La alta confianza depositada en las encuestas
Oscar A. Bottinelli

El domingo 25 las encuestas alcanzaron el nivel más alto de confianza expresado tanto por el sistema político como por la población. Por si para alguien pasó inadvertido, sin resultados oficiales por largo tiempo, los tres partidos procedieron a proclamar al ganador con los exclusivos resultados de las encuestas, particularmente por el temprano anuncio de Factum, más los datos que a lo largo del día aportamos a prácticamente todos los grupos políticos sobre la evolución de la votación, encuesta de boca de urna mediante; y la población aceptó sin reservas esos resultados y esas proclamaciones. Resultados que en líneas generales correspondieron a lo detectado por las empresas encuestadoras en las semanas anteriores. En otras palabras, la técnica de las encuestas, las ciencias sociales aplicadas en general, salieron fortalecidas.

Falta todavía salir de este nivel turfístico con que buena parte del periodismo concibe a las encuestas y sean tomadas con normalidad y sin sobresaltos como un instrumento importante, pero como un instrumento más, de orientación y medición, como son tomadas otras encuestas como las que miden la inflación, el nivel de actividad o la tasa de desocupación. En Europa, cuando las encuestas de opinión pública más serias y significativas difieren entre sí, los propios políticos y analistas políticos lejos de debatir sobre la validez de las mismas (porque tampoco polemizan sobre si la tierra gira alrededor del sol) tienden a explicar esas diferencias como la presencia de escenarios cambiantes, no definidos y con altos márgenes de incertidumbre. Pero además, si todas las encuestas dibujan un escenario determinado, los cambios que ocurran (urnas mediante) siete días después, tienden a explicarlo por lo obvio: por los cambios de opinión y actitud ocurridos en esos siete días.

¿Qué problemas hubo aquí, en el Uruguay, hacia el 25 de abril?

Uno. La difusión de las encuestas se realizó por dos vías: la presentación oficial de resultados por las propias consultoras, y presentaciones, resúmenes y análisis realizados periodísticamente. En el primer caso ocurrió que no todas las consultoras brindaron la exhaustiva información que exigen las normas internacionales en la materia; en el segundo caso es donde realmente está el problema, pues se evidenciaron fuertes insuficiencias en la comprensión de los datos y de la técnica misma de los sondeos de opinión.

Dos. Existe en el medio una tendencia a signar valor predictivo a la última encuesta publicada, cuando estrictamente presenta un estado de situación al momento del relevamiento. Y la serie de encuestas evidencian tendencias. Pero entre la última encuesta y el momento de la votación pasan días y ocurren hechos, el no menor de los cuales es que los indecisos se deciden y los dudosos afirman o cambian su voto. Pero además, no cabe leer un único sondeo, sino una serie, verificar las tendencias, las oscilaciones y abrir un abanico de posibles acontecimientos.

Tres. Esta elección evidenció un problema de comprensión aritmético muy generalizada, aun en niveles culturalmente elevados: el manejar porcentajes al interior de porcentajes. Por ejemplo, la diferencia Batlle-Hierro fue del 10% del Partido Colorado, que obtuvo el 36.7% de los votos válidos, que representan aproximadamente el 60% del electorado residente en el país. En otras palabras, estamos hablando que la diferencia Batlle-Hierro fue del 2.2% del electorado real, o del total de una muestra de intención de voto. Esta diferencia, que es la que ha provocado algunas visiones críticas de parte de algunos medios de comunicación está dentro de los márgenes de error estadísticos con que trabajan las encuestas (lo normal es trabajar con un margen de error del 3%)

Cuatro. Las encuestas son el producto de una técnica estadística que tiene sus límites, uno de los cuales es el popularmente conocido margen de error. Bueno, ese margen de error existe, debe tenerse en cuenta y es una limitación de la propia ciencia. Si se saltea la existencia del margen de error se comete la falacia de asignarle a los sondeos de opinión la precisión de relojes atómicos. Tampoco los encuestadores somos lectores de borra de café, gurúes o pitonisas. Somos meramente investigadores en ciencias sociales aplicadas.

Cinco. Además, esta elección tuvo la peculiaridad del voto voluntario y de estrenar un escenario, el cual fue muy confusamente presentado a la ciudadanía, que hasta muy avanzada la campaña electoral creía que se trataba de elecciones internas (es decir, de afiliados a partidos, en lugares partidarios). La mayor o menor concurrencia de electores no era neutra ni en cuanto a partidos ni en cuanto a candidatos.

El resumen es que las encuestas salieron muy bien paradas del trance. Los datos que por prensa, radio y televisión brindaron al país Cifra, Equipos, Interconsult y Factum dieron información suficiente y confiable a la población para tomar las decisiones. Lamentablemente estas informaciones llevaron a algunos a vivir fuertes ansiedades y a otros encontrarse con escenarios alejados de sus expectativas y necesidades. Y es natural la catarsis posterior. También hay muchos medios que carecen de información propia de encuestas, y asimismo hacen catarsis de sus carencias.

Publicado en El Observador
Mayo 2 - 1999