Carreras políticas y "clintonización"
Oscar A. Bottinelli

Poco después de aprobada la reforma constitucional, una alta personalidad de gobierno que es un fino observador de la política nacional y conocedor de la política norteamericana, nos decía, palabras más, palabras menos: la reforma va a traer un fenómeno de "carterización" o, más para usar una figura más reciente, de "clintonización". La alusión apuntaba a fenómenos políticos como el del gobernador de Georgia James Carter o el de Askansas William Clinton, que saltaron a la presidencia de la Unión sin que previamente fuesen personas de relevancia o peso político en la política nacional. En definitiva, son una modalidad de "outsiderismo".

Lo contrapuesto al "outsiderismo" es el modelo de carreras políticas articuladas, que se aplica en los países europeo occidentales de tradición democrático liberal prolongada y que fue muy fuerte en este país desde la constitución del Estado moderno hasta el proceso político que concluye en la instauración de la Constitución de 1967. Los colegiados (el primero de 1918 al 33 y el segundo de 1952 al 67) contribuyeron a reforzar el papel de las estructuras políticas y, consecuentemente, de las carreras políticas. La expresión carrera política supone la existencia de un cierto escalafón que en principio es recorrido peldaño a peldaño por los cursantes de la carrera. La candidatura presidencial, o al Consejo Nacional, es la culminación de una carrera, lugar reservado para unos pocos con frondosos currículos; así fueron los casos de Tomás Berreta, Luis Batlle, Lorenzo Batlle, César Mayo Gutiérrez, Andrés Martínez Trueba, Luis Alberto de Herrera, Martín R. Etchegoyen, Daniel Fernández Crespo, para citar algunos casos.

Una primera ruptura del modelo, un primer indicio de "outsiderismo" lo constituyó la apelación a la figura del general Gestido en 1962 y 66, primero para conformar una alianza política que disputase la hegemonía de Luis Batlle, y luego para catapultarlo reforma mediante a la restablecida Presidencia de la República. Luego, cinco años más tarde, dirigentes políticos recurrirían a otras dos figuras militares: los generales Oscar Aguerrondo, que fue un ave de paso en la vida política, y Liber Seregni, que entró para instalarse, proyectar un liderazgo, asumir la profesión política y ser desafiado por otro tipo de "outsiderismo". Con otro perfil, a pesar de ser una figura que por décadas rondó la política nacional y hasta había sido electo intendente departamental, también debe incluirse el fenómeno Alberto Gallinal Heber, tras cuya candidatura debuta electoralmente el Movimiento Nacional de Rocha.

La transición al régimen constitucional y la restauración institucional supuso hacerlo de la mano de políticos de carrera, con la aplicación de tal calificativo al nacido outsider Seregni y sin contar a Alberto Zumarán, cuya candidatura no fue otra cosa que el vicariato de una figura proscripta. Las elecciones siguientes parecieron confirmar el restablecimiento de las carreras políticas en la aspiración a los máximos cargos. Pero 1994 supone un nuevo quiebre, con el predominio de candidatos de primera línea que se catapultaron sin antecedentes previos de escalar peldaño a peldaño la pirámide de los honores. Esta elección marcó también la consolidación de un fenómeno: los cargos parlamentarios no sólo ya no son el peldaño previo necesario para la aspiración presidencial, sino que por el contrario, aparece como un lugar incómodo, sin destaque, de difícil proyección.

Pero además de los vaivenes que fue teniendo el rol de la carrera política en las últimas décadas, no son neutros los formatos institucionales. Si el colegiado benefició las carreras políticas, el nuevo sistema institucional apunta a lo contrario, fundamentalmente con la creación de este instituto de elecciones preliminares, las mal llamadas "elecciones internas", convocatorias de tipo abierto en que la ciudadanía escoge los candidatos de los partidos. El papel cumplido por un individuo en su partido, la lealtad o dedicación al mismo, el cumplimiento de tareas silenciosas, el trabajo arduo y sordo que suponen la labor legislativa (centrada en el ignorado funcionamiento de las comisiones parlamentarias), queda fuera de toda consideración en una elección en que la decisión no está en manos de los activistas del partido, ni en la de sus afiliados, ni siquiera en la de sus simpatizantes regulares. La decisión está en manos de todo aquél ciudadano uruguayo que el último domingo de abril, al entrar al cuarto secreto, resuelva introducirse en uno u otro partido, introducción que puede tener la permanencia que va de abril a octubre, pues nada obliga a este ciudadano a no elegir a otro partido en octubre.

Un escenario de estas características es propio para competencias en que la opinión pública, el voto fluctuante, la convocatoria mediática (a través de los medios de comunicación) adquiere un rol singular. Y en este escenario es donde institucionalmente, estructuralmente, se favorecen los fenómenos que permitieron la aparición de los Carter y los Clinton, y quedaron por el camino pesos pesados como los Cuomo o los Kennedy.

Publicado en El Observador
Abril 5- 1998