Lo que los uruguayos esperan de los elencos políticos

Oscar A. Bottinelli. 
Director General de Factum

Existe una relativa separación entre los actores políticos y la gente. No una separación extrema, ya que Uruguay está muy lejos del “que se vayan todos”, que fue dominante en la Argentina de comienzos de este siglo. Pero tampoco una conformidad total. El dato más elocuente fueron los “gritos del silencio” del pasado 9 de mayo, cuando las elecciones departamentales, cuando uno de cada nueve electores radicados en el país tuvo una actitud refractaria y todos los partidos en su conjunto sufrieron una pérdida de más de un cuarto de millón de votos, exactamente 256.490. El Frente Amplio perdió 167 mis votos, el Partido Colorado casi 60 mil, los dos partidos menores casi 40 mil y el Partido Nacional, en medio de esa debacle, apenas captó 14 mil, pero debió sufrir la pérdida de 47 mil adhesiones en Montevideo y Canelones. Estos son datos contundentes, que surgen de las urnas, de los votos contantes y sonantes, y a los que no se puede descalificar con aquello tan manido de “las encuestas se equivocan”, porque no son encuestas, sino datos que surgen del cómputo de los votos y de la comparación de los votos entre sí. En otras palabras, están más allá de toda discusión y de todo cuestionamiento.

¿Cuál es la adhesión electoral macro a los partidos políticos? Mucho menor de la que creen sus dirigentes: Frente Amplio, 40,6%; Partido Nacional, 29,0%; Partido Colorado, 14,4%; Partido Independiente, 0,8%; Asamblea Popular, 0,6%. Total de adhesión a los partidos políticos: 86,1% del total del electorado residente en el país. Hay pues un 13,9% que no adhiere a ningún partido, y en algún momento deja de votar, o lo hace en blanco o busca anular el voto. En otras palabras, ni el Frente Amplio tiene el respaldo del 48%, ni el Partido Colorado del 17%, ni el Partido Independiente supera el 2%. Más o menos el Partido Nacional está en lo que estuvo en octubre, pero sin capacidad alguna de quitarle votos a los demás.

Este fenómeno de crecimiento del descreimiento en la política, los políticos y los partidos tiene como elemento central la disconformidad con la forma en que actúan los actores políticos, con las formas de hacer política. En esa disconformidad cabe poner el acento en varios elementos:

Uno. La política vista como una lucha por el logro personal. El político no como referente, intérprete o intermediario entre la gente y el poder, sino como un hombre que busca sus objetivos individuales, ya fueren económicos, de poder o de prestigio.

Dos. Altamente relacionado con lo anterior, la distribución de los cargos del Estado como premios en función de votos obtenidos o de aportes a las campañas electorales, con relativa independencia (y en algunos casos con total independencia) de las condiciones para el cargo, la capacidad personal o técnica, o el conocimiento de la materia. El actual proceso de distribución de los cargos principales del sector público manifiesta que en líneas generales se ha mantenido y hasta exacerbado ese comportamiento que provoca la oposición de la ciudadanía. Inclusive sectores que han surgido o crecido en el discurso hacia nuevas formas de hacer política, en esta materia han demostrado caminar por los mismos caminos que trillan los demás sectores políticos. Casi nadie, o muy pero muy pocos, pueden tirar la primera piedra.

Tres. La política como escenario donde cada uno busca y rebusca qué puede endilgarle al otro, como se observa en el debate parlamentario sobre la tragedia de la cárcel de Rocha. Ese debate va exactamente por el camino opuesto al que reclama la sociedad, que es el camino del cruce de ideas, proyectos, propuestas y hasta contraposición de valores. Pero no por el juego de la culpa es tuya, del “no, fue tuya primero”, “no, yo no, tú”.

A ello cabe sumar otro tema. La gente quiere que se la convoque, que se exalten proyectos, que se la haga soñar. Pero luego aspira a que algo de eso se aterrice, se traduzca en medidas concretas de gobierno, en planes sensatos. No quiere que por los meses de los meses se hable de lo que no funciona bien y cómo deberían funcionar bien, si no se ejecutan las cosas para que funcionen como creen que se deben funcionar. La gente quiere que no se despilfarre dinero, pero tampoco que las cosas no se hagan para no gastar, porque entonces el despilfarro es mayor. La conducta de que nadie se  mueve porque enseguida viene el grito de “qué mal eso”, lleva al sistema político a la parálisis.

¿Qué es lo que ha demostrado la gente que quiere de los elencos políticos? Lo demostrado entre la finalización del balotaje y unos días atrás, quizás un par de semanas atrás:

Uno. Voluntad de entendimiento

Dos. Actuar en la búsqueda de comprender el uno al otro, que comprender no quiere decir pensar igual, sino quiere decir encontrar los puntos en común, ver efectivamente dónde están y por qué los puntos de discrepancia, y entender que la discrepancia puede ser – y debe ser – producto de la diferencia en los valores y en la concepción de la sociedad

Tres. Privilegiar los entendimientos sobre los disensos, salvo cuando estos disensos fueren producto de confrontación de valores muy profundos y muy arraigados.

Cuatro. No actuar inspirados por el presunto rédito electoral, que no es un rédito real sino un espejismo que mueve a muchos actores políticos y está lejos, muy lejos de cualquier rédito.

Los síntomas demostrados en estos días son preocupantes: falta de aterrizaje del gobierno, pegar el grito para que no se gaste nada no sea cosa que la gente conozca al país, buscar quién le tira a quién la culpa por unos cuantos muertos. Como los actores que actuaron a gusto de la gente de diciembre a junio son los mismos que actúan en julio, entonces quiere decir que pueden volver a actuar como lo hicieron, y con ello robustecer el apoyo ciudadano al sistema político. Porque no hay democracia sólida sin sistema político sólido, y no hay sistema político sólido sin confianza de la gente.




 

Publicado en www.espectador.com - espacio Análisis Político
julio 16 - 2010