Algunos por qué de la campaña electoral de mayor dureza del último cuarto de siglo
Oscar A.
Bottinelli. 
Versión corregida por el expositor

EC: Muchos consideran que esta campaña electoral es la de mayor dureza de los últimos 25 años. El politólogo Oscar Bottinelli, director de Factum, en su análisis de hoy busca algunas explicaciones a este fenómeno. El título: Algunos por qué de la campaña electoral de mayor dureza del último cuarto de siglo

 

OAB: Parecería que no hay dos opiniones sobre que esta es la campaña electoral más dura, de menor vuelo y de mayor descaecimiento en valores desde la restauración institucional. Si se saltean las elecciones de 1971, en que la dureza y hasta violencia tuvo un eje esencialmente ideológico, esta es la campaña de menor nivel y mayor fiereza del último medio siglo, desde 1958. Para llegar a esto se han conjugado un conjunto de elementos, algunos de los cuales enumeraremos como simples apuntes.

 

EC: De ese conjunto de elementos ¿cuál señalas en primer término?

 

OAB: Uno diría que un elemento importante es la droga del poder. Como se sabe, en el individuo operan frenos, represiones, autocontrol, que permiten su funcionamiento normal en sociedad, dentro de cánones establecidos. El consumo de determinadas drogas o la ingesta de alcohol en cantidades importantes tienen el efecto de desarticular esos frenos, y según el estado emocional de la persona y el contexto, la falta de autocontrol puede hacer aflorar los aspectos más negativos, más salvajes del individuo, y la mayor agresividad. En ese sentido el poder puede ser en sí mismo una droga cuando se lucha desesperadamente por el mismo. Y esa lucha darse de tal forma que la persona pierde el autocontrol.

 

EC: Esto no se dio en las campañas anteriores ¿Por qué en ésta?

 

OAB: Una explicación podría ser que esta puede considerarse una elección clave, definitoria en términos históricos, tanto para el Frente Amplio como para los partidos tradicionales.

Desde hace más de cuatro décadas la izquierda ha vivido la carrera electoral con sentido de acumulación histórica y como un crecimiento constante e ininterrumpido. La llegada al poder fue sentida como “La Llegada”, con mayúscula, para quedarse, como el cambio definitivo en la ecuación política del Uruguay. El momento a partir del cual comenzaba la construcción de un nuevo país. La pérdida del gobierno, en su primera experiencia, significaría el quiebre de ese determinismo, un fracaso en términos históricos. No es fácil imaginar los impactos sobre el Frente Amplio de una derrota, sobre su gente, sobre la credibilidad en la política electoral que supondría una derrota.

 

EC: ¿Y cómo es para los partidos tradicionales?

 

OAB: Los partidos tradicionales vieron diluir su peso electoral en el país sin tentar un solo diagnóstico. Perdieron casi sin darse cuenta la mitad del apoyo ciudadano y cayeron de ser el 90% a ser el 45%. Siempre consideraron el gobierno del Uruguay por parte de los partidos tradicionales como los árboles del paisaje, que solo un fenómeno antinatural podía desdibujar. Tras la crisis de 2002, la constante disconformidad de la ciudadanía, vieron su derrota como un alivio, como un descanso, para luego del mismo retornar al poder. Máxime con el augurio de un seguro fracaso del Frente Amplio al que consideraban incapaz para gobernar, con manejo irresponsable de los dineros. El que más o el que menos se imaginaba un fin similar al de de la Rúa, con caceroleos en la calle y hasta un helicóptero partiendo de Suárez con Tabaré adentro. No ocurrió, no ha sido meramente un interludio, y se enfrentan a la posibilidad de que una derrota los deje - a los partidos tradicionales - muy golpeados; que la pérdida del poder afecte la continuidad de buena parte de estos elencos políticos.

 

EC: ¿Y esto sería la droga a que tú te referías?

 

OAB: Sí. Todo esto puede operar como la droga que quita el autocontrol a los actores de la campaña electoral. Y esta droga, en un estado paranoide de muchos actores políticos, particularmente de los que sienten que los golpea una realidad diferente a su imaginario, lleva a que se agudice la desconfianza y se vea que todo el que no está con uno está en contra de uno, y que además todo lo hace por malas razones. Esto se potencia por la constante caída del promedio del nivel de los actores políticos, a lo largo del último cuarto de siglo. Fenómeno de caída de nivel similar al ocurrido en la década previa al golpe de Estado.

 

EC: ¿Y qué otro elemento influye?

 

OAB: Se ha observado un particular encono contra las encuestas, agudizado cuando las cuatro principales encuestadoras coinciden en sus estimaciones. ¿Por qué ese encono? ¿Por qué se llega al extremo de hacer una difusión masiva de un documento falsificado? ¿Por qué figuras importantes hacen razonamientos infelices, de lo que más tarde sin duda se arrepentirán? Parecería que operan tres factores: el pensamiento mágico, la ilusión óptica y la idea de que  la gente vota a ganador.

 

EC: ¿Qué es esto del pensamiento mágico?

 

OAB: Dicho de manera operacional para el análisis, llamamos pensamiento mágico al creer que la realidad es o va a ser como uno desea. Un acto clásico de pensamiento mágico es el juego del Cinco de Oro o la Lotería, no para el que lo hace como un acto meramente lúdico, sino para el que cree que le va a tocar el pozo, y en forma mágica, de un día para otro, su vida da un vuelco. Pensamiento mágico es creer que un partido o un sector necesariamente va a obtener determinado porcentaje de votos o determinada cantidad de bancas, porque es lo que uno desea. Y pobre del que diga lo contario. Pensamiento mágico es creer que el Partido Colorado - que va a oscilar entre el 8% y el 15% - puede llegar al 30%; pensamiento mágico es creer que el Frente Amplio puede llegar al 60% de los votos; pensamiento mágico es creer que el Partido Nacional compite por sí solo de igual a igual con el Frente Amplio.

 

EC: ¿Y aquí viene lo de la ilusión óptica?

 

OAB: Exacto. Muchos en el Partido Nacional, quizás demasiados y de muy alto nivel, leyeron mal las elecciones del 28 de junio. Lo curioso es que ya habían leído mal las elecciones internas de 2004, se dieron cuenta más tarde de esa mala lectura, lo dijeron en sus análisis, e insólitamente ahora repiten el error. Es la ilusión óptica de que el resultado de las elecciones internas es el reflejo de las elecciones nacionales. Que quienes se quedaron en su casa votan exactamente igual que quienes fueron a votar. Esto lo analizamos más de una vez.

Ello, sumado a dificultades de comprensión profunda del sentido de la estadística, y de las encuestas como herramienta, y también a un adormecimiento del sentido común, los llevó a pelear contra la realidad. Y a enojarse con toda lo que mostrara o midiera la realidad, que iba en sentido contrario a su imaginario y a sus deseos.

 

EC: ¿Y esto tiene que ver con lo de voto a ganador?

 

OAB: Claro. Porque las encuestas son tan importantes, son amigas o enemigas, elogiables o execrables, si se les da una importancia decisiva. Si no, son un instrumento más. Y esa importancia existe sólo si se cree que la gente vota a ganador, solo a ganador. El 8 de mayo hicimos aquí En Perspectiva un largo análisis titulado “El profundo proceso personal de decisión del voto” que se puede leer tanto en espectador.com como en Factum Digital, www.factum.edu.uy

En esencia se dice, y esta es una síntesis demasiado apretada, que la gente vota según la identificación que logre con partidos y candidatos, en base a su cultura y sus valores, identificación que trasciende una elección. Donde lo que pesa es el hogar donde se crió (o la falta de él), el barrio, la escuela, los compañeros de trabajo, la clase social, la religión o la negación de ella, las tradiciones políticas, la visión del mundo, la ubicación en la cultura de izquierda, de derecha, de centro o de la antipolítica.

Y que los juicios sobre partidos y candidatos se elaboran en el largo tiempo, a lo largo de toda la vida de la persona y de toda la actuación política de los políticos. Estos juicios no son coyunturales ni surgen de la posición de cada uno en el ranking. Creer que la gente decide por el ganador o por lo que dice la encuesta, es no entender que la gente arriba al voto con una gran profundidad; aunque no sepa verbalizar por qué arriba al voto, es una decisión que surge muy de adentro, muy profundamente.

Pero la combinación de pensamiento mágico, ilusión óptica y simplificación de las razones que se atribuye a los votantes, contribuye mucho a este descaecimiento de la campaña electoral.


 

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
setiembre 18 - 2009