El Parlamento silencioso
Oscar A. Bottinelli

Cualquier uruguayo abonado a la televisión por cable puede observar al menos una vez por semana, en directo, cuando los diputados británicos (los comunes) formulan sus preguntas (la hora de las interpelaciones) al Primer Ministro o a otros miembros del gabinete. Una vez al año se ve de principio a fin, las extensas horas en que se debate el informe anual del gobierno español, y la siempre jugosa polémica entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. También se pueden observar en directo debates del Budestag alemán y discursos en el Senado norteamericano. A lo que el televidente uruguayo no puede acceder, ni por cable ni por aire ni por piolín, es a presenciar un debate en el Parlamento uruguayo. También ha desaparecido, o se ha espaciado fenomenalmente, la trasmisión directa por radio.

Al ciudadano de este lejano sur le queda la posibilidad de ver pedazos de debate en algunos flashes informativos, o trasladarse in corpore al Palacio Legislativo. Con dos tipos de problemas. Uno que para presenciar una sesión hay por lo menos que enterarse cuándo sesiona una cámara y qué trata, lo cual no es una información fácil de obtener ni de aparición normal en los diarios. El segundo problema es que cada vez es más desagradable para la gente concurrir al Palacio Legislativo; en el Uruguay de los años de confrontación, el del 68 al 73, el acceso al Palacio y a los legisladores correspondía a la liberalidad propia de la vieja tradición republicana. Hoy es un bunker que parece producto del original diagnóstico que los legisladores cuentan con aguerridos fans que los siguen a sol y a sombra como cazadores de autógrafos.

En los países con regímenes democrático-liberales consolidados, la información parlamentaria es una información central en el seguimiento político. Y la prensa, el periodismo escrito, es el comunicador sustancial del extenso y variado trabajo legislativo. Aunque a mucha gente cueste creerlo, aunque resulte trabajoso informarse, las dos ramas del Parlamento trabajan y mucho, y producen bastante. Más de cuarenta comisiones trabajan, discuten e investigan en una y otra cámara. Al año se presentan centenares de proyectos de ley, pedidos de informes, exposiciones orales o escritas, sobre los más diversos temas imaginables. El repaso del diario de sesiones es una buena fuente de información de los más diversos problemas, grandes y chicos, existentes a lo largo del país.

Hay pues un fuerte divorcio entre la labor parlamentaria y la opinión pública. Una muralla de silencio a la que contribuyen en primer lugar los medios de comunicación, que con raras excepciones (la excepción no es que algún medio haga la cobertura, sino que muchos medios en algún momento cubren algún acontecimiento), sino los momentos en que los medios cubren los hechos) han sustituido la información parlamentaria por la cobertura de información política producida en el Palacio Legislativo y su anexo. Pero en segundo lugar a esa muralla contribuyen las propias cámaras, que no han realizado ningún esfuerzo sostenido para revertir la situación. Y en tercer lugar los propios legisladores, poco dispuestos a realizar en conjunto un operativo de destaque de su trabajo y su labor.

Por supuesto que el abordaje de este tema no desconoce otros elementos. A lo largo de cuatro décadas y dos grandes reformas constitucionales, el Parlamento uruguayo ha ido perdiendo peso político. Los líderes políticos no se sientan todos en el Senado, como ocurría hasta bien avanzados los años sesenta. El presupuesto no se hace en las cámaras. Y pocas leyes significativas realmente se gestan y nacen desde el Parlamento, sino más bien surgen desde el Gobierno o desde pactos políticos previos realizados fuera del ámbito legislativo. Tampoco hay en las cámaras elencos realmente estables, particularmente en la de Diputados, donde en un período de quince años la renovación superó el noventa por ciento de sus miembros, y en el Senado donde apenas la cuarta parte registra una continuidad de tres Legislaturas consecutivas en la función parlamentaria. Pero el Parlamento conserva en Uruguay un peso singular, producto de diversas exigencias constitucionales y de prácticas políticas de búsqueda de consensualidad. Puede funcionar mejor o peor, y tiene mucho para mejorar. Pero es conveniente que no funcione en el silencio y la oscuridad, y que la ciudadanía tenga mayores herramientas para juzgarlo. Que luego el juicio resulte bueno o malo, es otro cantar, pero que existan los elementos para que pueda emitirse un juicio.

Publicado en El Observador
Julio 11 - 1999