Algo más que Ramírez Vs. Volonte
Oscar A. Bottinelli

La competencia entre Juan Andrés Ramírez y Alberto Volonte es sin duda el plato fuerte de la interna nacionalista, que persistirá, quizás in crescendo, hasta el mismo 25 de abril del '99 o incluso semanas más. Sin duda dicha contienda, cuya causa sustancial es la disputa de la candidatura presidencial única del nacionalismo, genera diversos tipos de enfrentamientos, uno de los cuales gira en torno al papel del Directorio del Partido Nacional. Mientras Volonte se sienta en la presidencia del cuerpo y busca potenciarlo, Ramírez juega a la descalificación del órgano. Y es coherente la explicación que lo que hace uno u otro está en función de su respectiva ubicación en el tablero. Y otro elemento central de la contienda es la naturaleza de las llamadas elecciones internas y, consecuentemente, de la obligación política de los precandidatos perdedores en relación al precandidato ganador, convertido en candidato único partidario.

Pero más allá de las explicaciones puntuales, de las conveniencias o inconveniencias de timonear el Honorable o bombardearlo, de apelar a la unidad o marcar distancias como posicionamientos estratégicos, detrás de los planteos de Volonte y de Ramírez hay una fuerte controversia de fondo sobre el papel de los partidos políticos. Quiero ser muy claro, podría ser que las motivaciones de uno u otro fueren meramente coyunturales y respondan a las conveniencias de momento; si fuere así, no tiene importancia, porque lo significativo del análisis no es lo que la persona Alberto Volonte Berro y la persona Juan Andrés Ramírez hacen o piensan, sino lo que cada uno representa.

Bien, lo que dicha contienda representa es la confrontación entre dos modelos de concepción partidaria, de naturaleza partidaria, que es precisamente la gran discusión sistémica del país hacia el siglo XXI, el gran debate sobre la naturaleza y los modelos de partido. Y esa polémica se expresa simplificada entre la prevalencia del partido (o lema) sobre las fracciones (o sectores, o grupos políticos), o a la inversa, la prevalencia del sector por sobre el partido. Debate que ocurre en los tres partidos: en el Partido Nacional, en el Partido Colorado y en el Frente Amplio (que no es ni fue nunca una coalición, que nació como alianza y devino en partido, de tipo federal, pero partido al fin).

La historia moderna del Uruguay, el proceso de los partidos grandes desde que comienza la edificación del Estado moderno, en estos casi noventa años, es la historia

del predominio del sector: la actividad política es el producto del relacionamiento de los sectores políticos entre sí; el funcionamiento partidario es lo mismo en escala reducida: un subsistema de negociación y transacción entre sectores, aunque más acotado, entre sectores que se consideran partes de una misma identidad, en principio de lo blanco y de lo colorado, y en este último cuarto de siglo, de lo frenteamplista. En esta perspectiva, los sectores son los centros de poder, los lugares donde se toman las decisiones; son entidades autónomas, al menos con capacidad para operar con independencia en el sistema político en los periodos gubernativos: para apoyar u oponerse al gobierno, para pactar o rechazar gobernabilidades, coparticipaciones o coaliciones, para votar o no votar proyectos de ley, para impulsar u oponerse a recursos de referéndum.

Pero los sectores no son partidos, porque hay dos tipos de límite. Uno en el plano electoral, donde existe el imperativo moral de presentarse a los comicios dentro del propio partido o, a lo sumo, como máxima transgresión en momentos extremos, cada uno por su lado, pero solos, sin alianzas o entendimientos extrapartidarios. La colectividad, la identidad de lo blanco o lo colorado, permite rupturas pero no realineamientos. En este plano, la unidad partidaria es una construcción, la resultante de un esfuerzo conjunto de las diversas corrientes hacia puntos de encuentro, es el resultado de una negociación, el producto de una transacción. No es una obligación en sí misma. Puede o no haber unidad, todo depende de lo que se acuerde. Determinados principios políticos o éticos, valores, concepciones programáticas, están por encima de la unidad partidaria, o para ser más explícitos, de la unidad de la colectividad. Si es así, la autoridad partidaria opera en dos planos: o en el meramente formal, de administración de patrimonios materiales y jurídicos, o como articulador de los consensos, de los acuerdos, de las transacciones. En definitiva, más que una autoridad (que impone autoridad, que impera) es una instancia de referencia y de coordinación. Algo así como una jefatura de Estado partidaria. Esto más o menos es lo que simboliza Ramírez.

La otra concepción apunta a buscar partidos de tipo europeo, del modelo más abierto dentro de la tipología europea. El partido con corrientes y tendencias (con sectores), pero donde prevalece el partido. El sector opera dentro del partido, en el debate interno, en el juego interno de fuerzas. Hay dos planos de relacionamiento político: un primer nivel de partidos entre sí, un segundo nivel de sectores entre sí dentro y sólo dentro de cada partido. Los sectores actúan dentro de autoridades (convenciones, directorios) que deciden, que imperan, y los sectores acatan. El juego de los sectores deja como resultante la decisión partidaria, ya no como producto de una transacción, sino de un juego de mayorías con respeto al espacio de las minorías. De alguna manera, por allí anda la teleología política de la candidatura única (hay otra teleología, estrictamente electoral). Y aquí el símbolo se llama Volonte.

Más allá de lo que cada uno realmente sienta o quiera, ambos líderes nacionalistas han pasado a simbolizar estas dos posturas del profundo debate sobre la naturaleza de las fuerzas políticas uruguayas.

Publicado en El Observador
Setiembre 28 - 1997