Balance del 2002: El tiempo de la incertidumbre
Oscar A. Bottinelli. 

JOSÉ IRAZÁBAL:
El año pasado significó el cambio desde la previsibilidad a la incertidumbre. Hasta finalizar concretamente el año 2001 el dólar se había deslizado en base a una banda cuyo piso y cuyo techo se conocían con seis meses de anticipación, la inflación fue en constante descenso por una década, hasta llegar al casi irrelevante 3,5% anual. Todo eso saltó en el año que dejamos atrás. Estos cambios son el centro de este primer análisis de 2003 a cargo del politólogo Oscar A. Bottinelli, director de Factum, con el título: “El tiempo de la incertidumbre”.

Oscar, ¿por dónde comenzamos este análisis?

OSCAR A. BOTTINELLI:
En el año 2002 sin duda el hecho más impactante o la consecuencia más impactante ha sido generar lo que podemos llamar el tiempo de la incertidumbre. Sobre lo que ocurría en el país en la última década había los juicios más diversos: un tercio del país tenía una opinión optimista, positiva, consideraba que el país estaba cada vez mejor, que la gente tenía más espacio para desarrollarse; un tercio tenía una visión negativa, que consideraba que se vivía cada vez peor; y un tercio que oscilaba entre actitudes positivas y negativas. Éste fue claramente el escenario hasta 1999.

¿Qué ocurre en 2002? El escenario cambia radicalmente, cambia porque lo que tenían en común las tres posturas era tener cierta certidumbre, lo ocurría era bueno o malo, pero se sabía lo que estaba ocurriendo. En el año 2002 se produce una sucesión de acontecimientos que van generando cada vez más dudas sobre el futuro.

Vamos a repasarlos muy rápidamente. En enero ya tenemos la debacle argentina, había caído De la Rúa, había estado el interinato de Rodríguez Saá, había sido designado Duhalde, en el medio hubo dos presidentes de fin de semana, viene el fin de la convertibilidad argentina, del 1 a 1 con el dólar y la segunda ampliación de la banda cambiaria en Uruguay –se había producido en junio de 2001– que empieza a generar temores, la gente empieza a asustarse por la alta dolarización de los compromisos asumidos, no sólo a nivel empresarial sino también a nivel doméstico.

En febrero y acentuadamente en marzo comienza el retiro de los depósitos bancarios, primero del exterior y después de residentes, que culmina al terminar julio con el feriado bancario de una semana y la crisis bancaria.

En el mes de junio llega a su fin la relativa previsibilidad cambiaria, es decir esa banda amplia pero existente y adviene la liberación del dólar que generaba, independientemente de la magnitud que adquiriera la devaluación, la duda de cuánto dura cada cotización, a qué cotización final se llegaría, es decir una incertidumbre generalizada. Esto se suma a lo que supuso en cuanto a recesión en la industria, en el comercio, en los servicios, en retracción de actividad y un crecimiento fenomenal de la desocupación abierta, que al terminar el año 2002 llega a que prácticamente de cada cinco uruguayos integrante de la población económicamente activa –es decir con vocación de trabajar– uno esté totalmente desocupado. Además creció la subocupación, es decir la cantidad de personas que trabajan pero lo hacen menor cantidad de días o de horas de lo deseable o lo necesario para cada uno, y se fue produciendo una baja en los ingresos, ya sea por el salario real o por actividades independientes.

Tenemos un escenario de crisis y además de incertidumbre: ¿qué pasará con la cotización de la moneda? ¿Qué pasará con las deudas, sobre todo por el alto endeudamiento en dólares? Aun el endeudamiento en pesos es muy alto a nivel familiar, que si bien no fue directamente afectado por la devaluación, sí lo fue por el incremento de los intereses y por la baja de los ingresos, por lo tanto hay una dificultad de pago de ese endeudamiento. ¿Qué pasa con las fuentes de trabajo? ¿Qué pasa con la actividad industrial y comercial, de servicios? Todo esto generó un gran escenario de incertidumbre.

Luego vienen las reacciones de la gente frente a esa incertidumbre. Una de ellas, que corresponde obviamente a una minoría pero que impacta muy fuertemente sobre el país, es la nueva psicosis migratoria. Ya se había empezado a insinuar en 2001, quizás más en un nivel de expectativas que de realizaciones y en 2002 tiene un empuje fenomenal, con varias decenas de miles. Hay distintas cifras, hay que esperar que pasen un poco los meses para decantar un poco los datos del año 2002, pero se puede decir que todo el crecimiento neto de población del país de 2002 y quizás casi todo el de 2001 se fue con este empuje migratorio. La gente que se fue en 2002 es mucho más de lo que crece la población de Uruguay en todo un año y casi en dos años. Esto ha generado un clima psicológico adverso a tener fe en el país, a apostar en el país, se abrió un tiempo donde la previsibilidad sobre el futuro es un elemento ausente en el conjunto de la sociedad uruguaya.

Desde el punto de vista del comportamiento político de la opinión pública, si bien se ha producido importantes desplazamientos, los mismos no han sido acompañados por la generación de expectativas. La gente no considera que con un cambio de gobierno tenga certeza o una expectativa cierta. Unas son las razones que llevan a apoyar o no a un partido político u otro, a una candidatura u otra. Otras son las razones que llevan a tener expectativas, al menos en tiempos cercanos, sobre el país y lo que repercutiría en la vida cotidiana y en las expectativas de cada uno.

En este tiempo de incertidumbre también se generó una conducta curiosa en los uruguayos. Por un lado un sector numéricamente importante empieza primero a descreer en el sistema bancario, en la seguridad de los depósitos, en la confianza de que ése es un dinero que uno puede retirar en cualquier momento y no se va a perder o quedar atrapado. Por otro lado esa desconfianza se traslada –éste es un hecho singular en el país– al propio Estado, no afecta sólo a la banca privada sino que el Banco República (BROU) y el Banco Hipotecario, en especial el BROU, en una cantidad muy significativa, sufren la pérdida de confianza de los depositantes, de los ahorristas. Esto trae como consecuencia que el BROU tenga pérdidas fenomenales, a principios de mayo se dio un pico extraordinario, que se siguió dando hasta la suspensión del funcionamiento bancario y la reprogramación de todos los depósitos de los bancos oficiales. Aparece una especie de dualidad en relación a la confianza de los uruguayos en el Estado: defienden las empresas públicas, se juntan las firmas para un referendo por Ancap, pero un sector muy importante no confía en que el Estado esté verdaderamente respaldando los depósitos.

Por otro lado la crisis bancaria genera una conducta dominante de la gente, particularmente de la afectada, que es la aceptación de una reprogramación de depósitos. No hay actitudes violentas, las encuestas revelan una alta aceptación de la necesidad de llegar a la reprogramación, mayoritariamente la gente no se siente perjudicada en la medida en que el depósito tenía el fin de proporcionar una renta. Hay un segmento que sí se siente perjudicado, que es el que necesitaba retirar el dinero por distintas razones –de salud, de proyectos que quería realizar, de adquisición de alguna casa o alguna cosa–, pero mayoritariamente era dinero que producía una renta.

Otra actitud de confianza, o al menos de búsqueda de una salida, es la de los depositantes en los bancos suspendidos que voluntariamente salen a reclamar la reprogramación de sus depósitos y la capitalización de parte de esos ahorros con la finalidad de salvar los bancos. Es decir que apareció una conducta de carácter colectivo, protectiva, que de alguna manera fue la opuesta a la actitud de retiro de depósitos, una actitud individual de sálvese quien pueda.

Éste es un primer redondeo de uno de los impactos fenomenales del año 2002, sobre las conductas de los uruguayos y la generación de un formidable tiempo de incertidumbre.


 

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
enero 3 - 2003