El referendo y los desafíos electorales del '98
Oscar A. Bottinelli

El año '98 se abre con un doble plano electoral, interrelacionado: la competencia hacia las elecciones generales partidarias de abril del '98 y el ciclo de convocatorias referendarias, disparadas por la iniciativa de la Agrupación UTE. El año activo, el posverano, comenzará con una cuenta regresiva de menos catorce meses y culminará con menos cuatro meses de la lucha intrapartidaria.

Pero las elecciones de abril son mucho más que elecciones internas para definir candidatos presidenciales. En primer lugar, son elecciones generales, voluntarias, donde en la misma mesa y el mismo cuarto secreto acuden los votantes de todos los partidos, por tanto, de aquí surgen dos medidores significativos: Uno, el porcentaje de concurrencia, que al ser voluntario permite su contrastación con el porcentaje de concurrencia en octubre y noviembre, instancias ambas obligatorias; y la medición de la concurrencia puede traducirse en un indicador de interés en política y, con precauciones, de confiabilidad en el sistema político. Dos, la votación obtenida por cada uno de los partidos participantes; porque independientemente que los partidos no compitan entre sí por cargo alguno, sí existe un ensayo general de las elecciones nacionales, lo que obliga a todos los partidos, independientemente del grado de disputa interior, a encarar estos comicios como un escalón estratégico hacia las instancias posteriores. Para ser más claro, si por ejemplo el Frente Amplio (o el Encuentro Progresista, que a los efectos de este punto en particular la diferencia es irrelevante) resolvieren concurrir con precandidato presidencial único y listas únicas para convencionales (es decir, apuntase a deslegitimar el sistema impuesto por la nueva Constitución y revalorizar sus propios esquemas), en tal caso no pueden caber dudas que tendría una merma en la convocatoria, con serio riesgo de aparecer tercero en el ranking. De allí a cargar una pesada piedra cuesta arriba, es lo mismo, ya que la subsiguiente campaña electoral deberá enfocarse hacia el logro de una redecredibilidad en sus posibilidades electorales. E, independientemente del resultado de la izquierda, en la medida que existe la percepción que al balotaje tiene altas probabilidades de concurrir uno sólo de los lemas tradicionales (ello en el caso de no variar sustancialmente el actual esquema de intención de voto), no es ocioso quién sale segundo y quién primero en la competencia entre ambos. El partido tradicional que ceda posiciones al contrario, corre muy serios riesgos de iniciar en desventaja la carrera hacia octubre (sería, en términos burreros que gusta a muchos dirigentes políticos, como largar parado).

Pero, además, las elecciones de abril suponen otros diversos planos de competencia: nacional y departamental, dentro de lo departamental, preparlamentaria y premunicipal. Las posibilidades hacia los acuerdos de sublemas y listas senatoriales, de listas para diputado, de candidaturas municipales, estarán fuertemente determinadas por los posicionamientos que surjan de las urnas de abril.

Desde el punto de vista técnico, el sistema electoral uruguayo ha pasado a ser un sistema de elección presidencial a tres vueltas, todas ellas vinculantes, y de un sistema de elección parlamentaria a dos vueltas, sin vinculación jurídica obligatoria entre la primera y la segunda (algo así como la relación entre la primera y la segunda vuelta en los sistemas de mayoría románica abierta). Y desde el punto de vista político-social, las tres vueltas adquieren importancia singular, no hay una más importante que la otra, aunque no es de descartar que la campaña electoral más fuerte, más intensa, con mayor participación, publicidad y gasto, resultase ser la primera de todas, la de abril.

En este cuadro aparece el referendo contra la ley regulatoria del marco energético, el primer intento de referendo contra una ley de carácter sectorial, es decir, que no adquiere la globalidad que tuvieron las leyes de Caducidad y de Empresas Públicas. Además, y a diferencia de las anteriores, una norma excesivamente técnica. Por eso mismo la campaña electoral referendaria se presta a que obtenga ventajas quien logre traducir la ley a un lenguaje simple (o dicho de otra manera, simplifique la alternativa) y aterrice la importancia de la misma en las preocupaciones cotidianas o generales de la gente. Y aunque la iniciativa haya sido corporativa, como en definitiva lo fue también en el '92, en este año tan electoral el protagonismo va a ser adquirido por los sectores políticos. El referendo se presta muy bien para diversas estrategias: otra vez para la polarización binaria, también para el desmarque de posiciones dentro de algunos partidos (más bien en los de la coalición) y, como surgió en los primeros pronunciamientos, para la búsqueda de reposicionamiento de sectores que resultaron internamente mal parados en la instancia plebiscitaria del 96. Más de un enroque podrá verse en torno al marco energético.

Publicado en El Observador
Diciembre 30- 1997

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