Vázquez, el Frente y el Encuentro
Oscar A. Bottinelli

Tabaré Vázquez huyó hacia adelante. En su habitual estilo de dar giros inesperados, volvió a patear el tablero y salir así de un empantanamiento al que lo condujeron un conjunto de hechos y decisiones propias de alta complejidad. Cerró 1996 en el cenit, con un éxito electoral cosechado en el campo plebiscitario que, mediante el cultivo de la polarización, le permitió barrer toda oposición lideral en el Frente Amplio y alcanzar la presidencia de la fuerza política no sólo como producto de una decisión de dirigencias y militancias, sino llevado por una ola popular. En cambio, cierra 1997 en medio de fuertes incertidumbres y con un replanteo de la polarización Frente Amplio-Encuentro Progresista.

Si alguien desde lejos sigue esporádicamente los hechos uruguayos, y se salteó el último año y medio, ve en la conducta de Vázquez la más perfecta coherencia. Si en cambio siguió mes a mes los acontecimientos, aparece un ida y vuelta en la relación Encuentro-Frente ¿Por qué esa diferencia de visiones? Porque lo que resulta claro a esta altura es que asumir la Presidencia del Frente Amplio resultó un error en su camino hacia el poder, al menos hacia el dominio de la izquierda. Claro que es muy fácil verlo desde hoy, cuando los hechos ocurrieron.

Asumir la Presidencia del Frente Amplio resultaba extremadamente tentadora, máxime en las condiciones logradas para ello. El resumir en su personas las presidencias del Frente Amplio y del Encuentro Progresista le permitía saltear la contradicción entre ambas estrategias. Y ambas presidencias, más el liderazgo o caudillismo popular, le permitían una confluencia de fuentes de poder que, a la vez de otorgarle mayor fuerza, le permitían (aparentemente) una gran flexibilidad.

Pero los obstáculos eran, y fueron, muy importantes, para su estilo de conducción. Veamos algunos: Uno, el Frente Amplio surgió antes de Vázquez, con otros liderazgos y dirigencias, y por consiguiente generó sus costumbres y tradiciones. Dos, cuenta con un complejo sistema jurídico, producto de estatutos, reglamentos, resoluciones y también de usos y costumbres que devienen en normas de comportamiento. Tres, un respeto relativamente fuerte (a veces más alto, a veces más bajo) a lo institucional, a los caminos orgánicos. Cuatro, el Frente (fuere en forma de confederación, de federación o de partido federativo) se apoya en la confluencia de un conjunto grande y variado de grupos políticos, algunos de ellos con larga tradición e identidad propias, pre-frenteamplistas (como el Socialista y el Comunista), y muchos de ellos con fuerte apego a funcionamientos orgánicos (propio como sector, y externo como el del Frente Amplio). Cinco, el Frente Amplio se acostumbró al estilo Seregni, a un liderazgo concebido como centro moderador, coordinador y arbitrar, especializado en el zurcido y el bordado. Seis, el estilo personal de Tabaré Vázquez está muy lejos del clásico dirigente de izquierda, y aún del clásico dirigente político uruguayo en general, habituado a dedicar largas horas a reuniones colectivas, contactos bilaterales, conversaciones, y poco habituado además al juego de las transacciones; su estilo es más el de un hombre acostumbrado a pensar y decidir en solitario, y a que sus decisiones luego se ejecuten.

El Encuentro Progresista presenta para sí las virtudes de que carece el Frente Amplio: Uno, carece de estatuto, de orgánica, de normas pre-impuestas; es pues moldeable. Dos, También carece de tradiciones, de precedentes, de usos y costumbres. Tres, se forma en torno a su figura En otras palabras, allí es posible construir una fuerza política que se conjugue con su estilo de hacer política, de conducir, operar y relacionarse con la gente. Por ello, fracasado el resumir los poderes en ambas presidencias conjuntas, aparece como natural postular que el Encuentro Progresista pase a ser el centro de la acción política, el eje de la toma de decisiones, donde el Frente Amplio es una parte componente, pero no el todo.

Pero en esta confrontación de poder, los problemas no son menores. El primero de ellos es sin duda el de la identidad frenteamplista. Se vive uno de los momentos de mayor fortaleza de la identidad y pertenencia frenteamplistas: el 22% de los uruguayos se definen a sí mismos como frenteamplistas, casi todos ellos sin identificación alguna con el Encuentro Progresista; mucho menos del 1% de los uruguayos se considera encuentrista; y hay alrededor de un 9% que está dispuesto a votar al Frente Amplio, sin pertenencia específica. Nunca debe soslayarse la importancia que supone la pertenencia, la identidad, la simbología. No es ocioso recordar que entre las diversas causas que llevaron al fracaso de la anterior conducción comunista, la que terminó por abandonar el partido en el primer semestre de 1992, estuvo el cuestionamiento de la propia identidad; es muy arriesgado decirle a alguien que acaba de pasar por un período extremadamente difícil, sin abdicar de sus pertenencias, que abandone nombre, bandera y símbolo. Si bien la situación del Frente Amplio no es la misma, la enseñanza no debe ser olvidada; por lo menos, que nadie crea que el frenteamplismo es una ensoñación de un puñado de militantes, ya que la investigación demoscópica dice otra cosa. Y además de este tema de identidades, están los clásicos problemas de confrontación de estructuras políticas, dirigencias, militancias.

Publicado en El Observador
Diciembre 14 - 1997