Lo que debe tener una campaña electoral en un momento de inflexión en la historia de un país
Oscar A. Bottinelli. 
Versión no corregida por el expositor

EMILIANO COTELO:
Muchos consideran que esta elección que se viene no es nada trivial porque ocurre en un momento de inflexión en el mundo que se corresponde con un momento de inflexión en la vida de nuestro país.

¿Qué debe tener una campaña electoral en un contexto como este? El politólogo Oscar A. Bottinelli, director de Factum, nos propone asumir este desafío y trazar algunos apuntes.

El título: “Lo que debe tener una campaña electoral en un momento de inflexión en la historia de un país”.


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EC – ¿Por dónde empezamos?

OSCAR A. BOTTINELLI:
No estamos hablando de esos momentos de inflexión históricos que ocurren cada varios siglos sino que estamos hablando de los movimientos que ocurren cada tantas décadas.

Uno se produce en torno al año 80, expresado en el Consenso Washington, como un documento concreto en lo que se llamó la política Reagan-Tatcher, el auge del libre mercado, del liberalismo económico extremo.

Sobre todo a partir de la crisis de setiembre de 2008 vemos un giro en sentido contrario, un retorno a los años 30; también se está viviendo una crisis de una gran magnitud –igual, menor, hay distintas tesis a nivel internacional–, y Uruguay está viviendo un impacto leve para que lo vive –por ejemplo– el país que tenemos enfrente, pero estamos en un momento altamente delicado porque el mundo está en crisis. Los momentos en que se producen estos cambios son lo que se puede llamar puntos de inflexión en la vida del país.

EC – ¿Y qué problemas plantea para una campaña?

OAB – Una campaña electoral siempre plantea estos problemas, pero en un momento de inflexión estos temas son más relevantes. Y yo marco tres cosas que luego las vamos a desgranar: primero, no es lo mismo tener ideas que tener planes; luego, no es lo mismo que las ideas y planes sean del candidato o sean del partido; y luego, la visión de corto plazo o el tener un modelo, el encarar un plan de gobierno, o un gobierno como una etapa en un modelo viable de país visto a mediano o largo plazo.

EC – Vamos al primer punto, ¿qué significa eso de que hay que tener ideas y tener planes?

OAB – Tener ideas muchas veces tiene que ver con expresar grandes deseos que gente o candidatos de distintos partidos han dicho: “yo bajaría la inflación de un viernes para un lunes”, “hay que terminar ya con la pobreza de inmediato”. Pero cuando llegan al gobierno no ocurre ni lo uno ni lo otro, esas ideas no correspondían a planes trazados que dijeran “para hacer esto se toma tal medida, en esta medida los impactos pueden ser tales, si pasa tal cosa se hace esto, si pasa tal otra se hace esto otro”. Lo que se observa es cómo esas ideas, que por supuesto corresponden a sentidos muy profundos, muy auténticos, de responsabilidad o de sensibilidad de candidatos o de partidos, luego, cuando se quieren traducir se pierde mucho tiempo de gobierno. El primer año de un gobierno se tiende a empezar a trazar planes, empezar a probar medidas y recién más adelante es cuando empiezan a tener efecto. Es decir, hay una gran pérdida de tiempo porque los gobiernos llegan sin estar preparados y tienen que aterrizar esas ideas que están más en el aire y que les falta por lo tanto la concreción.

EC – Pasemos al segundo punto que proponías: ¿qué problema se plantea entre programa de partido y programa de candidato?

OAB – Hay distintos modelos de partido. Da la sensación de que Uruguay avanza hacia un modelo norteamericano, donde el partido como tal termina delineando su verdadero programa después que elige un candidato. Cada candidato llega a una elección interna con un programa bajo el brazo -puede ser más concreto menos concreto, más aterrizado, menos aterrizado- y luego empiezan las negociaciones entre ellos.

Y esto llama la atención por dos razones. Primero, los grupos políticos y a veces los partidos como tales cuentan con institutos, fundaciones o centros para ir elaborando y discutiendo los temas, lo cual es una cosa muy moderna que hace muy eficiente a los partidos. Eso está muy desarrollado en el mundo, en Europa, en Estados Unidos. Hay toda una batería de temas, cuando un partido se acerca a una campaña electoral ya tiene masticado todo el diagnóstico, las soluciones que quiere de acuerdo a lo que son sus ideas, su visión del país y del mundo. Pero resulta que cuando llega el momento se empieza a negociar entre las partes del partido, en un partido que ha tenido una convención –el Frente Amplio tuvo un Congreso que elaboró un programa y luego dijo que había que negociar, lo cual genera dudas sobre si realmente en Uruguay existen los programas de partido–. Que uno diga “el Partido Nacional o el Partido Colorado o el Frente Amplio piensa esto” y piense esto no entre julio o agosto y octubre de 2009 sino a lo largo del tiempo, y uno, dos o tres años antes de las elecciones ya se sepa para dónde quiere ir un partido, luego sí ajustando medidas concretas de gobierno en función de una coyuntura particular que le pueda tocar al asumir.

Los programas no tienen por qué hacerse para cada elección, a veces duran 20 años. Los planes de gobierno sí se van ajustando pero son variaciones y aterrizajes de ese programa. Estas son cosas que también llevan a un momento de dudas porque resulta que lo que se lee antes del 28 de junio -por ejemplo- no es necesariamente lo que va a aparecer después del 28 de junio y hasta el 25 de octubre.

EC – Y el último punto, el tercero, ¿hacia adónde apuntas con lo del corto plazo y el modelo viable de país?

OAB – Un modelo de país quiere decir un conjunto de ideas y valores que predominan en una sociedad. Esos conjuntos y valores tienen necesariamente que ser consensuados -consensuados quiere decir que tienen el apoyo de una abrumadora mayoría del país, que todo el país sienta “mi país es esto”- para que realmente duren y no estén en cuestionamiento.

Uruguay tuvo un gran consenso con lo que muchos llaman el “modelo batllista”. No es por por “desbatllistizar” ni desvalorizar, pero, habiendo sido Batlle y Ordóñez un elemento central, ese modelo de país, que fue un modelo que encuentra sus raíces varias décadas antes y que se va implantando sobre todo en las primeras décadas del siglo XX, es un modelo que asume gran parte del Partido Colorado más allá del batllismo y buena parte también del Partido Nacional y de partidos menores. Es decir, es un modelo de sociedad basado en el igualitarismo que viene de muy lejos y se rastrea en Artigas.

Hacia 1870 el modelo arranca su diseño fuerte de promover la inmigración europea como un modelo de trabajo, como un modelo de desarrollo, como un modelo que muchos han calificado también de racista. La defensa de un Estado laico, la creación del “welfare state”, es decir del Estado de bienestar, un Estado protectivo de la persona pero también un Estado regulador, que ingresa en la economía a realizar determinados servicios básicos para garantizar o la independencia del país o determinados funcionamientos de la gente.

Es decir, un modelo político no es una utopía, no es un dibujo de cómo uno quiere que sea el mundo en lo ideal sino que es un modelo realizable, un modelo concreto sobre el cual luego sí puede haber matices -y muy importantes- en su aplicación. Eso se vio, por ejemplo, cuando vino el agotamiento del modelo en la segunda mitad de los 50, donde el triunfo del Partido Nacional significó un cambio respecto a gobiernos anteriores pero no una destrucción del modelo, un ajuste de ese modelo.

Un país avanza cuando tiene un modelo en el largo plazo, por lo menos en el mediano plazo, unas décadas por delante. En una campaña electoral se debería ver -y todavía no se está viendo- que las propuestas electorales apunten no al 2011 sino al 2020, al 2030. Eso es la construcción de un modelo de país, y en Uruguay uno ve que hay muchas ideas difusas sobre cuál debe ser ese modelo. Hay contradicciones entre el país exitoso de la primera mitad del siglo XX y distintas visiones sobre el Uruguay de la segunda mitad; a veces se habla de cosas demasiado concretas, otras veces se habla de cosas demasiado abstractas y no queda claro a dónde están apuntando las distintas fuerzas políticas en ese modelo de país, cuál es el nivel de acuerdos y cuál es el nivel de desacuerdos de las fuerzas políticas respecto al modelo de país.

Parece entonces que estos son tres elementos básicos que debe tener una campaña electoral en un momento como éste. Planes de aterrizaje y no solamente ideas, planes que comprometan a todo un partido y no solamente a un candidato -que deberían ser trazados con mucho tiempo-, y un modelo de país, no sobre cómo se va a vivir el 1º de marzo de 2010 sino a dónde se apunta en las próximas décadas con los sucesivos gobiernos y los entendimientos y desacuerdos en el sistema político.



 

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
julio 24 - 2009