Las (ex) carreras políticas
Oscar A. Bottinelli

En los años cuarenta y cincuenta, como anteriormente en los años veinte, el país exhibió el modelo más escalafonado del sistema político: las carreras políticas se desarrollaron como una verdadera carrera, como el escalamiento de una pirámide, con alta estabilidad para los mismos. El cambio opera con fuerza en las décadas posteriores, y se llega, a partir de la restauración institucional, a un modelo opuesto: la ausencia de carreras políticas, el pasaje por la política como un hecho fortuito, azaroso, de difícil perdurabilidad.

Algunos datos generales son impresionantes:

Uno. En las dos renovaciones parlamentarias habidas desde la restauración institucional, la tasa de renovación de la cámara de diputados se situó en el 70%. Este dato contrasta con las tasas de las décadas de los años cuarenta y cincuenta, todas ellas inferiores al 50%, alguna incluso cercana al 30%.

Dos. De los noventa y nueve diputados titulares en la actualidad, solamente ocho han ocupado bancas parlamentarias en forma ininterrumpida desde la restauración democrática, es decir, se encuentran en su tercera legislatura. De ellos:

a) uno cumplió su primera de estas legislaturas en el Senado, y las dos últimas en Diputados

b) dos cambiaron de lema: uno fue elegido por un lema en 1984 y por otro en las dos elecciones siguientes: otro fue elegido bajo un lema diferente en cada una de las tres elecciones

c) un diputado cambió de departamento: representó al interior en 1984 y 1989, y a Montevideo en 1994

d) cuatro diputados se encuentran en la tercera legislatura elegidos siempre en la rama baja, por el mismo lema en el mismo departamento

Tres. De los treinta y un miembros titulares de la Cámara de Senadores (incluyendo al vicepresidente de la República), once cuentan con más de dos legislaturas en alguna rama parlamentaria; veinte de los treinta y un senadores están en su primera o a lo sumo segunda Legislatura.

Otro dato, aún no cuantificado debidamente, es la elevada tasa de renovación en los cargos políticos y de confianza. Una apreciación somera permite observar:

Uno. En 1985 el Partido Colorado se instala en el gobierno. Con él accede a la administración una camada muy numerosa de jóvenes políticos (buenos y malos, inteligentes y no tanto, eficientes e ineficientes, no importa). Lo cierto es que más allá de aptitudes, talentos, virtudes y eficiencias, más del 90% de esos jóvenes vieron truncada su carrera pública en los comicios siguientes. Y debieron, unos bien, otros mal, con mayor o menor dificultad, rehacer sus vidas y reinsertarse en la actividad privada, o ubicarse en el servicio público pero ya como funcionario liso y llano.

Dos. En 1990 le llega el turno al Partido Nacional, y con él a otra camada numerosa de jóvenes, de todo tipo y valor. También hay buenos y malos, virtuosos y no tanto. Pero más allá de sus eficiencias y capacidades, otras nueve décimas siguió el mismo camino de sus coetáneos colorados.

Tres. El mismo año también le llega el turno al Frente Amplio, en el plano municipal de Montevideo. Y con él llega a la administración otra camada de gente nueva, que se estrena en los cargos públicos (promedialmente no joven, pero teniendo en común el abandono de otras actividades y funciones para volcarse a la función público-política). Y el resultado es parecido: más del 50% debió el 15 de febrero del año pasado empezar a rehacer sus vidas desde el punto de vista laboral. El porcentaje parece bajo en comparación con blancos y colorados, sin embargo es extraordinariamente alto si se piensa que esa renovación operó cuando el mismo partido retiene la administración. Aquí no es producto de rotación de partidos, sino de rotación de la jefatura.

Cuatro. En el primer caso, el de los jóvenes colorados desocupados, resultó minoritario el porcentaje de quienes cinco años después, en los pasados comicios o en la actual administración, retornaron. En los otros dos casos habrá que ver qué pasa dentro de cinco años.

Estos datos en sí mismo son elocuentes y llevan a un conclusión inequívoca: optar por la función pública política, con abandono de carreras particulares, o de empleos seguros, o de actividades privadas, es altamente riesgoso. Y aunque fuere por este sólo aspecto, aparece como una carrera poco atractiva.

Sobre el tema hay dos maneras de plantarse. Una considerar que, más allá de las necesarias renovaciones y rotaciones de individuos, la política, el Estado, la conducción política de la administración, constituyen una ciencia, un arte y una técnica; requieren especialización, dedicación, profesionalismo.

Otras es partir del supuesto que la renovación total de elencos otorga frescura, dinamismo y democraticidad.

En lo personal me afilio a la primera tesis. Un Estado moderno y eficiente no se puede dar el lujo de improvisar permanentemente elencos de conducción. Y el cambio de partidos en la conducción no necesariamente implica improvisar elencos, sino renovar personal dentro de una plantilla especializada. A la inversa, tampoco es un reaseguro contra ello el mantener a un mismo partido.

Este es un tema estratégico para el sistema político, de difícil encare y más difícil resolución aún. Pero es tiempo de empezar a pensarlo y debatirlo.

Publicado en El Observador
Setiembre- 1996