El siglo XX
Entrevista con el politólogo Oscar A. Bottinelli. 

Hay momentos mágicos, más allá de que en los calendarios siempre tienen su relativa artificialidad los años redondos, los terminados en 10, el cambio de un siglo y ahora ni más ni menos que el cambio de milenio convoca a estas reflexiones.

En Uruguay no podemos hacer una reflexión sobre el milenio, ya que como historia conocida y documentada tenemos prácticamente tres siglos, como mucho cuatro.

El siglo XX es muy largo por la cantidad de cosas que han ocurrido. También se dice que en la historia universal ha sido uno de los siglos más cortos de la historia porque se dice que realmente comenzó con el balazo de Sarajevo en 1914 y el estallido de la Primera Guerra Mundial. Esos primeros 14 años fueron una prolongación del siglo XIX.

Del mismo modo, muchos historiadores sostienen que el siglo XX terminó con la piqueta que comenzó a derrumbar al Muro de Berlín, que ahí ya se avizora o comienza a realmente el siglo siguiente.

Si nos trasladamos a Uruguay, es probable que este siglo tan corto no vaya desde la Primera Guerra Mundial a la caída del Muro de Berlín, sino desde Masoller al balotaje. El siglo XIX termina en Uruguay con el balazo que hiere y mata, 10 días después, a Aparicio Saravia. Es el fin de las guerras civiles, el fin del país que dirime sus disensos mediante las armas, la guerra, y comienza un nuevo país con una serie de características muy diferentes. Del mismo modo es probable que como análisis político podamos simbolizar el cambio de siglo con la reforma constitucional y el balotaje, el cambio del sistema político, que ya vengamos estrenando el siglo con un año y medio o dos de antelación.

Obviamente, un balance del siglo en 20 minutos tiene que ser muy limitado. Es como cuando uno dice “hoy estudié Grecia y Roma; mañana Edad Media”; uno va saltando 500 años cada media hora, más o menos.

Lo primero es una advertencia, no puede ser una historia del siglo XX. Necesariamente va a haber omisiones, algunas no justificadas. Se van a preguntar por qué no me referí a tal cosa; no me va a dar el tiempo, seleccioné algunas sin la pretensión de decir que son las únicas importantes. Puede haber otras; son ángulos que uno toma.

JULIO VILLEGAS:
Pero hay ciertas claves principales que más o menos se ha podido seleccionar.

OAB - Exacto. Enseguida uno diría que éstas son todas las claves para interpretar el siglo, pero si alguien hace la crítica de que faltaron algunas, por supuesto, van a faltar.

Veamos cómo empieza este siglo XX que está terminando mañana. Acabamos de describir el Uruguay de comienzos de siglo: es un país que estaba saliendo de dirimir las diferencias mediante la guerra civil. Comenzó la unificación del Estado, porque en realidad en este país hacía varias décadas que era discutible si funcionaba un Estado o más de uno. Por lo menos había un territorio constituido por varios departamentos que en función de sucesivos pactos las jefaturas políticas y de Policía le correspondían al Partido Nacional, y entre fines del siglo pasado y comienzos de éste había una especie de otro poder situado en El Cordobés, la sede de la estancia de Aparicio Saravia. El Estado se nacionalizó en términos geográficos; es decir, pasó a comprender a la totalidad del territorio del país.

Fue un momento de muy fuerte transformación de la sociedad. El país comenzó el siglo XIX muy despoblado y pasó a ser un país relativamente poblado. Además, el cambio de siglo es el eje del fenomenal aluvión migratorio que cambió la población de este país. En el último tercio del siglo pasado y el primer cuarto de éste se produjo un alud migratorio europeo que llevó a que en determinado momento fuera mayoritaria la población de Montevideo nacida en Europa sobre la nacida en el territorio nacional o en América. Hoy el 60% de los uruguayos somos tributarios de ese aluvión migratorio, en general promedialmente somos nietos –2,2, nietos apuntando a bisnietos– de ese gran aluvión que entre otros fundamentos tuvo situaciones extremadamente difíciles en Europa, de hambre.

Desde el punto de vista político es la construcción de un Estado moderno. Hay un cambio muy fuerte en la sociedad, se construye una sociedad moderna. Hay un cambio muy fuerte en lo productivo, el país se va industrializando a lo largo del siglo XX, sin abandonar nunca el papel crucial de país mercantil que tuvo al puerto de Montevideo como un centro muy fuerte de su economía.

Comienza la construcción del Estado moderno. Yo decía que primero se unifica geográficamente el Estado. Luego comienza a construirse, un proceso que básicamente va de 1910 a 1925, que tiene como mojón la Constitución de 1918, que va transformando aquellos partidos políticos que estaban más acostumbrados a la lucha bélica en partidos de lucha electoral, de una lucha electoral transparente, clara, sin trampas. Se venía de la lucha bélica o de la lucha electoral poco fiable, como aquella carta del comisario, “uno contra cuatro hemos ganado en desigual lucha”. Se pasa a una elección creíble, confiable, con un sistema político que centra en el Parlamento la discusión política y en la disputa electoral toda su fe y sus energías.

Se construye un sistema complicado, Uruguay se pasó el siglo construyendo sistemas políticos complicados. Recordemos que entre 1918 y 1932 tuvimos algo que sólo existió en la Roma Antigua y algo en la Grecia, que fue tener dos órganos ejecutivos: teníamos un Consejo Nacional de Administración por un lado y un presidente de la República por otro, uno con varios ministros y el otro con tres. Después tuvimos una especie de semiparlamentarismo, con un presidente de la República con un Consejo de Ministros. Después se pasó un colegiado, con un Consejo Nacional de Gobierno, y a partir de 1967 Uruguay entró en esquemas más clásicos, después de haber sido un laboratorio de sistemas de gobierno y de ensayar originalidades no conocidas o muy poco conocidas en el mundo.

Este es el comienzo del siglo y en parte cierto desarrollo del siglo. Un país que se construyó en la modernidad, que en el siglo XIX no se diferenciaba mucho del resto de América Latina en cuanto a bandos políticos más bien basados en caudillos, muy fuertes enfrentamientos bélicos, pero en el que en el último tercio aparecen las bases para la construcción del Estado moderno, que no surge por casualidad sino que se va asentando.

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JV - ¿Qué otras apreciaciones podemos hacer en torno a este recorrido por los sucesos de este siglo que termina?

OAB - Yo diría que así como una clave fue la clave política hay una segunda clave que fue la del modelo de Estado, el modelo socioeconómico. A lo largo del siglo Uruguay construye, domina y llega al fin del siglo cuestionando el modelo de Estado benefactor, el “Welfare State”, caracterizado por varios elementos que confluyen. No necesariamente el modelo requiere de todos, pero en general se han construido los modelos –y Uruguay fue uno de los casos paradigmáticos– con tres fuertes elementos.

Por un lado la construcción de un fuerte Estado benefactor, asistencialista; se ha discutido mucho cuán fuerte ha sido, cuánto ha progresado en lo manuscrito, cuánto fue un progreso literario y cuánto un progreso real, cuántos beneficios Uruguay fue creando tempranamente en el siglo, no sólo en relación a América sino también a Europa, que realmente se tradujeron como beneficios universales. Uruguay avanzó muy rápidamente en la extensión de la jubilación y después, a mediados de los 50, uno de los temas clave fue el drama de poder jubilarse, porque el sistema no tenía financiamiento, entonces un derecho muy generoso tenía como contrapartida largos, duros y penosos años para poder acceder al mismo.

El segundo pilar de este modelo es la sustitución de importaciones: aranceles altos, o barreras arancelarias y paraarancelarias que construían una gran barrera. El país se volcaba hacia adentro, producía mucho de lo que consumía –aquí se fabricaba la totalidad de las heladeras, las cocinas–, no teníamos flujos de mercaderías importadas, era un modelo muy centrado en el consumo de lo que propiamente producía, con exportaciones muy centradas en la producción primaria del agro, básicamente carne, lana y cuero, que hasta la aparición de los lácteos y el arroz dominó la exportación agraria.

El tercer pilar es el intervencionismo estatal. El Estado benefactor por un lado y la sustitución de importaciones basado en un modelo de un Estado muy fuertemente intervencionista, muy fuertemente regulador –esto también está en discusión a fin de siglo–, que creó todo un andamiaje administrativo de contralor de todas las actividades económicas cuyo punto máximo sin duda debe haber sido la Coprin, aquella Comisión de Productividad, Precios e Ingresos del gobierno de (Jorge) Pacheco Areco, que dominaba precio por precio. Si usted quería fijar el precio de las pantuflas de color marrón, número 36, iba a la Coprin, donde le podían decir: “No, usted va aumentar no el 3% sino el 2,8%; sólo la marrón, la gris no”. Ese fue el récord del intervencionismo estatal.

En esos años de “Welfare State” fue cuando Uruguay, beneficiado por las guerras mundiales, sobre todo por la Segunda Guerra Mundial y en menor grado por la de Corea, en una Europa destruida, con Asia y Africa a punto de comenzar a salir de ser parte de imperios coloniales –la que no salía también estaba destruida por la segunda guerra mundial–, aflora de la contienda con éxito, había estado ajeno a ella y se había beneficiado económicamente. Sin duda Uruguay tiene su época de oro por esos años, época de oro que medio siglo después aparece en el imaginario quizás como mucho mejor de lo que fue. En torno a los años 50 el uruguayo ha puesto lo mítico de ese país ideal. No es casualidad que haya quedado simbolizado así, no es una mera coincidencia cronológica una palabra que en este país dice mucho: Maracaná.

Maracaná no es sólo el símbolo de un resultado y un éxito futbolístico y después el símbolo de una frustración –la no repetición de Maracaná–, sino que es también una proyección social global. Maracaná es la imagen mítica de aquel país ideal donde se suponía que el Estado protegía a todos, daba todo, donde se vivía con cierta holgura. Como pasa siempre, se requiere de análisis muy tamizados para ver qué correlación hay entre la imagen mítica y la realidad. Es probable que mucho haya sido agrandado, exagerado a partir de lo real, y que otra parte ni siquiera haya sido tan real sino que haya sido construida. Los que fueron reales son los dos goles de (Juan Alberto) Schiaffino y (Alcides Edgardo) Giggia.

Hace poco, el ministro de Cultura planteaba el análisis de cuál fue la hazaña de Maracaná, si fue que Obdulio Varela se pusiera la pelota abajo del brazo y demorara el partido o tener jugadores que en la década siguiente fueron maravillas en el mundo, que fueron los que hicieron los goles, que Uruguay presentara un mejor equipo que Brasil, y si entonces en el mito Maracaná no existe también, en el plano político y social, la idea de no estar evaluando realmente cuándo los éxitos son producto de tener las mejores condiciones y los fracasos de cuando no se las tiene o no se las construye. A veces se atribuye los éxitos a efectos de azar o de juego ingenioso, y como contrapartida los fracasos a falta de juego ingenioso. Es una relectura que en algún momento habrá que hacer.

JV - Maracaná y 1950, dos elementos clave que parecen marcar un elemento de inflexión, el comienzo de un cambio en cuanto al cuestionamiento del modelo.

OAB - Yo no diría los cuestionamientos, que son muy posteriores; yo diría los límites, empezar a ver que un poco más allá, a partir de 1950, la gente empieza a sentir una crisis, el país ya no da todo lo que venía dando. Quizás se pueda unir la frustración del Mundial de Suiza con la situación económica del año siguiente, empieza lo que se puede llamar el tobogán: el país entra en caída permanente, una caída que dura por lo menos unas tres décadas. Al final de esas tres décadas es cuando realmente empieza en forma global, desde un sector político del país, desde un segmento determinado –no solamente un partido o un grupo–, un área determinada del sistema político el cuestionamiento a estos modelos.

JV – Hay un recambio de partidos.

OAB - Lo que hay es frustración por el modelo. El modelo se frustra, y al frustrarse vienen distintas posturas. Una de ellas, que va avanzando, implica el cuestionamiento del modelo; otra es la búsqueda de sustituciones a la frustración, que lleva a Uruguay por un lado al recambio de partidos y dentro de los partidos. Es muy claro dentro del Partido Colorado que la vieja 15, el viejo Batllismo, queda desplazado por una postura mucho más autoritaria, que fue la de Pacheco, que pasa a ser mayoritaria dentro del Partido Colorado. En el Partido Nacional se da el surgimiento del Wilsonismo, que desplaza al Herrerismo, dominante a lo largo de casi todo el siglo.

Tenemos el cambio constitucional, en un país que tiene una cierta creencia en el poder mágico de las normas jurídicas, que inmediatamente soluciona el problema de la selección uruguaya redactando un nuevo reglamento –el constitucionalista (José) Korzeniak siempre dice que el uruguayo tiene una veta leguleya, entonces cuenta como anécdota un club ciclista en Rocha que se estaba fundando, no tenía ni un corredor, ni una bicicleta, ni un pedal, pero que primero quería redactar el estatuto y obtener la personería jurídica–, tenemos el cambio constitucional de 1966 que elimina el colegiado que consideraba la causa de la situación, el culpable, se busca una figura fuerte y se construye el presidente de la República más fuerte que reconoce el país desde el régimen de 1918 en adelante. Se otorgaba más poderes al Poder Ejecutivo, lo que de alguna manera se refuerza nuevamente en la reforma constitucional de 1996.

En el año 1960 empieza el descreimiento en el campo político y en las instituciones democráticas. Muy buena parte del país empieza a descreer en la democracia y empiezan distintas visiones alternativas. Groseramente se podría hablar de la necesidad de una salida militar, un golpe de Estado, un intervencionismo, un paternalismo estatal militar o cierto tutelaje militar. La otra postura es la que globalmente podríamos llamar una revolución que crea una democracia verdadera, una democracia social y no una democracia formal, etcétera. Los cambios eran por vía revolucionaria.

Esto lleva a un país donde se desploma esa democracia, ese sistema político y tenemos el período militar que dura prácticamente 12 años como interrupción constitucional pura, quizás un poco más desde que empieza la participación política de las Fuerzas Armadas hasta su retiro. Más allá de que ese régimen deja secuelas, algunas muy fuertes, que justamente se están discutiendo este año, y otras que con el tiempo se podrá evaluar. Por un lado allí comienzan algunas reformas importantes en el Estado, por ejemplo un cambio muy fuerte en el sistema de cambios, en la parte impositiva, y por otro lado cambios muy fuertes en la educación. Es cuando explota la matrícula, se multiplica por tres o cuatro el número de estudiantes universitarios, aumenta masivamente la enseñanza media. Hay quien va ubicando en los hechos de ese período el decrecimiento de los niveles de enseñanza pública en el país. O sea que hay elementos de todo ese período que a veces no se ven inmediatamente sino que se pueden ubicar con el paso del tiempo, lo que requiere un análisis mucho más prolongado.

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JV - Ya llegamos casi a nuestros días.

OAB - Llegamos al fin del siglo. Hay una cosa muy curiosa: si tomamos el siglo vemos que el período militar ofició en gran medida, desde el punto de vista del sistema político, de paréntesis luego del cual viene una restauración casi plena del sistema anterior. La verdad es que cuando uno bucea más allá de la superficie ve que hubo cambios importantes, que no fue una restauración tan automática. Para empezar, por la forma en que quedaron revalorizadas la democracia y la actividad política en el país, por la forma en que se moderó el sistema político después de aquella polarización y aquellas posturas extremadamente duras de los años 60, que dividían al país.

Empieza -y las elecciones de 1989 son sin duda un hito fundamental- el cuestionamiento del modelo que había predominado en el siglo XX. La elección de 1989 está centrada básicamente entre Lacalle y Batlle, y gana Lacalle. En realidad en términos de cifras estaban Lacalle y Batlle mano a mano con Pacheco, lo que pasa es que la imagen pública es que disputaban Lacalle y Batlle. Tanto el discurso de Lacalle como el de Batlle –el de Pacheco iba en la misma dirección, pero tuvo menos impacto– fueron removedores: era el cuestionamiento al modelo de país, de Estado intervencionista, el cuestionamiento al “Welfare State”. Era la valoración del libre juego del mercado, de la apertura de la economía. Es el gran shock ideológico que desemboca como primera gran confrontación en el referéndum de diciembre de 1992 sobre la Ley de Empresas Públicas, donde se ve con mucha fuerza la dimensión que tenía el viejo modelo en la medida en que esa ley obtuvo el apoyo de menos del 30% del país y la oposición tuvo un poco más del 70%. De alguna manera apareció como una confrontación de dos modelos simbolizada en Antel.

A comienzos de los 70 se observa, y luego es un proceso absolutamente continuo, lineal, el quiebre del bipartidismo. Los partidos tradicionales eran el 90 por ciento del país en 1966, a principio de siglo eran un poquito más todavía, y hoy son el 55 por ciento del país. Esto fue lento, continuo, paso a paso, elección tras elección. Creo que éste es uno de los cambios más formidables del sistema político. Además se da el surgimiento explosivo –en términos uruguayos, en 30 años– de la izquierda. Esa izquierda deja muchas dudas de clasificación y análisis en relación a cuánto es de izquierda en los viejos términos y cuánto tiene de nuevo, de renovador, y cuánto de depositario del anterior modelo. Cuánto la izquierda es, más que quien propone un modelo diferente, quien propone retocar, “aggiornar” el modelo que predominó en el país a lo largo del siglo XX. Quizás una de las curiosidades de la discusión final es que el cambio que sacude a la gente es lo que promueven los partidos tradicionales y la izquierda más bien obtiene su gran captación interpretando esas claves en las que el uruguayo nació y se crió en base a un país de economía cerrada, de fuerte intervencionismo y paternalismo estatal. El intervencionismo puede ser visto como un Estado que controla y pone trabas o como un Estado que protege; podrá proteger de verdad o no, pero lo que importa es que se siente la imagen de que protege. En cierto sentido, la izquierda refleja mucho el imaginario colectivo que predominó en el siglo XX.

Este siglo termina, en el plano político, con la reforma constitucional, que crea el balotaje. Este es un instrumento jurídico y lleva a lo que fue el hecho político más importante desde el punto de vista de los partidos tradicionales, que es haber hecho un pacto electoral para votar juntos en la última elección presidencial del siglo llevando al que de hecho fue un candidato común, el que ganó, que fue apoyado por el otro. El Partido Nacional empieza el siglo XX alzándose en armas contra un gobierno del Partido Colorado, contra un Batlle, y termina el siglo aliado al Partido Colorado, para llevar a la Presidencia a un Batlle. En 1903 Acevedo Díaz fue expulsado del Partido Nacional por dar –él y su grupo político– los votos decisivos para que José Batlle y Ordóñez fuera elegido presidente, y el siglo termina con el Partido Nacional dando los votos decisivos para que el cuarto Batlle sea elegido presidente de la República.

El viernes pasado analizamos el otro elemento del fin de siglo, todos los cambios y sacudones que provocó este cuarto presidente Batlle en la historia del país.

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
diciembre 29 - 2000