En la hora del balance:
El príncipe y el outsider
Oscar A. Bottinelli. 

OSCAR A. BOTTINELLI: Esto de príncipe refiere a un concepto de ciencia política. Se aplica a las personas que reciben educación de príncipe, aquellas que por pertenecer a familias políticas, a familias de gobierno, tienen esa educación, similar a la que reciben (o recibían) los príncipes, que consiste en ir aprendiendo sobre política –prácticamente- con la mamadera. Es decir, la política se les incorpora como algo natural. No es que tengan un día una lección, sino que la aprenden al lado de los padres, de los amigos de los padres, del entorno en el que se mueven todo el tiempo...Gente que llega de esa manera con una cierta preparación distinta (o más temprana) que los que acceden desde afuera, sin antecedentes familiares.

En ese sentido Jorge Batlle parecía (como también su padre Luis Batlle) un heredero típico, con educación de príncipe, es decir, un individuo que llega al gobierno como el hombre absolutamente preparado para la función, nacido y criado dentro de eso tan difícil que es el manejo del poder.

Por otro lado, ha aparecido con la impronta de outsider, como un hombre trasgresor. Sin duda, el doctor Jorge Batlle es un gran trasgresor y se plantó frente al sistema político (sobre todo en los últimos tiempos) de cara a la opinión pública con características de hombre trasgresor, de hombre que cambia todas las pautas del sistema político. E incluso con alguna forma de manejo del poder que parecía más de un hombre llegado completamente de afuera del sistema, que de alguien acostumbrado a lo largo de toda la vida al manejo del poder.

Esto sin duda ha sido uno de los elementos importantes que han determinado su Presidencia; una Presidencia que estuvo marcada muchas veces por el afán de sorprender o de generar expectativas, de generar noticia. Batlle en general no fue el clásico líder de una fuerza política que va manejando estrategias, que se va conduciendo dentro de los límites de lo posible en la conquista de espacio-poder, sino más bien –y esto se va acentuando con los años– estuvo en una función más profética: el hombre que se plantaba como el anunciador del mundo que tendría que venir, el de los grandes cambios que tenían que producirse, el hombre de la gran revolución del liberalismo; particularmente del liberalismo económico. Esto queda reflejado además en la idea de un hombre antidemagógico, un hombre que se enfrentaba a la gente sin medir consecuencias, aún a costa de pérdidas de espacio político; lo que se reflejó en el exitoso eslogan “le canta la justa”.

En el momento de acercarse al triunfo aparece una faceta desconocida de Batlle, que es la del hombre que logra una gran popularidad. Nunca había sido un hombre de gran popularidad, de gran carisma, sino más bien un hombre de gran conducción política y grandes ideas políticas, con votos pero no con esa adhesión fervorosa que supone la acción carismática; aunque sí rodeado de un grupo de acólitos que lo admiraban como el gran pensador, como el hombre de las grandes ideas del país.

Sin embargo cuando gana las elecciones se va produciendo un gran movimiento de opinión pública en su favor que no se detiene con el triunfo del balotaje sino que sigue creciendo y asume el 1º de marzo de 2000 con un récord de popularidad; un récord de apoyo de opinión pública que quizás sólo supere –va a haber que esperar a ver qué pasa en las encuestas en el próximo mes y medio– Tabaré Vázquez, en niveles bastante similares.

Esa búsqueda de la popularidad quizás haya sido lo que le hizo perder mucho tiempo en el comienzo del gobierno, que fue ligada a otra cosa: fue un gobierno que, contra la idea que se tenía, tenía muchas más ideas de modelo de país, ideas fuerza, ideas de principios, que propiamente programas o proyectos. Un gobierno o un conjunto de dirigentes que se movían más en la discusión, en el terreno ideológico, que en el análisis y la discusión concreta de programas.

Aquí vino uno de los grandes problemas o déficit que tuvo el gobierno de Batlle, que fue la dificultad de traducir toda esa cantidad impresionante de ideas removedoras en proyectos. En general durante mucho tiempo, sobre todo en 2000-2001, las ideas no pasaron del plano discursivo.

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OAB - Decíamos que hubo una faceta durante los años 2000-2001 de un Batlle que se regodeó en la popularidad y ese regodeo se combinó con falta de proyectos concretos. Fueron mucho más las grandes ideas que los proyectos. Y por otro lado, estuvo lo que a la postre apareció como un déficit de elencos políticos: particularmente el equipo económico no apareció con la experiencia suficiente desde el momento que tuvo que domar al potro bravo del vendaval argentino.

Otra característica es el cambio que hubo de idealismo o de fuertes principios a pragmatismo y de vuelta a los principios en los cambios del equipo económico. Primero tiene un equipo liderado por Bensión, de fuerte impronta económicamente liberal más allá de que esto no se traduce –y éste aparece como uno de los grandes debes– en las reformas que sus seguidores y particularmente los seguidores de toda su vida esperaban: que fuera el gran gobierno del libre mercado y el liberalismo económico. No se tradujo en eso el período Bensión, aunque en lo discursivo apuntaba a ese lado. Luego vino el período Atchugarry, un hombre que parece más del clásico Batllismo, más del clásico Uruguay amortiguador que mediante muchos acuerdos –y acuerdos implican siempre concesiones– logró una paz política en ese año difícil que fue de mediados de 2002 a mediados de 2003, que implicó tomar la crisis en el momento más profundo y avizorar una salida. Y luego Alfie, que puede significar el retorno a las concepciones más ortodoxas del liberalismo económico de Batlle, dentro de su relativa aplicación en Uruguay.

Dentro de esto también se ve en el propio Batlle una cierta percepción de que la realidad era diferente de la concepción que tenía en el momento de iniciar el gobierno. Un punto importante tiene que ver con la relación de Uruguay con el mundo, con respecto a la cual los planteos del presidente parecían respaldados en la percepción de que Estados Unidos era el gran país del librecambio, del libre mercado, que la actitud del resto del mundo, particularmente de Uruguay, le impedía acceder a ese libre mercado con gran facilidad y que bastaba la buena voluntad para tener rápidamente un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Y la Unión Europea era el proteccionismo por excelencia, el anti libre mercado y Uruguay se había equivocado todas las veces que había apostado a la Unión Europea.

La realidad marcó que Estados Unidos tenía el mismo nivel de proteccionismo que la Unión Europea, que las reglas del mercado internacional son muy crudas, que los países pueden proclamar determinados principios pero no necesariamente aplicarlos. Y no bastó un gran acercamiento a Estados Unidos, una buena voluntad de tener un tratado de libre comercio para que éste apareciera. Realmente los logros no fueron tan espectaculares, salvo los de abrir un nicho de mercado como abrió Uruguay en Estados Unidos de manera importante.

Lo mismo pasó con el tema de las desregulaciones, el papel del mercado y el papel del Estado, con respecto al cual fue más lo que el gobierno proclamó que lo que proyectó. Es decir, no hubo solamente frenos externos, sino que el propio gobierno careció de iniciativas. Un caso claro es la reforma laboral, que fue dos veces anunciada pero en ningún momento se elaboró un proyecto de ley. Por otro lado, estaba la concepción del presidente, que consideraba que había que hacer las cosas por shock (una vez proclamó que terminaría la inflación de un viernes para un lunes), pero que luego, cuando llega al gobierno, se encuentra con que el gradualismo es no sólo una concepción de estilos, sino también una forma de análisis y posibilidad política.

 

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
enero 14 - 2005