El Doctor y el General
Oscar A. Bottinelli

Liber Seregni, militar, y Tabaré Vázquez, médico, tienen en común haber iniciado la carrera política en torno a la cincuentena, un poco más o un poco menos, y haberlo hecho desde la cúspide. Una carrera muy lejos de sus vocaciones y experiencias, a cuya cima se llega precisamente por virtudes opuestas a la del éxito castrense u hospitalario: por la sabia combinación de la fuerza del león y la astucia del zorro, como enseñaba el maestro florentino Niccolo Machiavelli; diríamos hoy, además, por la combinación de estrategia, convocatoria, paciencia y diplomacia. El doctor y el general rápidamente descubrieron la distancia que va de los símbolos del poder al poder mismo, y cuando comenzaron a rozar el poder verdadero, también descubrieron lo limitado del mismo. Es que el poder absoluto no existe, siempre hay que compartirlo con alguien, o tiene límites en sí mismo.

El general comenzó como un símbolo, siguió como un eficiente coordinador y moderador de cuatro fuerzas cada una de ellas de formidable peso e identidad, y en las postrimerías de su prisión logra un liderazgo que alcanza su zenit entre la Multipartidaria, el Club Nacional, la Concertación y la asunción del nuevo gobierno. Un año después ese liderazgo comenzará un lento y sostenido proceso de erosión, que culminará con su renuncia el 5 de febrero del año pasado.

En el ciclo del general evolucionó una forma de organizar el FA (que pasó de una mera alianza a un partido de tipo complejo) y se creó un estilo de conducción, con una difícil combinación de liderazgo y coordinación. No siempre funcionó, y el pasar en un mismo momento del papel lideral de impulsor de propuestas al papel moderador de búsqueda de consensos, generó un debilitamiento de su figura. Un líder es tal cuando marca el camino y desde su posición de fuerza transa. Un coordinador es exitoso cuando, independientemente de hacia dónde y para qué, se logra un consenso. Muchas veces el coordinador sabotea al líder. Y frecuentemente el Seregni-presidente erosionó al Seregni-líder. Pero el general, ayudado por su formación, supo comprender rapidamente el cómo y el hasta dónde del poder, y se amoldó a ello.

El doctor comenzó como otro símbolo, siguió como una estrella de multitudes, pasó a ser un líder de masas y recién ahora, menos de diez meses atrás, se encontró con todos los resortes y frenos del poder. En este breve lapso descubrió que ni la estructura del Frente Amplio (ni de ningún otro partido grande del Uruguay), ni la forma de hacer política de este país (ni de ningún otro de Europa, América del Norte u Oceanía) se emparentaba siquiera con su personalidad. Y no es hombre de amoldarse.

Tabaré Vázquez mostró una excepcional eficiencia en captar no sólo el apoyo sino la adhesión mítica de la gente, especialmente de los sectores cultural y socioeconómicamente bajos (quizás con tanta fuerza como el rechazo que genera en la intelectualidad, empezando por la de izquierda). Y también exhibió una formidable astucia que le permitió alcanzar el liderazgo absoluto a partir de una combinación de juego fuerte y mutis, moderación y radicalismo. Hasta alcanzar la presidencia del Frente Amplio en andas de un éxito electoral, que paralelamente le limitó el campo de acción. Porque convenía a su modo de ser aquel dualismo entre una estructura compleja, con un presidente coordinador especializado en el zurcido y el bordado, mientras él, libre, elegía siempre el momento y el terreno donde hacer sus apariciones, en el modo y forma más conveniente. Esta vez, la primera que tuvo combinar la autoridad con el zurcido y el bordado, fracasó. Pero además demostró impericia y falta de vocación para la función. Y por eso pateó el tablero.

Los datos de la realidad son: Uno, Vázquez renunció de manera indeclinable a este Frente Amplio, con esta forma de organización y de hacer política. Dos, es obvio que no renunció a su ambición de ser presidente de la República. Tres, el Frente Amplio no puede darse el lujo de desprenderse de Vázquez. Cuatro, éste plantea recrear el Frente, en verdad construir desde cero una nueva fuerza política, verticalista, apoyada en un abanico de grupos políticos que en última instancia acepten su dictat imperativo.

En el juego de fuerzas instalado, no hay margen para la negociación, sólo hay triunfo de una u otra concepción (Fa sin Tabaré o tabarecismo vertical), o ruptura. Todo indica que el Frente Amplio que se gestó en los años ochenta es un enfermo terminal. Con o sin el nombre ese nombre, surgirá otra cosa, completamente distinta.

Publicado en El Observador
Setiembre 14 - 1997