La Aduana y las bananas
Oscar A. Bottinelli

Muchos uruguayos, todos los últimos gobiernos, se empeñan en presentar al Uruguay como un país moderno, turístico, con Montevideo capital del Mercosur. La Aduana, una de las vidrieras del país, lucha denodadamente por presentar a todo visitante y a todo uruguayo regresador la imagen de una república bananera, con su cuota de ordinariez, prepotencia, autoritarismo amenazante y un trasfondo de sordidez. Que nadie se confunda, que no hay agravio para ningún país productor de bananas, porque muchas de las naciones que cosechan bananas no son repúblicas bananeras, y se puede luchar por ser bananero en el frío y el lejano sur, precisamente donde ninguna banana vegetal perdura. El bananerismo no es un factor climático o productivo, sino un estado mental.

Cualquiera puede viajar un año largo por el mundo entero, por lo menos por el mundo desarrollado, atravesando aduanas sin abrir ni cerrar una valija. Para eso alguien inventó, hace muchos años, pero muchos años, algo llamado carril verde y carril rojo. En el carril verde sólo se procede a abrir los equipajes en casos muy contados: presunción fehaciente de contrabando o por un método aleatorio; demás está, siempre precedido de la correspondiente explicación y pedido de excusas. En Uruguay también existen ambos canales (centremos el comentario en dos puntos: Carrasco y la terminal de pasajeros del Puerto de Montevideo), y sirven para que tanto en uno como en otro, en el verde como en el rojo, los aduaneros se empeñen por igual en revisar todos los bultos de todos los pasajeros, previo trato a los viajantes como sospechosos del más feroz de los parricidios. Algún minucioso observador descubrió un canal verdísimo, que parece surgir de una especie de contrato entre el pasajero y los portaequipajes, que según las posibles fantasíasde ese minucioso observador son los únicos bultos cuya revisión no es requerida. Hasta no hace mucho el viajero quedaba impactado, siempre en las postrimerías del siglo XX, por la pregunta: ¿trae algún objeto eléctrico?; lo que motivó a un turista desafiante a contestar: no, mi afeitadora funciona a querosén.

El que recorra Europa muchas veces apenas se entera del cambio de país, pero la mera ida y vuelta a Buenos Aires le supone a uno sentirse un sospechoso perseguido por Interpol. Esta es la versión aduanerística uruguaya de la integración regional. A más de uno le ha pasado tener que dar mil excusas a un viajero ilustre por el trato recibido, y recoger el latigazo de: "bueno, estoy acostumbrado, eso pasa en estos países", es decir, en los que no tienen el cien por ciento de la telefonía digital, ni la más alta tasa de teléfonos por cápita. Y en cambio tienen cólera y bananas, muchas bananas mentales.

Ahora bien, ¿alguien puede sacar a este analista de su ignorancia y explicarle qué producto de consumo personal existe en Buenos Aires que resulte igual de precio, no pido más barato, meramente igual, que en Montevideo? ¿cuál es el contrabando que se quiere evitar? Porque no creo que los bichos del dengue viajen entre las camisas, ni los traficantes de drogas las llevan en las valijas, arriba de todo, para que las vea cualquier aduanero. Entonces, ¿qué justificación lícita y moralmente justificada existe para ese placer morboso de abrir todos y cada uno de los bultos a todos y cada uno de los sufridos pasajeros?

Porque lo que nadie duda es que mientras la Aduana mete las narices en la ropa interior usada de los viajeros, por esas mismas narices pasan sin ser vistos ni olidos semirremolques enteros cargados de millones de litros de refrescos y toneladas de mayonesa, que se venden en cualquier feria lícita, a cientos de quilómetros de la frontera. Pero para la Aduana el tema es muy simple, como lo demuestra la millonaria campaña publicitaria: la culpa de la pérdida de fuentes de trabajo la tienen los consumidores uruguayos, que siguiendo absurdas leyes de mercado compran el mismo producto en lugares lícitos a menor precio. La función de la Aduana no es impedir la entrada de contrabando masivo, sino la de hurgar en la ropa de los viajeros y concientizar a la población para que compre los productos más caros y no los más baratos, aunque unos y otros se le ofrezcan de forma aparentemente lícita, como ferias vecinales..

Como se comprenderá este no es un artículo de análisis, sino de comentario. O quizás de trazado de hipótesis para explicar por qué la Aduana es el organismo de peor imagen en la opinión pública para todos los uruguayos. Para colorados, blancos, frenteamplistas, nuevoespacistas e independientes, hombres y mujeres, pobres y ricos, jóvenes y viejos, universitarios y meros dibujantes de las letras de su nombre. La peor imagen en el invierno del '98, y en el verano del '98, y en el 97, en el '96 y en el '95. Todo un mérito para un lugar indiscutido en el podio.

Publicado en El Observador
Julio 19 - 1998