El papel de los partidos y liderazgos
Oscar A. Bottinelli

Esta verdadera revolución en el sistema electoral y de partidos que implica la reforma constitucional, genera efectos muy diversos sobre los partidos políticos. En primer lugar puede generar un formidable impacto sobre las pertenencias partidarias, particularmente para los adherentes a los partidos excluidos de la segunda vuelta, particularmente los pertenecientes al tercero de los tres grandes, se verán enfrentados a votar en blanco y no decidir la elección presidencial, o decidir mediante el voto a otro partido. Y ello puede generar dos efectos contrarios:

Uno, de debilitamiento de esas pertenencias o adhesiones, si los ciudadanos se sienten independientes y comienzan a desarrollar procesos de simpatías y rechazos hacia los otros dos partidos, proceso que - seguramente no en 1999 y quizás no del todo en el 2004 - puede ir generando un descaecimiento en la adhesión a un partido, y legitimarse a sí mismo el cambio de partido, como un hecho normal.

Dos, de fortalecimiento de los partidos, si éstos logran que la presentación en la segunda vuelta se realice mediante bloques o coaliciones de partidos, en que los excluidos aparezcan como socios menores pero imprescindibles de un bloque dispuesto a ganar el gobierno y ejercerlo en conjunto. Este camino, que a priori parece el más difícil, requiere de cinco requisitos: que cada uno de los partidos esté unido e interiormente fuerte; que los acuerdos sean asumidos como coaliciones electorales y de gobierno, éstos acuerdos se cumplan y resulten duraderos (no menor a los cuatro quintos de un mandato); que dentro de cada uno los partidos coaligantes todos sus dirigentes y sectores asuman sin diferencias ni matices el acuerdo; que todos los partidos políticos principales entre en la política de bloques; y como quinto requisito que las dirigencias partidarias logren políticas expresas de conservación de las pertenencias.

Otro impacto de la reforma electoral sobre los partidos es sin duda la candidatura única. Visto el tema no como un efecto electoral, es decir, como la simplificación de la oferta electoral, sino desde el ángulo político, por el papel de los candidatos presidenciales en el juego de liderazgos partidarios.

En el sistema actual, rara vez se dan líderes asumidos como tal por la totalidad de un partido político, hablando de los partidos grandes (Colorado, Nacional y Frente Amplio). Ha habido liderazgos sectoriales muy fuertes, de apoyo mayoritario en su partido; fenómeno que genralmente ha provocado el más fuerte combate de la o las fracciones minoritarias (casos de Batlle y Ordóñez, Herrera, Luis Batlle). En forma excepcional se han dado liderazgos no contestados, como el actual de Sanguinetti, el de Ferreira Aldunate entre 1983 y 1986, o el de Seregni más o menos por las mismas fechas.

Sin magnificar ni sacralizar los instrumentos formales, es necesario resaltar que no existen instancias en que los ciudadanos, o más precisamente los adherentes a un partido, sientan la necesidad de un vínculo directo con el número uno de su partido, que convoque a sentirlo como líder de todo el partido, aunque no fuere de la fracción de uno.

Los mecanismos electorales llevan precisamente a que las fracciones tiendan a expresarse en torno a candidatos presidenciales, o a formarse hacia una candidatura presidencial, o a coaligarse más de una fracción tras una misma fórmula. Los liderazgos sectoriales se robustecen por su posibilidad de la presentación como candidatura presidencial, y con ello establecer un vínculo directo con la ciudadanía en general (a la cual se dirigen y cuyo voto solicitan) y con sus propios.

La fortaleza de estos liderazgos partidarios se ha visto correlacionada con el funcionamiento del sistema político. Si queremos saber cuántos actores hay en la vida política nacional, cuánto agentes políticos, basta contar cuántas personas se reúnen con el presidente de la República cuando éste convoca a todo el sistema político. Rara vez se reúnen cuatro personas (una por cada uno de los cuatro partidos con representación parlamentaria). Esto apareció como corriente en los comienzos de la restauración institucional (tampoco duró todo el quinquenio) y luego se vio que fue una más de las excepcionalidades de la transición y no una reformurlación del papel de partidos y fracciones. No negocian el Partido Colorado y el Partido Nacional, sino que lo hacen el Foro Batllista, la 15, la 94, el PGP, Manos a la Obra, el herrerismo, Desafío Nacional, Movimiento de Rocha, Renovación y Victoria. El Frente Amplio es el que ha logrado mantener relaciones extrapartidarias como tal, aunque en un proceso de debilitamiento de este fenómeno.

La candidatura única puede contribuir a una diferenciación de rangos entre liderazgos sectoriales y representación partidaria central. Habrá, como la distinción medieval, señores y señor de señores, souverain y souzerain. Todos los precandidatos serán sin duda líderes sectoriales. Pero uno de ellos representará a todo el partido, recibirá la adhesión de los demás y competirá contra los otros partidos. Y esto fortalecerá a los partidos. Del resultado electorado, de cómo se interprete el mismo, de cómo actúen los agentes politicos en el relacionamiento interpartidario, dependerá que se loge o no un fortalecimiento del papel de los partidos sobre las fracciones. La candidatura única no cambia conductas ni culturas, sencillamente ayuda a ello.

Publicado en El Observador
Octubre 27 - 1996