Mujeres: candidatas por cuota
Oscar A. Bottinelli

En los últimos tiempos ha reflotado el tema de establecer una cuota mínima de candidatas mujeres para los cargos electivos, y en general se menciona la exigencia de un treinta por ciento a un tercio, Es decir, que uno de cada tres candidatos sean de sexo femenino. Planteado así el tema, surge la ilusión óptica que con una norma de tal naturaleza, el Parlamento quedará integrado con un mínimo de un 30% o de un tercio de mujeres, contra el esmirriado número actual de siete diputadas electas titulares y dos senadoras.

Pero el tema no es tan sencillo. Ocurre que para la Cámara de Representantes, la totalidad de las bancas del interior puro son adjudicadas de a una por lista de candidatos (más exactamente, de a una banca por lema y por departamento). La disposición pretendida sólo genera efectos cuando a una lista de candidatos se adjudican un número de tres bancas, o múltiplo de tres, es decir, seis o nueve bancas. Para ser más claros: si una ley obliga que uno de cada tres candidatos sea mujer, y la lista obtiene sólo dos cargos, no entra ninguna mujer por efecto imperativo. Por supuesto que se puede argumentar que por qué se parte del supuesto que las mujeres van a ir siempre en el tercer lugar. La respuesta es obvia, porque si no se necesitaría ninguna disposición. La fijación del salario mínimo tiene sentido si hay un porcentaje significativo de personas que ganan menos de ese mínimo. Si los grupos políticos están convencidos de llevar en forma natural a mujeres, la exigencia es ociosa. Nadie obligó en Rocha, Tacuarembó y Treinta y Tres a los grupos mayoritarios colorados a encabezar sus listas con mujeres; ni tampoco nadie obligó a Asamblea Uruguay a candidatear tres mujeres en los nueve primeros lugares. Fueron disposiciones voluntarias.

Por ello, para cualquier análisis, hay que partir del supuesto que los agentes políticos pondrán mujeres, por obligación legal, en el lugar mínimo exigido por la ley. En el supuesto que analizamos: en el tercer lugar de cada terna. Y también supongamos que en los casos en que hubo candidatas mujeres en lugares mejores, esto se mantiene. Bien ¿qué hubiese ocurrido en las pasadas elecciones, de haber regido la obligación de la cuota de candidatura femenina, a razón de una mujer candidata cada tres?. Veamos:

Primero. En el interior, incluido Canelones, se hubiese agregado una sola banca, a la única lista que obtuvo tres cargos: la hoja 2121 (Frente Amplio) de Canelones (los tres diputados son hombres)

Segundo. En Montevideo sólo cuatro listas de candidatos obtuvieron tres o más bancas, expresadas en las hojas 90, 2000, 2121 y 99000. La hoja 2121 del Frente Amplio obtuvo nueve bancas, tres de ellas con titularidad femenina (la disposición hubiese sido neutra). La hoja 90, también del Frente Amplio, obtuvo cuatro bancas, una femenina (la disposición también hubiese resultado neutra). Y la hoja 2000, con cinco bancas, no eligió ninguna mujer (la disposición hubiese determinado la elección de una mujer). Similar situación a la 2000 ocurre en la hoja 99000, lista única del Partido del Nuevo Espacio. En consecuencia, a nivel de la Cámara de Diputados, el efecto total hubiese sido mínimo, aumentar el número de diputadas mujeres en tres, solamente en tres. Suponiendo que las tres mujeres ya electas como cabeza de lista en el interior hubiesen obtenido igualmente el cargo, una disposición de cuota obligatoria de candidatura femeninas, de un tercio, hubiese aumentado el número de diputadas electas de las actuales siete a diez. Puede que alguien considere que el esfuerzo vale la pena. Pero téngase claro la distancia considerable entre la ilusión óptica de un tercio de diputadas y la realidad de un décimo.

En el Senado el efecto es un poco mayor, ya que fueron cuatro las listas con tres o más bancas, las encabezadas respectivamente por Sanguinetti (Foro Batllista, 7 curules, hubiese obligado a elegir 2 mujeres), Astori (Asamblea Uruguay, 4 cargos, ya fue electa una mujer), Santoro (Manos a la Obra, 3 bancas) y Luis A. Heber (Herrerismo, 3 bancas), listas ambas que hubiesen elegido una mujer cada una. En consecuencia, el efecto total hubiese sido la elección de otras cuatro mujeres. El número total de senadores hubiese aumentado de las dos actuales a seis. Pero, atención, también cuidado con la ilusión óptica: una exigencia de un tercio de mujeres en las candidaturas genera como efecto un sexto de mujeres electas.

Puede sostenerse que está bien o mal que se cuotifiquen las candidaturas por sexo. También pueden surgir reclamos que se cuotifique por raza, nacionalidad, religión o edad. Todo eso es legítimamente discutible. Pero que nadie se engañe entre el enunciado de una propuesta y el efecto práctico de la misma.

Publicado en El Observador
Octubre 5- 1997