El difícil tránsito a una nueva cultura política
Oscar A. Bottinelli

Una de las modificaciones más trascendentes de la reforma política es el establecimiento de la candidatura única, pero no solamente por su efecto electoral, es decir, por la simplificación de la oferta electoral, sino además por el papel de los candidatos presidenciales en el juego de liderazgos partidarios. La elección presidencial no sólo es un acto para proveer el cargo de presidente de la República, sino además una competencia de liderazgos políticos. O más bien, un juego de varias competencias: de medición de fuerza entre los partidos, de disputa de liderazgos al interior de los partidos, de medición de fuerza entre las fracciones partidarias.

En el sistema político anterior, el que enmarcó las elecciones gubernativas desde 1920 a 1994, rara vez se dieron liderazgos reconocidos como tales por la totalidad de un partido político, entre los partidos de alta magnitud electoral (Colorado, Nacional y Frente Amplio). Hubo liderazgos sectoriales de muy fuerte predominio partidario, con apoyo claramente mayoritario en su partido, como los casos de Batlle y Ordóñez, Herrera o Luis Batlle; pero sus liderazgos no sólo no fueron aceptados por las minorías partidarias, sino que fueron fuertemente combatidos.

Lo más significativo, es que nunca en las colectividades tradicionales se presentaron ante la ciudadanía como la opción exclusiva y excluyente de su colectividad política. No todos los votantes de un partido establecen con el candidato más votado esa relación directa de votante-votado, base mínima para sentirse representado y representante. Nunca el presidente de la República llegó al cargo con el apoyo directo de la totalidad de los electores de su partido. Sin magnificar ni sacralizar los instrumentos formales, es importante resaltar que la candidatura única introduce en esto un cambio sustancial.

El lento y consistente descaecimiento de las fracciones con sentido de permanencia e identidad propia, ha determinado que los sectores se constituyan, escindan y reagrupen en torno a candidaturas presidenciales, o al menos se coaliguen detrás de fórmulas presidenciales; y de forma tan volátil como que en las últimas tres elecciones los tres grandes partidos nunca repitieron el mismo esquema fraccional. Cada candidato presidencial es pues necesariamente un líder fraccional, que establece un vínculo directo con la ciudadanía en general (a la cual se dirige y cuyo voto solicita) y con sus propios electores.

De este vínculo directo surge la representación que luego invisten en el juego político del período gubernativo. Porque el sistema político es muy complejo: hay agentes políticos de primer nivel, llamémosle partidos, que electoralmente se expresan como lemas, y agentes políticos de segundo nivel, los sectores, las fracciones, que electoralmente se expresan más o menos como sublemas. Pero en la acción de gobierno el primer nivel tiende a debilitarse, aunque sin desaparecer, y adquieren más relevancia las fracciones. El sistema opera no como el juego de cuatro partidos, de cuatro agentes, sino de más de una decena de agentes políticos.

Si hay alguna duda, basta ver cuántos líderes se reúnen con el presidente de la República, cuando éste convoca a todo el sistema político. Lo normal: diez, doce, trece. Rara vez han sido cuatro, uno por partido, y ello en el excepcionalísimo tiempo de la restauración institucional. No negocian el Partido Colorado y el Partido Nacional, sino que lo hacen el Foro Batllista y la 15, el herrerismo, el ramirismo, Manos a la Obra, Propuesta Nacional El Frente Amplio es el que ha logrado mantener relaciones extrapartidarias como tal, aunque con cierto debilitamiento en dos momentos diferentes.

La candidatura única apunta a una diferenciación de rangos entre liderazgos sectoriales y representación partidaria central. Habrá, como la distinción medieval, señores y señor de señores, souverain y souzerain. Todos los líderes sectoriales constitucionalmente habilitados han sido precandidatos presidenciales. Pero sólo uno de ellos en cada partido pasó a representar al conjunto del partido, y como regla lógica de juego aspira a recibir la adhesión de los demás, para en nombre de todo su partido competir hacia octubre contra los otros partidos.

Esto induce a fortalecer a los partidos en detrimento de las fracciones. O para ser más exactos, apuntan a que las fracciones sean lo que su nombre indica: partes de un todo. Obviamente no conduce a la eliminación de los sectores (lo que implicaría un cambio en la naturaleza de los partidos), pero sí a un funcionamiento más acorde con la de los partidos europeos: las fracciones operan al interior de los partidos, hacia afuera opera el partido como tal.

Este planteo lo realizamos en 1997 en una investigación realizada para CERES, y anunciamos que no cabía esperar un efecto mecánico. Porque los cambios de reglas producen mayores o menores efectos según los cambios que se produzcan en la cultura política. En Uruguay, particularmente en los partidos tradicionales, existe una muy arraigada cultura del juego fraccional y baja cultura de juego partidario. Los hechos supervinientes al 25 de abril demuestran en general las dificultades de adaptar una vieja cultura política a un nuevo sistema de juego, aunque con fuertes diferencias en los tres lemas principales: para el Encuentro Progresista-Frente Amplio no hubo cambios en las reglas internas, el Partido Colorado se adaptó rápidamente, y el Partido Nacional exhibe serias dificultades de adaptación a las nuevas reglas de juego, de hacer el tránsito de una cultura política a otra.

Publicado en El Observador
Junio 27 - 1999