La lógica de la polarización
Oscar A. Bottinelli

El 30 de abril de 1972 el General Seregni advertía sobre los riesgos de entrar en la lógica de la guerra, la imparable reacción en cadena de causas-efectos recíprocos en acontecimientos bélicos y político-bélicos, cuyo final nadie puede avizorar, salvo uno: que nadie sale ganando y el país como tal pierde inexorablemente.

Con las diferencias del caso, existe también una lógica de la polarización, la generación de un proceso asimismo de reacción en cadena de causas-efectos recíprocos, de sucesión de hechos que se transforman en incontrolables. Que nadie se llame a engaño, no se puede entrar en una lógica polarizante con la creencia que ella desaparece y el proceso se frena por un mero acto de voluntad en cualquier momento. Eso creyó el aprendiz de brujo.

La polarización se visualiza cuando cambia la naturaleza de una contienda política, fuere electoral o no. Los símbolos más visibles son la dilucidación del eje electoral en términos de antagonismo excluyente: hay un bien y un mal, un cielo y un infierno. Y también la visualizacion de los campos en términos bélicos: hay aliados y enemigos; unos son poseedores de la verdad y la virtud; a los otros, poseedores del error con maldad, sólo cabe el desprecio público.

Un proceso de reforma constitucional largo, extraordinariamente largo, confuso, desprolijo, con idas y vueltas de algunos actores, por encima de todos aburrido para el gran público, devino en los primeros días de noviembre en una confrontación apocalíptica, que transformó el previsiblemente intrascendente segundo domingo de diciembre en una instancia crucial, en un hito en el proceso político nacional. Como vienen planteadas las cosas, nada será igual el 9 de diciembre. Pase lo que pase habrá consecuencias y el sistema político será diferente.

Hay muchas profecías sobre el fin del mundo, pero no conozco ninguna que diga que La Tierra deja de girar en la noche del 8 al 9 de diciembre. Entonces, que no quepa duda que al día siguiente del domingo será lunes, La Tierra seguirá girando y en su periferia seguirá existiendo un pequeño y peculiar país. Si alguna parte busca la victoria a cualquier precio y sin medir costos, hará que a partir del día siguiente sean necesarios inconmensurables esfuerzos de personalidades respetables para tratar de remparchar un sistema político extraordinariamente averiado y polarizado.

Aunque no pase más nada en estos próximos siete días, lo ya ocurrido hasta el presente permite plantear este acto electoral como el más polarizado, brusco y poco ejemplarizante de varias décadas, con la obvia excepción de las elecciones de 1971. Y deja mucho trabajo por delante recomponer heridas.

En toda campaña electoral, aquí y en cualquier parte, hay siempre un algo de exageración y una cierta salida de los temas reales en debate. Tampoco es evitable que en un partido o en otro, haya algún destemplado que diga cosas inapropiadas y juegue brusco y hasta sucio. Pero siempre con límites muy claros, y el escenario central resulta de elevado nivel político, cultural y ético. Así han sido las campañas electorales de 1984, la eleccionaria de 1989, la de 1992 y la de 1994. Inclusive la campaña referendaria de 1989, pese a la trascendencia política y ética de los temas en juego, a la dureza de muchas argumentaciones, y al desprolijo proceso previo de contralor de firma, pese a todo ello se desarrolló dentro de límites que aseguraron el funcionamiento de un sistema político integrador y consensualista. Hoy, en estas cuatro semanas, las cosas han sido diferentes, completamente diferentes.

No estaría demás en los cuatro días que restan de campaña electoral parar esta máquina infernal. Para empezar, hay mucha desinformación en la ciudadanía. Como el proyecto se procesó en el Parlamento a lo largo de casi siete meses, cabe suponer que en el debate en ambas cámaras se volcaron todos los argumentos en su favor y en su contra, se expusieron todas las virtudes y todas las críticas, y si alguien encontró trampas, allí las expuso y las confrontó con los autores de esas trampas, ya que unos y otros son todos senadores y diputados. Entonces, no queda nada por inventar ni averiguar. El papel de los líderes y dirigencias, su rol natural, es informar a la gente: con palabras claras y sencillas repetir al gran público lo que ya se volcó en la discusión parlamentaria, sin agregar ni quitar comas, patas ni colas. Y recordarle a todo el mundo que el triunfo del No nada tiene que ver con la prevención del cáncer ni que la victoria del SI tampoco impide el retorno de la fiebre aftosa. Se trata pura y simplemente, nada más ni nada menos, que de una reforma esencialmente electoral, con toda la importancia y la limitación del tema electoral. Y también que cada partido tiene sus propios referentes, presentes y pasados, y que nada ayuda a nadie el juego de andar usándolos de prestado.

Y por último, que lo que está en juego es muy sencillo: reformar la Constitución en la dirección y el contenido de este proyecto, o mantener la Constitución vigente. Que para muchos es una disyuntiva difícil, no hay dudas. Pero es la que hay, y no hay otra. Porque el largo proceso reformista iniciado en 1985 llegó a su fin, y guste o no, lo que surja del 8 de diciembre quedará por alguna que otra década.

Publicado en El Observador
Diciembre 1° - 1996