Reforma electoral:
molestia por error
Oscar A. Bottinelli

Es un secreto a voces que buena parte de los diputados blancos y colorados del interior se siente molestos con la reforma constitucional, y que el motivo principal de dicha desconformidad es la prohibición de la acumulación por sublemas.

En puridad el artículo proyectado dispone que "no podrá efectuarse acumulación por sublemas, ni por identidad de listas de candidatos". Lo primero es de interpretación clara, más allá de la errónea redacción; lo segundo es un disparate mayúsculo, de absoluta inaplicabilidad: en Uruguay no hay posibilidad alguna de acumular votos en listas idénticas (quien redactó el artículo, y quienes lo votaron, confunden dos conceptos básicos de nuestro sistema electoral: lista y hoja de votación).

Como las "listas calcadas" no existen y se prohíbe lo improhibible, vamos a detenernos en lo único que ocasiona efectos prácticos: la llamada prohibición de acumular votos por sublemas para diputados, lo que en forma correcta debe formularse como la eliminación del triple voto simultáneo en la elección de diputados y su sustitución por el más simple doble voto simultáneo.

Bien, el inconformismo tiene varias razones. Una de ellas, no la única pero sí la que personalmente hemos escuchado a mayor cantidad de legisladores, se relaciona con los posibles efectos negativos que la reforma ocasionaría para su propia reelección.

En principio se observa cierto temor a lo que aparece como concurrir relativamente desnudos a la contienda electoral, sin posibilidad de aliarse con otros contendores. Ello es tan cierto como lo contrario: la inexistencia de los sublemas dificulta o impide a los desafiantes del diputado coaligarse para arrebatarle la banca.

Así planteadas las cosas, conviene hacer algunos razonamientos. Primero que todo, que en Uruguay no hay un sistema de elección de diputados sino dos: uno de proporcionalidad fuerte, bajo cuyas reglas se disputan las bancas de Montevideo y en menor grado Canelones; y otro sistema de carácter mayoritario, bajo cuyas reglas se disputan las bancas del interior puro, es decir, del resto del país (con alguna salvedad respecto a Colonia).

¿Qué se quiere decir con esta afirmación? Que la definición de un sistema electoral no depende exclusivamente de la regla jurídica, del principio técnico que rige la adjudicación de las bancas, sino de un conjunto de elementos, entre los cuales es determinante la magnitud de la circunscripción, es decir, la cantidad de bancas a ser elegidas en la circunscripción, es decir, en el departamento.

A partir de la restauración institucional, la totalidad de las bancas del interior puro (salvo Colonia) corresponden a una banca por lema y por departamento. Si un lema no duplica al segundo (como excepcionalísimamente ocurrió en Cerro Largo y San José en 1989), no hay competencia interpartidaria. A ningún candidato le interesa, en cuanto a sí mismo, si su partido vota mejor o peor, siempre que no salga de determinado rango.

La competencia real y verdadera es la intrapartidaria, la lucha interna por la única banca de ese partido en ese departamento. Y esa competencia es de lógica mayoritaria, o para ser más estrictos, de lógica pluralitaria: la banca se decide a pluralidad o mayoría simple y corresponde al más votado. Pero actualmente, como se combina con la existencia de los sublemas, esa competencia está intermediada por una lucha entre coaliciones de candidatos o entre fracciones. Resulta tan importante cosechar la mayor cantidad de votos individualmente, como realizar los mejores acuerdos políticos en pos del sublema de mayor captabilidad. Un buen sistema de alianzas puede derrotar al mejor candidato (ejemplo de ello son las elecciones de Cerro Largo de 1989, en que el candidato más votado no obtiene ninguna de las dos bancas de su partido, en virtud de las mejores alianzas de sus rivales).

La eliminación del sublema como factor adjudicatorio trae aparejado que esta competencia uninominal, por la única banca del lema en el departamento, se realice candidato contra candidato. Y esto, que es una revolución en la lógica electoral uruguaya, asimila esta competencia a otras similares en el mundo.

Y así es posible visualizar dos efectos. El primero es la reducción de la cantidad de candidatos significativos de un mismo partido (el de esperar un número normal de dos y nunca mayor a tres). El segundo efecto es el más importante. La ciencia política norteamericana ha estudiado detenidamente la competencia parlamentaria; y sus conclusiones se han visto refrendadas para otras disputas electorales de alta personalización y disputa de un único cargo a mayoría simple. De esos estudios surge la existencia de una ventaja intrínseca a la calidad de "incumbent" (titular de la banca), que por ese sólo hecho tiene un punto de partida superior a su o sus "challengers" (contendores).

El titular de la banca potencia su rol si debe afrontar una elección en término de conservación o pérdida de la banca. No es más un candidato entre varios, como en un campeonato de liga (de todos contra todos), sino el propietario de un título frente al cual aparecen aspirantes a desplazarlo.

Esto no aparece claro y es natural. Porque nunca es fácil visualizar un cambio sustantivo en la lógica de la contienda electoral. Y la supresión del sublema como factor de adjudicación es tan fuerte en el cambio de reglas de juego como el balotage en el nivel presidencial.

Publicado en El Observador
Setiembre- 1996