El giro del 17 de junio
Oscar A. Bottinelli

El 17 de junio generó efectos no sólo en relación al Frente Amplio, el movimiento sindical, la potencialidad de Tabaré Vázquez y el retemple del Partido Colorado y de los sectores más cogubernistas del Partido Nacional, sino que también supuso un nuevo giro en la relación pendular de los uruguayos en relación al papel del Estado. En las elecciones de 1989 los dos principales contendores presidenciales lograron desafiar con fuerza la predominante ideología estatista de los uruguayos y promover al primer plano los valores de lo que se ha definido como neo-liberalismo (aunque la palabra es relativamente confusa y quitándole juicios de valor, en Uruguay todo el mundo sabe de qué se habla): reforma del Estado (privatizaciones, desmonopolizaciones, desregulaciones, tercerizaciones), apertura de la Economía, equilibrio fiscal, incentivo del libremercado, la iniciativa privada, la iniciativa individual, mayor valoración del esfuerzo individual sobre el concepto de solidaridad o de ayuda social. Aunque no debe sobrevalorarse el 89, no nació en ese momento el impulso reformador, sino que alcanzó su cúspide ideológica, comenzó el momento en que las valoraciones estatistas se encontraron en retroceso; pero el proceso de reforma tiene tímidos pasos en el período militar y algunos pasos menos tímidos aunque no demasiado audaces en la primera administración Sanguinetti.

Ese giro del estatismo fuerte al desestatismo también fuerte encontró su freno en el referendo del 13 de diciembre de 1992, cuando el cuerpo electoral derogó los primeros artículos de la Ley de Empresas Públicos y rechazó la privatización de Antel. El péndulo comenzó a girar nuevamente hacia el estatismo: de manera tenue, lenta. Más bien uno diría que comenzó a desplazarse hacia el centro, hacia un ni tanto ni tan poco. Y en esa línea media es que ocurrió la original reforma de la seguridad social, esa mixtura entre la capitalización individual y el reparto solidario, entre la administración privada y la administración estatal. Pero a partir de 1996 comienza a observarse que el péndulo no dejó de moverse, siguió o readquirió empuje hacia un mayor estatismo; otra vez las empresas estatales comienzan a verse como entes públicos proveedores de fondos fiscales, al punto de verse iniciativas de Batlle y Lacalle de retraer inversiones de las empresas públicas con destino a obras sociales a cargo de la administración central.

La discusión (mala, desprolija) hacia el 17 de junio fue sustancialmente diferente a la de 1992. Entonces hubo un acuerdo generalizado en cuanto qué decía la ley, cuáles eran sus efectos y qué implicaban; la discusión se centró entonces en lo conceptual, ideológico o valorativo: yo estoy de acuerdo con que la telefonía básica sea privada, yo prefiero que siga en manos del Estado. Ahora, al igual que cuando la reforma constitucional, ningún lego podía entender de qué se trataba: si UTE seguiría siendo un monopolio intocado, al cual la ley fortalecía o si el jueves se apagaba la luz. Pero fue diferente sustancialmente, porque mientras en el 92 el eje de la polémica giró entre las virtudes del mercado y las virtudes de la gestión estatal, entre el papel de la empresa privada y el papel del estado interventor; en cambio, ahora todas las posiciones (la del gobierno y la de los impugnadores de la ley) coincidían en una postura básica: la conveniencia de la gestión estatal de la distribución de energía eléctrica, del mantenimiento del monopolio de Ute (o mejor dicho, de una participación cuasi monopólica en la trasmisión de energía). Sin duda la oposición se encontraba más a la izquierda que en el 92 (si por izquierda se entiende mayor estatismo) y también el gobierno estaba sustancialmente más a la izquierda que entonces.

El fracaso del Frente Amplio y el movimiento sindical del 17 de junio, fracaso propio, en su propia cancha, parecería que supone el correlato del 13 de diciembre de 1982, el espejo, la visión en contrario: el péndulo alcanzó su punto máximo hacia el estatismo y pega la vuelta hacia el centro; otra vez el ni tanto ni tan poco, el camino hacia el mestizaje de los público y lo privado, de la economía de mercado y la intervención estatal. Podría decirse que este giro del 17 de junio acerca una vez más a Uruguay al camino de Estado que recorren países de fuerte tradición estatismo como Italia y Francia, ambas gobernadas por bloques políticos liderados por el socialismo europeo.

Publicado en El Observador
Junio 21 - 1998