Veinticinco años después
Oscar A. Bottinelli

Abril y mayo de 1972 son meses que quedan marcados en la historia de nuestro país. Donde a partir de entonces se llega a los más altos niveles de enfrentamiento, intolerancia, dolor y sangre, los mas fuertes de la historia del país moderno. En que las voces (que las hubo, y de varios lados) que intentaron impedir el despeñadero al que conduce la lógica de la guerra, quedaron asordinadas hasta hoy: los pocos y valiosos trabajos que comienzan a bucear en la época omiten esos esfuerzos para salir de la polarización.

Diez años después, comienza a emerger un país diferente: tolerante, consensualista, centripetador, gradualista en los cambios, cultor del paso a paso. Y comienza a tejerse la concepción del paréntesis autoritario y, como contrapartida, la salida del régimen de facto como una "restauración institucional", un "retorno a la democracia". Esta restauración quedó perfilada con el retorno a la Constitución de 1967 sin modificaciones (las emergentes del Pacto del Club Naval tuvieron un año de transitoria vigencia), el mismo régimen electoral, el mismo sistema de partidos (aunque con cambios fuertes al interior de los tres grandes partidos) y prácticamente los mismos liderazgos. El extremo del simbolismo restaurador lo constituyó la Universidad de la República, que repuso en sus cargos al rector y nueve de los diez decanos.

Caminos opuestos transitaron España o Chile (país este último que todavía no ha concluido la transición), países en que el período autoritario dejó escasas huellas del pasado (por lo prolongado en el tiempo en la Península, por lo profundo de los cambios en el país trasandino). En ambos casos el pasaje a la democracia supuso la elaboración de una nueva Constitución, un nuevo marco regulador de la competencia política, el surgimiento de un sistema de partidos diferente y en el caso chileno con variaciones significativas en los liderazgos políticos (obviamente este tema no es de consideración en España, con casi cuatro décadas de distancia).

Hasta el tema de las responsabilidades emergentes en materia de derechos humanos en Uruguay se salda en una forma mucho más rápida y definitiva que en otros países (aunque hayan quedado temas pendientes, precisamente redivivos en estos días); sin haber sido la voluntad deliberada de nadie, sino producto de estrategias encontradas, la solución al final del tema aparece mediante un veredicto popular, en una sociedad además en que el pronunciamiento votacional tiene algo de sagrado, al punto de ser el uruguayo el único régimen de facto en perder y reconocer la derrota en un plebiscito.

Pero este carácter restaurador y retornador va de la mano de considerar el período de facto como un mero paréntesis autoritario en medio de una larga continuidad política estable y tolerante. Y como todo breve paréntesis, condenable al olvido. Esto ha resultado funcional a la rápida reinstitucionalización del país, a salir del pasado y debatir el presente y el futuro. Mas se corre el serio riesgo de olvidar que a una situación como la que vivió el país, no sólo a partir de hace veinticinco años, sino desde unos cuantos años antes, a una situación así no se llega por un mero accidente de la historia, por un hecho fortuito o el juego del azar, sino que hay causas, coyunturales unas, profundas y de larga data otras.

¿Qué es lo que llevó a ese país tolerante, legalista, pluralista a caminar hacia la intolerancia y la violencia? ¿Fue efectivamente tan tolerante y pluralista aquél Uruguay de los años veinte, de los cuarenta, de los cincuenta; o sin desmentir lo sustancial hay un algo de exageración mítica, producto de ese agigantamiento del pasado propio de la nostalgia uruguaya? Pero, más tolerante o menos tolerante, más liberal o menos liberal, más o menos pluralista, entre el país de mediados de siglo y el que se acerca a los tres cuartos de siglo, hay un cambio muy fuerte ¿qué lo provocó? ¿qué había de sólido y qué de aparente en aquél viejo modelo?

Además ¿cuáles fueron las secuelas, en términos estratégicos, de larga duración, de esos doce, quince o veinte años de profunda intolerancia? ¿se conocen efectivamente todas las consecuencias, o nos hemos quedado en la superficie?

Explicar todo esto, desentrañar causas y efectos, es la gran deuda de las ciencias sociales. En algún momento deberá hincarse los dientes en este pasado.

Publicado en El Observador
Mayo 4- 1997