Partidos: del abanico al vértice
Oscar A. Bottinelli

Los cambios formales no necesariamente van acompañados de un cambio inmediato en las conductas. Los procesos de readaptación son lentos. Uruguay comienza a procesar un cambio electoral revolucionario, como que modifica sustancialmente las reglas de juego políticas y electorales, el comportamiento de los partidos, sectores, dirigentes y activistas, y también el de la opinión pública y su correlato el electorado. Desde el establecimiento del sistema electoral que contribuyó a modelar el Uruguay moderno, proceso que se da entre 1910 y 1925, hasta los comicios de 1994 y el período de gobierno que está por concluir, durante este largo tiempo que va de tres cuarto de siglo a nueve décadas, el país tuvo diversas reformas constitucionales que afectaron la integración del Poder Ejecutivo y la relación entre los dos poderes políticos, pero que mantuvieron inmodificadas las grandes líneas de las reglas de juego, que afectaron poco el comportamiento de actores políticos y electores.

La reforma de 1996 cambió profundamente las reglas de juego, con una profundidad que nos parece no fue percibida ni por los propios impulsores de la reforma, y mucho menos por quienes la votaron en el Parlamento o en las urnas. No se trató de un mero ajuste o aggiornamento, sino de una transformación radical, de una hondura similar a los cambios que viene procesando Italia, y aún no ha concluido, desde la implosión de la Primera República en 1993. En el juego interno, y en la primera etapa de competencia interpartidaria, las nuevas reglas afectan poco al Frente Amplio, acostumbrado desde su nacimiento a la fórmula presidencial única. En cambio, cambian fuertemente el accionar de ambos partidos tradicionales.

Los partidos tradicionales se acostumbraron durante mucho tiempo (el Partido Colorado desde los años veinte, el Partido Nacional más bien desde los años cincuenta) a un juego combinado de varios planos. En un plano la competencia es de partido contra partido. En un segundo plano, al interior de cada partido, de sector contra sector, lista contra lista o candidato contra candidato, colorados contra colorados y blancos contra blancos. Y en un tercer plano, para el electorado, aparece un abanico de candidatos de diferente partido, muchos de ellos con fronteras comunes y hasta superposición de áreas de captación. En 1958, por ejemplo, compitieron en un plano el Partido Colorado y el Partido Nacional. En un segundo plano compitieron la 15 y la 14 entre los colorados, y la UBD y el herrerismo entre los blancos; y el electorado recibió una oferta tetraédrica de 15, 14, UBD y herrerismo. En los años siguientes ambos partidos aumentaron la oferta electoral, para promediar casi tres candidaturas importantes por lema en cada elección. Y estas candidaturas en general presentaron abanicos más o menos extensos, en el eje que se quiera: derecha-izquierda, liberal-autoritario, estatista-liberal.

Dos características singulares del viejo sistema fueron: Uno, que la pertenencia o unidad partidaria podía ser un elemento simbólico, a ser esgrimido como argumento emotivo en la captación electoral, sin que requiriese el correlato de hechos concretos (en definitiva, los votos de todos los candidatos se sumaban entre sí, y no siempre la rispidez interna generaba fugas de votos hacia otros partidos). Dos, que las diferencias ideológicas, políticas o de valores entre un sector u otro, no implicaba que en ningún momento uno de ellos quedase subordinado al otro. La relación entre los sectores siempre fue una relación de tipo horizontal, de negociación entre iguales, aunque estos iguales tuviesen distinta fuerza. Nadie quedaba subordinado a nadie. Y muchas veces la debilidad electoral o parlamentaria quedaba compensada con la fortaleza estratégica de la necesidad del apoyo. Un grupo menor podía decir: "tengo sólo cuatro bancas, pero te son necesarias para tener la mayoría"

El cambio radical consiste en que las elecciones primarias o preliminares dirimen la contienda interna, y a partir de allí ya no hay iguales, no hay una negociación entre pares. Hay un candidato que es el elegido por todo el partido, y más allá de exquisiteces jurídicas, queda consagrado en las urnas como el líder o conductor de la totalidad del partido. Gusten o no estas son las reglas de juego. No hay espacios para las asintonías partidarias. Por supuesto que el grado de apoyo al candidato único puede tener tonalidades diferentes, e inclusive abrirse espacios de apoyo condicionado. Lo que no cabe en las reglas de juego es pedir el apoyo al candidato único de un partido y decir que se está en contra del mismo. Uno tiene la percepción que la gente común, el electorado, la opinión pública, han percibido con mayor rapidez los cambios de reglas de juego que buena parte de la dirigencia política.

Publicado en El Observador
Julio 4 - 1999