La dicotomía interior-Montevideo
Oscar A. Bottinelli

La dicotomía interior-Montevideo aparece desde los orígenes del país como el único eje territorial de división y enfrentamientos políticos. Para verificar la antigüedad del fenómeno basta recordar el lapso significativo en el ciclo artiguista en que Montevideo fue una plaza española o porteña, y el resto del país estuvo bajo la hegemonía de Artigas. O poco después, al definirse los dos grandes bandos tradicionales, en que la división alcanzó la secesión institucional: el gobierno de Montevideo (colorado) con jurisdicción efectiva en la ciudad capital, y el gobierno del Cerrito (blanco) con dominio sobre el resto del país.

En los tiempos modernos esta dicotomía llevó en alguna oportunidad a la existencia de caudillos del interior y líderes montevideanos, y como consecuencia lógica, la necesidad de postular fórmulas presidenciales equilibradoras. La candidatura Tomás Berreta-Luis Batlle es un paradigma al respecto. Una década después, el chicotacismo, el fenómeno político-gremial de la Liga Federal de Acción Ruralista aparece como la expresión más pura de la búsqueda de una expresión del interior diferenciada y enfrentada a la capital.

Y hasta 1989 el eje capital-interior apareció robustecido por dos comportamientos políticos diferenciados:

uno de carácter eleccionario: Montevideo en un esquema tripartito, de tres tercios más o menos desiguales; el interior en un fuerte bipartidismo, con una escasa presencia de la izquierda

otro plebiscitario, en torno a la Ley de Caducidad: el voto verde (rechazo) triunfa holgadamente en la capital, mientras el voto amarillo (aprobación) obtiene en el interior una victoria aún más abultada.

Pero el manejo exclusivo de estos datos puede llevar a conclusiones erróneos, sobre una dicotomía mayor que la real. Así tenemos que en materia de liderazgos políticos, la regla en el país, en blancos, colorados, frenteamplistas y cuartas opciones, ha sido la de caudillos, líderes o referentes de alcance nacional: don Pepe Batlle, Herrera, Luis Batlle, Fernández Crespo, Pacheco Areco, Wilson Ferreira, Seregni, Sanguinetti, Lacalle, Volonte, Tabaré Vázquez. Y además tenemos que en la puja entre ambos partidos tradicionales, sí hay un neto predominio colorado en Montevideo (como que el Partido Nacional aventajó tan sólo en dos elecciones a su adversario), pero no es cierto el mito que el interior es blanco: en líneas generales en el interior triunfó el mismo partido que lo hizo en el plano nacional (casi las únicas excepciones son las elecciones de 1971 y 1994); más aún, en los últimos tres cuartos de siglo, ganó más veces el coloradismo que el nacionalismo.

Pero, además, las instancias electorales de 1992, 1994 y 1996 demuestran el fuerte debilitamiento de esa frontera, tómense los indicadores que se tomen: el porcentaje de votación de la izquierda, el Sí y NO en el referendum sobre la Ley de Empresas Públicas, o el Sí y el No en el reciente plebiscito constitucional. Y parece que lo político-electoral es sólo la expresión de un fenómeno más profundo de cambio socio-cultural, en que no sólo se debilita la frontera capital-interior, sino que el interior cada vez se diversifica más. Por supuesto que esto no supone negar la existencia de problemas comunes a todo el interior, particularmente en relación a aspectos centralistasdel país en lo económico, administrativo, cultural y de comunicaciones.

Ahora bien, en este marco es cuando reaparecen en ambos partidos tradicionales reivindicaciones o en favor de una mayor representación política del interior (en términos cuantitativos y cualitativos) o de movimientos cuyo eje central de convocatoria sea la expresión de las demandas del interior. La primer duda que surge es el grado de fuerza que el planteo capital-interior tiene hoy en la opinión pública, comparado al menos con otros ejes de división de la ciudadanía.

La segunda duda es hasta donde este planteo obedece a una fuerte subrepresentacion o exclusión del interior.

Porque un análisis somero da indicaciones en contrario. Ante todo es necesario aclarar que no es nada fácil determinar en todos y cada uno de los dirigentes políticos, si son de la capital o del interior. ¿Qué es lo que se define? ¿El lugar de nacimiento; dónde se crió; su lugar de residencia de los últimos años; el ámbito de ejercicio profesional, empresario o laboral o dónde realiza su actividad política?

Para cuantificar la actual representación del interior es interesante tomar como muestra el Senado, lugar a dónde se llega en circunscripción única, de alcance nacional:

de los diez senadores colorados, cuatro son inequívocamente del interior;

de los diez senadores blancos, ocho son del interior y sólo dos de Montevideo;

de los nueve senadores frenteamplistas, fuerza esencialmente montevideana, cuatro son nacidos y criados en el interior; y el senador nuevoespacista es de la capital.

En total el interior cuenta con dieciséis de los treinta senadores, lo que no está demasiado lejos de la proporcionalidad territorial (lo exacto por cocientes decrecientes de votantes serían 17 a 13). Pero lo más llamativo ocurre en el Partido Nacional, fuerza política donde la reivindicación del interior alcanza más fuerza: por cada cuatro senadores del interior hay uno sólo de Montevideo.

Publicado en El Observador
Abril 13- 1997