Tabaré Vázquez reapareció, sorprendió, recuperó el liderazgo, despejó la candidatura y busca fortalecer al gobierno y a la fuerza política

Oscar A. Bottinelli. 
Director General de Factum

 

Tabaré Vázquez demostró una vez más su fortaleza en el manejo de los tiempos, en particular sus entradas y salidas de escena. Lo hace en un momento particular del gobierno y del Frente Amplio, mediante la creación de hechos muy fuertes. El nuevo gobierno cerró el año con una fuerte y cuádruple caída: del juicio de gestión del presidente, de la valoración del gobierno, del cumplimiento de las expectativas y de la intención de voto al Frente Amplio. Contra lo esperado por muchos analistas, el nuevo año no trajo cambios en el gabinete, ni anuncios claras de medidas gubernamentales. Por el contrario, se acentuó la polémica interna del oficialismo y se pusieron en duda más certezas: desde la posibilidad de aumentos tributarios a personas físicas, empresas en general y agro en particular, hasta restricciones a la tenencia y adquisición de tierras. La jugada de Vázquez consolida su liderazgo, da por terminada la disputa por el liderazgo que planteó Mujica hace un año, fortalece al gobierno, frena la desatada carrera presidencial y pone autoridad en el FA.

 

Tabaré Vázquez es uno de los dos líderes y presidentes que en el último medio siglo mejor manejan los tiempos de presencia y ausencia, lo que en términos teatrales se puede llamar el buen uso del mutis. Agrega un elemento de su personalidad que, según el momento y el lugar, juega como defecto o como virtud: la imprevisibilidad. Así fue que sorprendió a propios y extraños al dar los más claros indicios de su disponibilidad a ser el candidato único del Frente Amplio a la Presidencia de la República en 2014, a la par que adelantó el nombre de Raúl Fernando Sendic como su más probable compañero de fórmula. La pregunta que surge es ¿por qué Vázquez adelantó un anuncio que más bien era esperable para el último trimestre de 2013, es decir, en las vísperas del Congreso frenteamplista?

El antecedente base para explicar este movimiento de hogaño hay que rastrearlo hacia fines de 2007 hasta mediados de 2009: en ese periodo José Mujica desafía el liderazgo de Tabaré Vázquez y en cierto modo lo sustituye, o al menos se pone a la par. Los errores del entonces presidente en relación al Congreso ordinario del FA y la elección de presidente del partido político, la negativa a integrar la fórmula como vice de Astori postulado como vicario por el presidente líder, el desplazamiento del hombre del presidente en el Congreso especial del FA de 2008 y finalmente su derrota en las elecciones preliminares. Hubo un fugaz retorno de Vázquez al liderazgo y un reposicionamiento del ex ministro de Economía, cuando la sucesión de errores de Mujica en la mitad de la campaña electoral, en particular la aparición del libro “Pepe Coloquios” y diversos comentarios y entrevistas en Argentina, debilitaron extraordinariamente su candidatura. El liderazgo apareció claramente cuestionado cuando la asunción del nuevo presidente, quien adoptó una impronta refundacional con cierto grado de rupturismo respecto a la administración anterior, cobró muchas cuentas pequeñas y medianas y quiso enmendarle la plana a su antecesor en tres oportunidades: con el levantamiento del veto a Kirchner, que le salió bien al nuevo presidente y obtuvo un frío respeto de su contendor; con el giro de 180 grados en materia de tabaquismo, en que debió no solo dar plena marcha atrás, sino hasta endurecer las políticas; y con la elección de norma digital, que obtuvo una displicente adhesión de Vázquez, ya a punto de recobrar su liderazgo pleno.

Pero además las comparaciones favorecían al sucesor, lo cual es una regla: el estilo que encandila a la gente y es determinante para llevar a alguien a la primera magistratura, al final cansa y se busca algo contrapuesto. Así surgió el juego de comparaciones: la vida ascética de la familia Mujica contra la propensión a los negocios de la familia Vázquez; la figura desprolija del Pepe contra la figura atildada y bien cuidada de Tabaré; el estilo dialoguista y comprensivo del líder histórico tupamaro contra la actitud confrontacional y autoritario del oncólogo. Se percibía que la diferencia más significativa entre ambos gobiernos iba a ser el estilo personal de los presidentes y no la línea política, ya que la nueva dupla presidencial y vicepresidencial habían afirmado hasta el cansancio la inamovilidad de la línea económica, el mantenimiento tal cual del secreto bancario y del esquema tributario, del libre flujo de capitales, de la libertad de inversiones.

El diagnóstico de situación viene pautado por una fuerte y cuádruple caída del oficialismo. Primero, en la aprobación del presidente, que cayó sistemáticamente trimestre a trimestre, aunque situada en niveles buenos (lo malo es la caída, pero lo que queda es positivo ya que lo aprueba cerca del 60%). Segundo, de la valoración del gobierno, que aparece algún punto por debajo del presidente. Tercero, la caída en las expectativas respecto al gobierno (el 62% considera que está por debajo o lejos de lo esperado, contra un 36% satisfecho). Y cuarto, el nivel de intención de voto al Frente Amplio que cierra el año en el magro nivel del 42% y el alarmante despegue del voto refractario (en blanco, anulado, a ninguno) que trepa al 10%, cifra similar a lo alcanzado en todo el país en las pasadas elecciones departamentales de mayo de 2010, cifra récord en el país.

Ocurre además que lo que hoy se ve como diálogo y tolerancia (le pasó a Batalla) al cabo del tiempo se percibe como falta de mando y debilidad; a contrario sensu, la actitud autoritaria a pasa a percibirse como sentido del mando. Lo cierto es que el diagnóstico de analistas, elites y público en general es de ver un gobierno débil, desgastado, con el desgaste propio de la mitad del periodo y no de un primer año aún no concluido. A ello cabe sumar un Frente Amplio que pone todo en cuestionamiento, discute públicamente todo y hace aflorar la duda cuánto va rumbo a una socialdemocracia -es decir, hacia la buena gestión del capitalismo asociada al fortalecimiento del welfare state y la disminución de las desigualdades- y cuanto va a llevar al capitalismo al límite de una transformación de tipo revolucionaria, de cambio en las bases del sistema. Todo ello además se enrareció con el adelanto de la carrera presidencial: basta con señalar que ya se manejaban nueves nombres frenteamplistas, tanto del MPP, del mujiquismo no MPP, del socialismo, del post-astorismo y naturalmente el propio Astori (los ocho primeros además como competidores dobles para la candidatura presidencial y la vicepresidencial)

Vázquez al hacer esta entrada en escena, provoca además seis efectos principales:

Uno, retoma el liderazgo absoluto, que queda ya fuera de discusión

Dos, anula la carrera presidencial y con el visto bueno al nombre de Raúl Fernando Sendic como compañero de fórmula, ensordece la carrera vicepresidencial, a riesgo de exponer al presidente de Ancap a todas las zancadillas imaginables

Tres, fortalece al gobierno, cuya fuerza queda condicionada al apoyo de Vázquez

Cuatro, cierra las puertas a nuevos enmendaduras de plana a su gestión

Cinco, fortalece al Frente Amplio, que con su nombre hace trepar la intención de voto hacia el 46%-49%, lo que aún así es bastante magro

Seis, fortalece su propio poder, que ya no es el de un ex presidente y una figura popular, sino para los frenteamplistas es el futuro presidente y la carta que les queda para permanecer a flote.

Desde mediados de año Mujica viene manejado nombres para la Presidencia del Frente Amplio y hasta hecho ofrecimientos. Es posible que ahora o continúe Jorge Brovetto (hacia lo cual dio una señal no muy clara el anterior presidente) o el nuevo presidente sea impulsado por Vázquez, o al menos necesite el aval de Vázquez. Son todos cambios fuertes en el oficialismo, entendido como gobierno y como fuerza política.


 

Publicado en www.espectador.com - espacio Análisis Político
febrero 14 - 2011