Despunta un viraje ideológico
Oscar A. Bottinelli

Un buen ejercicio de ficción es imaginar un debate televisivo en que Liber Seregni y Danilo Astori defienden el papel del mercado, mientras enfrente Luis Alberto Lacalle pregona los subsidios estatales y Jorge Batlle brega porque las ex-empresas del Estado, reconvertidas a entes públicos, cumplan su vieja y clásica función de recaudar impuestos ocultos en tarifas de luz o teléfono. Como ejercicio de ficción es una caricatura, y como toda caricatura toma algo de la realidad y lo exagera.

A qué apunta esta caricatura. A visualizar la expresión en el sistema político de un cambio que se insinúa en el país en su conjunto, y que puede calificarse como un viraje ideológico, o el comienzo de un giro hacia las pautas ideológicas prevalentes en el Uruguay del welfare-state.

Uruguay, como casi toda Europa Occidental, los países periféricos anglosajones y buena parte de los países latinoamericanos, avanzaron desde momentos diferentes y a ritmo también distinto, hacia un papel omnicomprensivo y paternalista del Estado. Dicha concepción pasó de ser una postura partidista a ser una ideología nacional, es decir, un conjunto de valores compartidos por el grueso de la población, de los partidos, dirigentes y militantes políticos. En Uruguay, más allá de la virulencia discursiva, no hubo reales diferencias de modelo entre los gobiernos del segundo batllismo y los dos gobiernos nacionalistas; sí hubo diferencias en cuanto a qué sectores económicos impulsar, sobre el grado de protección o desprotección de actividades, pero no divergencias sustantivas en el plano real sobre el papel del Estado; y si hubo discrepancias, lo fueron en el terreno verbal, no en el de los hechos. Aunque parezca osado, tampoco hubo una diferencia ideológica sustancial entre el papel atribuido al Estado por el pachequismo, el wilsonismo, el Frente Amplio o los militares bajo su régimen.

Repito el concepto de ideológico: no en lo doctrinario ni en las fuentes de pensamiento, sino en la valoración del papel del Estado a la hora de formular demandas, realizar propuestas o inclusive formular críticas a lo hecho o lo no hecho. El welfare state nunca estuvo en discusión.

Los planteos opuestos de cierta relevancia comienzan en el país, en la región y en el mundo occidental tímidamente en los años setenta y con fuerza en los ochenta. Y aparece la contracara del welfare: los modelos calificados como neo-liberales, o quizás con mayor exactitud habría que calificarlos como fundamentalistas liberales, es decir, de retorno a los orígenes y las fuentes del pensamiento económico liberal.

Tímidamente, al lento ritmo uruguayo, el cambio comenzó a darse en el Uruguay. Tan lento como para no ser visto por los impulsores de modificaciones rápidas y radicales. Quien comparase la evolución uruguaya con los cambios en Argentina o Bolivia sólo podían ver inmovilismo. La ilusión óptica del inmovilismo también funcionó ante la fuerte oposición a planteos o desprolijos, o demasiado fuertes, o poco fundamentados. En ese plano funcionó la formidable oposición de los uruguayos a la privatización de Antel, así como a reformas previsionales a la chilena.

Pero paso a paso pudo verificarse que el conjunto del país fue aceptando cambios en la concepción del papel del Estado. Aceptaciones más fuertes o más débiles. Pero temas como eficiencia, estabilidad monetaria, apertura económica, competitividad, tercerización fueron aceptadas por la totalidad de los partidos tradicionales primero y por buena parte del Frente Amplio después (incluidos los desprendimientos del mismo que dieron origen, entre otras cosas, al Nuevo Espacio). El discurso de buena parte de la izquierda y la práctica de ella como fuerza gobernante (administraciones de Vázquez y Arana) dieron prueba de ese cambio.

Si la administración Lacalle puede ser señalada como la gran impulsora del debate ideológico sobre el Estado y el promotor del cambio macroeconómico, la administración Sanguinetti aparece como la que logra concretar la reforma y consolidar los cambios con una mejor adaptación a los modos y los timing de la sociedad uruguaya. La reforma de la seguridad social aparece sin duda como el ejemplo más nítido de un exquisito manejo de formas, ritmos, negociación y comunicación.

Volviendo a la primera parte de la imagen inicial: las señales de buena parte de la izquierda sobre el papel del mercado, en la verbalización (Seregni, Astori) o en los hechos de gobierno (Vázquez, Arana, Vertiente Artiguista) confirman ese giro ideológico sobre el rol del Estado. Puede resumirse en aquella frase del general: "No se me mueve un pelo del bigote porque se privatice el restaurante del Ferrocarril"

Pero la reforma del Estado, la apertura económica, el contexto regional y mundial han generado áreas de insatisfacción e incertidumbre en la población. La desocupación como efecto directo y el pasar de un modelo de certezas a un modelo de incertidumbres, lo uno y lo otro generan disconformidad y protesta. En el marco de la insatisfacción se ha observado de la población en general, de actores sociales y políticos, un retorno instintivo a reclamos y demandas propios de la ideología del estado benefactor. Como el adulto que en un momento traumático de su existencia regresa a los valores y creencias de la infancia, grababas a fuego en lo más profundo de su ser, la sociedad y sus dirigentes ante el shock de la incertidumbre y la insatisfacción regresan a los valores de la época en que todos nos formamos. Si a ello se agrega en el caso de los actores políticos la incertidumbre de las expectativas políticas personales, se completa el cuadro. Y así surgen de manera creciente las demandas y planteos que de hecho conllevan a reflotar formas de hacer política propias de aquel otro modelo. Súmense los deseos de marcar perfil o de no compartir los costos del gobierno, para que los planteos disidentes cobren mayor fuerza aún.

Así planteadas las cosas, aparecen en el horizonte un conjunto de interrogantes. Pero lo más curioso es que el debate doctrinario tan fuerte de comienzos de la década va perdiendo sustentadores en el arco del sistema político: algunos originalmente partidarios del estado benefactor apelan al papel del mercado, otros fundamentalistas del mercado apelan a un redivivo papel fuerte del Estado.

Publicado en El Observador
Setiembre 7 - 1997