunción de normas jurídicas y efectos agregados tanto de los actores políticos como del electorado, ha quedado como un sistema piramidal, un sistema en árbol: una competencia presidencial en primer plano, en un segundo plano una competencia senatorial (al interior de cada partido, entre los seguidores de un mismo candidato presidencial) y quizás en el mismo plano, una competencia a nivel de Diputados, en Montevideo seguramente

Publicado en El Observador
Julio 18 - 1999