La cultura de cogobierno
Oscar A. Bottinelli

De muy larga data (obviamente con la excepción de las interrupciones institucionales), el país exhibe un sistema político altamente consensualista. La propia construcción jurídica del Estado moderno exhibe esos rasgos de consensualidad, negociación y entendimiento, desde el proceso constituyente de 1918 hasta la legislación electoral madre de 1924 y 25. Y esa necesidad de mínimos entendimientos ha quedado plasmada en diversos textos constitucionales y legales, como la exigencia de los dos tercios para la reforma constitucional por vía legislativa, la modificación de las leyes electorales y varios normas que hacen a la organización del Estado. Muchas son las formas de participación de la oposición en el gobierno o en la administración. Desde su nacimiento hasta hoy, con muy pocas excepciones, en los directorios de los entes autónomos y servicios descentralizados se ha sentado más de un partido, y a veces (como en el período 1985-90) todos los que obtuvieron representación parlamentaria.

Todo ello ha determinado que en Uruguay nunca fuese tarea fácil trazar una línea demarcatoria clara entre gobierno y oposición, a la británica, simbolizada hasta en la forma rectangular del Parlamento, con mayoría y minoría enfrentados, pasillo de por medio. Más bien, en la antítesis del Reino Unido y en cierto modo de España, a semejanza de Italia, en nuestro país casi siempre pudo visualizarse una amplia gama de matices desde el oficialismo más puro hasta la oposición más contundente. Pero la naturaleza de los entendimientos, el grado de compromiso de las fuerzas no fue siempre igual, ni tampoco en el uso político son muy claros los términos, lo que ellos significan ni la diferencia entre los mismos, se han empleados muchas palabras y alguna de ellas no siempre con el mismo significado, como coparticipación, gobernabilidad, coincidencia, entendimiento nacional y coalición, y ahora aparece, junto al término coalición, el de cogobierno.

En general, a lo largo de este siglo pueden observarse dos grandes categorías, a las que llamaremos por los nombres que más las han caracterizado: coparticipación y gobernabilidad. La coparticipación se caracteriza por un nivel mínimo de entendimiento de Estado, con participación de la minoría principal (u oposición principal) en la administración autónoma y descentralizada; es la situación en que el papel de las fuerzas políticas del gobierno y las fuerzas políticas de oposición más se asemeja al diseño clásico, sin alcanzar nunca los niveles de frontera y exclusión por ejemplo del Reino Unido. La gobernabilidad (o coincidencia, o entendimiento), en cambio, diluyen aún más los límites gobierno-oposición, con la participación de fuerzas opositoras en la construcción legislativa de la política gubernamental y con una participación, generalmente marginal, en el gabinete. En principio parece que no hay demasiada confusión entre una y otra situación.

El problema aparece ahora, con esta tercera forma de entendimiento político, a la que se le ha denominado "coalición a la europea", o coalición a secas, o cogobierno. Una característica esencial del cogobierno, o de la coalición de gobierno, es la calidad de cogobernante de todos los partícipes. En la gobernabilidad uno es el partido o el grupo de gobierno, y otro el partido o grupo de oposición que facilita el gobierno, que ayuda al partido de gobierno a gobernar; en el cogobierno todos son partidos o grupos de gobierno, quizás unos con mayor compromiso y otros con menor compromiso, pero todos son oficialistas. Va de suyo que en el cogobierno no sólo hay coparticipación, sino que además la presencia en el gabinete deja de ser marginal y adquiere un valor político sustantivo. Entre las gobernabilidades de las dos administraciones anteriores y este cogobierno hay precisamente diferencias significativas en la presencia cualitativa del partido cogobernante; mientras en la primera administración Sanguinetti el Partido Nacional participó con hasta dos ministros de carácter no político, en esta segunda administración lo hace con cuatro carteras, dos de ellas en manos de candidatos vicepresidenciales (además, el tercer candidato vicepresidencial preside una importante empresas estatal). Sin embargo, tanto a nivel de actores políticos como de opinión pública se observa una cierta confusión entre gobernabilidad y cogobierno. Consecuentemente, muchas conductas propias de un cogobierno son analizadas a la luz de la gobernabilidad.

Y por aquí empiezan a asomar algunos problemas que afectan al Partido Nacional: el sentirse oposición o cogobierno, la adaptación a ser cogobernante en un gobierno de presidente colorado, la facilidad para asumir costos y las dificultades para lograr beneficios de un cogobierno, la falta de antecedentes en cuanto a un gobierno propiamente bicolor, las dificultades de adaptarse a reglas de juego tripartidistas. Pero más allá de la coyuntura, de lo que esta nueva figura política afecte al Partido Nacional, queda planteada el tema de hasta dónde y cómo son viables fuertes entendimientos políticos en un país tripartidisa.

Publicado en El Observador
Marzo 8- 1998