El presidente Batlle y las expectativas ciudadanas
Oscar A.Bottinelli

Tenemos un cambio de gobierno, y todo cambio de gobierno genera expectativas. Estas van mucho más allá de sus posibilidades reales, muchas veces. Uno lo compara con el ciclo natural de los cambios de estación. Cuando llega especialmente la primavera o el verano, el individuo espera cambios, o se hace algunas manifestaciones de buenos propósitos, por esa renovación que se produce en la naturaleza. O cuando llega fin de año y se hace todo ese rito de promesas, de lo que piensa hacer el año que viene o qué espera lograr. Esto, en forma colectiva, y quizás más acentuado, es lo que ocurre cada vez que cambia un gobierno: cambian las estaciones, se formulan nuevas expectativas, se espera la realización de lo que no se pudo hacer durante el período pasado. Si nos retrotraemos, hubo muchos cambios de gobierno con expectativas de distinta dimensión. En 1958, hace ya más de cuarenta años, hubo un cambio histórico: por primera vez la titularidad del Poder Ejecutivo pasaba del Partido Colorado al Partido Nacional. Eso generó una formidable expectativa; se había agotado la confianza en el Partido Colorado luego que el electorado había recorrido todo el espinel de fracciones -batllismo, no batllismo...- y el Partido Nacional daba una nueva esperanza. Esta se fue agotando a lo largo de ocho años y en 1966 la pérdida de expectativa se mezcló con las críticas a aquel Poder Ejecutivo colegiado, despersonalizado, en el que la gente no veía ni cara ni nombre. El retorno al presidencialismo generó también formidables expectativas. Ahora iba a haber un gobierno y eso concitaba la expectativa asociada a la elección del general Gestido. Por un lado estaba la figura de Gestido, un militar que había sido un buen administrador, particularmente en AFE. De esa expectativa Uruguay terminó en un ciclo de violencia e interrupción institucional.

Después del retorno democrático también tuvimos expectativas muy fuertes. La primera fue con la administración de Sanguinetti, no tanto por tratarse de él, sino porque era volver a la democracia y se creía que el retorno democrático solucionaría todos los problemas del país y los problemas de las personas; era una expectativa demasiado peligrosa. Después del gobierno de Sanguinetti, el triunfo de Lacalle significó la segunda vez que se cambió de partido, del Partido Colorado al Nacional, y eso trajo también expectativas muy fuertes. En cambio, cinco años atrás, el cambio de partido significó la vuelta del partido que había gobernado en el quinquenio anterior con el presidente que había gobernado en el quinquenio anterior. Por tanto, no se trataba de algo que generara esas grandes expectativas de "esto nuevo ¿qué va a ser?". Además, Sanguinetti había llegado al poder en una de las elecciones más curiosas del país, en la que prácticamente terminaron empatados los tres partidos, una elección dividida en tercios, en la que, entre el primero y el tercero no llegó a haber dos puntos porcentuales de diferencia. Y porque fue un gobierno que se encaró, no con una conducción fuerte y personalizada, sino a través de la impronta de una coalición en la que el presidente asumió un papel más bien de director de orquesta; y ello en un país en que la capacidad de entusiasmo estaba bastante menguada.

Ahora se llega a otro esquema, con un cambio de sistema. Todo este tipo de cambio supone cambiar la forma en que la gente visualiza el futuro. Además, el balotaje dio otra impronta a la elección presidencial: el que asume la Presidencia de la República tuvo a más de la mitad del país detrás. Esto no ocurrió nunca en el país en cuanto a la persona y muy pocas veces en relación al partido que ganaba. Por otra parte, es un presidente que envía señales muy fuertes en cuanto a que es un hombre que quiere producir cambios significativos: en los estilos, en los contenidos, con cierta impronta profética, y no de un administrador de gobierno, de un director de orquesta. Y todo esto genera fuertes expectativas que veremos cómo medimos y por dónde pueden estar.

 

LA CUANTIFICACION DE LAS EXPECTATIVAS

Ahora pasemos a cuantificar esas expectativas, como resultado de una encuesta de opinión pública. La pregunta es: "¿Cómo le parece que va a ser la gestión de Jorge Batlle como presidente de la República?".

Las respuestas se agrupan de esta manera: 52% sostiene que la gestión va a ser buena o muy buena, que va a ser mala o muy mala el 16%, 17% que no va a ser ni buena ni mala y, finalmente, no tiene opinión un 15%.

Estas son las respuestas de 1.170 personas de todo el país, tanto urbano como rural, y fueron recogidas el 19 y 20 de febrero, diez días antes de la asunción presidencial, sin que hubiera habido ningún estreno del gobierno.

A partir estrictamente de los números, hay una cosa que es interesante: el porcentaje de los que tienen expectativas positivas sobre la gestión de Batlle coincide exactamente con el porcentaje de quienes lo votaron para presidente en el balotaje, 52%. Esto no quiere decir que sean las mismas personas. Hay quienes votaron a Batlle y tienen pocas expectativas y hay quienes no lo votaron pero tienen una expectativa positiva. Pero lo que es importante es que coincida el número. A su vez, del 45% que votó a Vázquez, la tercera parte o un poco más tiene una expectativa negativa; 16% de ese 45% piensa que la gestión va a ser mala o muy mala, una tercera parte tiene una expectativa neutra (ni buena ni mala) y el resto no tiene opinión. Es decir: si vemos el panorama, Batlle no empieza con un 52% de expectativa favorable y el resto negativa; sino que los que lo votan tienen una expectativa favorable y, entre los que no votaron, algunos tienen una expectativa neutra, otros negativa y otros no tienen opinión.

Esto le da un arranque muy alto. Tener a más de la mitad del país con una expectativa favorable es un punto de arranque extraordinariamente bueno. Quizás acá tiene algo que ver el cambio de sistema, en el sentido de que también ese poco más de la mitad del país lo votó -en la primera o segunda vez, pero lo votaron-; está en Casa de Gobierno porque el 52% de los ciudadanos puso una papeleta con su nombre en la urna.

 

EL JUICIO AL FINAL DE LA ADMINISTRACION SANGUINETTI

Por un lado hablábamos de expectativas de la población en torno a la gestión del gobierno que acaba de instalarse. Veamos qué es lo que dice la gente sobre cómo terminó el gobierno anterior.

Aquí es muy claro que estamos comparando dos cosas distintas: por un lado medimos expectativas, esperanzas, y por el otro hechos, gestiones; objetiva o subjetivamente. ¿Cómo se mide esta gestión? Resumiendo, se trata de saber si la gente aprueba o desaprueba el desempeño de Julio María Sanguinetti como presidente de la República.

Los números son estos: aprueba la gestión de Sanguinetti el 32%; ni aprueba ni desaprueba, 24%; desaprueba, 41%; y no tiene opinión un 3%.

Como vemos, las cifras no difieren mucho de los juicios que hubo a lo largo de estos años, con oscilaciones: la desaprobación pudo estar un poco más baja o más arriba, y la aprobación también un poco más baja o más alta, pero no han variado demasiado a lo largo del quinquenio. Aquí medimos la gestión de un presidente que fue elegido con los siguientes porcentajes: Sanguinetti, como persona, obtuvo el 23% del total de votantes; el Partido Colorado, que llevó a Sanguinetti a la Presidencia, el 30%. No nos olvidemos que se trataba del sistema anterior, en el que había más de un candidato por partido.

Cerró su mandato con dos puntos más que los votos colorados (32%, el Partido Colorado, 30%); él personalmente obtuvo el 23% y su aprobación 32%, es decir que obtuvo nueve puntos más que los propios votos. Desde ese punto de vista, la gestión superó la confianza depositada en el voto para llevarlo a la Presidencia de la República. Comparando esto con la expectativa de Batlle, es muy diferente.

Batlle aparece veinte puntos por encima -en cuanto a expectativa- con relación a la aprobación de la gestión de Sanguinetti. Esto puede tener dos lecturas.

Una primera lectura es que mientras el 52% espera un buen gobierno de Batlle, un 32% considera que fue bueno el de Sanguinetti, es decir que hay veinte puntos más a favor de Batlle, y por tanto es muy claro que hay más cantidad de gente que espera un buen gobierno.

La otra lectura es hecha desde el ángulo del cambio de régimen electoral, el producto de este cambio. Ahí vemos que Sanguinetti logra una aprobación mayor que el porcentaje de quienes votaron a su partido, y mucho más de los que lo votaron a él. En cambio, Batlle logra una expectativa exactamente igual a quienes lo votaron. Lo que se ve como diferencia de régimen es que, el haber cambiado el sistema, el haber llegado al balotaje, el que el presidente de la República termine siendo elegido por más de la mitad de la población, se asocia o puede traer como resultado que el presidente no sólo asuma con más cantidad de votos, sino también con mejor expectativa.

El hecho de haber convocado a mayor cantidad de ciudadanos para su votación lleva a esas personas, aun las que con dudas o reticencias terminaron votándolo, a tener también mayor expectativa sobre ese gobierno. Desde este punto de vista, la reforma constitucional o el cambio de régimen electoral supone una mayor apoyatura social, de opinión, al gobierno, al menos en el arranque del mismo.

 

LOS PUNTOS QUE MAS EXPECTATIVAS GENERAN

Lo que tenemos medido es cuál es el nivel de expectativas, que es alto; estas expectativas pueden ser racionales o simplemente deseos, esperanzas. ¿Cómo se puede sintetizar los puntos sobre los cuáles se centran estas expectativas? Aparecen con mucha fuerza tres líneas. Una de ellas en relación a la creación de fuentes de trabajo, a la reducción de la desocupación y quizás a otra cosa que la gente asocia a la desocupación y no lo es linealmente: a poseer mayor certeza de que las fuentes de trabajo no se ponen en peligro. Es decir, que no sólo no se produzca la desocupación real sino que no tenga la incertidumbre de que ésta pueda producirse. A veces el tema desocupación es un tema real, numérico, de pérdida de fuentes de trabajo, pero también es un problema de estabilidad en el empleo. Es decir, creación de fuentes de trabajo y estabilidad en el empleo constituyen una de las áreas principales, o la principal, en cuanto a la expectativa de la población sobre el próximo gobierno.

Un segundo aspecto está relacionado con éste: la reactivación productiva (aunque uno y otro no sean causa y efecto directo, lineal). Una línea es el agro, sobre la cual hubo, en el discurso del 1° de marzo, el anuncio de un paquete concreto de medidas muy fuertes, además de ser un gobierno que claramente marcó, con muchos elementos simbólicos, un lugar preeminente para el agro en su gestión.

El otro punto es la industria. La expectativa de una reactivación industrial, que haya centros de transformación, de procesamiento, que crezcan, que se creen nuevos o que no desaparezcan los existentes. Esto, por supuesto, va unido a los dos puntos que mencionamos: reactivación productiva asociada a creación de fuentes de trabajo.

Hay una tercera línea de expectativas que se genera desde el mismo momento de la elección de Batlle, de los pasos que va dando a lo largo de diciembre, enero y febrero, del discurso del 1° de marzo y de las palabras improvisadas en el Edificio Independencia de Casa de Gobierno: un cambio en las relaciones políticas y sociales, particularmente en lo que podemos llamar, de forma muy global, gobierno-izquierda o gobierno y ámbitos donde hay peso de la izquierda. Es decir, la eliminación de la crispación entre el gobierno y la izquierda, que fue muy fuerte durante el gobierno de Sanguinetti, especialmente durante el último tramo de éste.

Ha habido en este sentido señales importantes: hacia la Universidad de la República, hacia los sindicatos, y un especial relacionamiento personal entre el presidente electo y el líder de la izquierda, el doctor Tabaré Vázquez. Aparte de esto, ha aparecido un punto muy especial que ha sido catapultado a un primer plano por el propio presidente de la República: el tema de la paz definitiva, el tema de los desaparecidos -que señalamos en el análisis del viernes- que es un camino espinosísimo por el que se introduce el presidente asumiendo un formidable compromiso, como es buscar una solución que sea aceptada por todos de forma definitiva y que selle la paz. Sin duda, acá hay centrada una expectativa muy grande.

Por último, yo diría que hay otra expectativa no explícita, que no está apareciendo en los discursos ni en las demandas de la gente, pero que es un sobreentendido: lo que tiene que ver con la inflación y la moneda. Ya la baja inflación es un dato de la realidad, asumido por la gente, como también la estabilidad monetaria; y la expectativa de que esto no cambie aparece como algo fuerte. En relación a la moneda puede que se desee que la paridad cambiaria se deslice más lenta o menos rápido. Lo que es claro es que no hay ninguna expectativa de que haya una devaluación brusca; más bien existe la esperanza de que esto no ocurra. Y, en cuanto a la inflación, es bastante claro que el no retorno a las altas inflaciones es una expectativa generalizada, no sólo en los agentes económicos sino en toda la población

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
marzo 6 - 2000