La propiedad de la victoria del 28 de noviembre y los roles confusos de los socios
Oscar A.Bottinelli

En nuestro análisis del martes planteamos las dificultades de adaptación de las dirigencias políticas al nuevo sistema. En otras palabras, cómo -por un lado ante un nueva ingeniería electoral y por otro lado ante un nuevo ranking de los partidos- gran parte de los planteos y argumentos de los dirigentes reproducen el anterior sistema. Es muy habitual oír hoy que cuando asumió el gobierno que ahora termina se hizo tal cosa o tal otra, o que en el primer gobierno de Sanguinetti se hizo tal o cual otra cosa, cuando era un sistema en que el partido más votado obtenía automáticamente la Presidencia de la República, y además cuando ese partido vencedor negociaba con el segundo.

Con este análisis pretendemos ir más allá de la anécdota, más allá de este tironeo que no termina, que parece que va camino a resolverse la semana próxima. Importa marcar que estamos en el estreno de un sistema (así como la elección de candidato único en abril fue un estreno, la primera vuelta de octubre con candidato único por partido fue otro estreno, la transición de abril a octubre marcó pautas para el futuro, el balotaje fue un estreno y marcó pautas para el futuro) cómo se utilizó el balotaje a posteriori, qué pasó con los actores que actuaron de uno u otro lado o que dejaron de participar, qué hacen en la transición de gobierno o en la composición del futuro gobierno, también va a ser una lección para el futuro y a traer consecuencias para el manejo del tema en el 2004.

Para comenzar esta segunda parte de la serie de análisis, veamos primero algunos hechos. Debemos ubicarnos al comienzo mismo de la transición, en la noche del 28 de noviembre. Esa noche hay un discurso de Lacalle que destacamos mucho en su momento, en el que aparece como un co-triunfador. Pero luego va apareciendo otra interpretación en la dirigencia colorada, que manifiesta cierta alarma ante lo que aparecería como el papel de un co-presidente. De alguna manera fue el papel que había asumido Volonté, no producto de una elección sino producto de un acuerdo entre el primer y el segundo partidos para conformar una mayoría parlamentaria. Acá ese papel se asume antes, prácticamente como de co-propietario de la victoria. Y también -se reflejó en la cobertura periodística- en torno a la negociación de colorados y blancos se manejó toda una terminología que partía del supuesto de que el gobierno era electo de la misma forma que antes, es decir que un partido había obtenido el gobierno, y que el segundo partido llamado a colaborar con el primero hacía "reclamos" al ganador, y ese ganador hacía "concesiones" al segundo.

Y a esta altura queda una interrogante. A dos meses del 28 de noviembre todavía estamos reinterpretando su resultado, que a priori pareció muy claro para todos, y sin embargo fue generando distintas lecturas en diciembre y enero, al punto de que algunos análisis publicados distribuían votos para acá o votos para allá a fin de establecer quién fue el propietario de la victoria.

¿Cómo se procesó el balotaje.? Empezamos hablando del 28 de noviembre y ahora nos vamos al 31 de octubre. Nosotros hemos insistido en que hay dos grandes caminos para abordar la campaña hacia un balotaje: la lucha abierta o la coalición electoral, el pacto, el entendimiento.

Un candidato puede dirigirse directamente a la ciudadanía y buscar el apoyo de los electores, salteándose a las dirigencias políticas para buscar el triunfo. Ese puede ser el camino decidido porque es el que prefiere el candidato, o porque no tiene otro remedio, porque no tiene con quién hacer acuerdos.

El otro camino es, teniendo la posibilidad de hacer acuerdos (o no teniéndola muy claramente, pero buscándolos hasta el final), es tratar de llegar a entendimientos con partidos o sectores políticos con los cuales llegar a lo que de hecho es una coalición en respaldo de su candidatura.

Esos son los dos caminos básicos, y tuvimos los dos en el estreno de este balotaje, el 28 de noviembre. Una fue la estrategia seguida por Vázquez, y la otra la que eligió Batlle. Vázquez tomó el camino "en solitario", en parte porque no tenía demasiado margen de negociación, y en parte porque ya venía con una pre-definición bastante fuerte del camino propio y la convocatoria directa a la ciudadanía. Batlle siguió la otra vía, la búsqueda de un acuerdo explícito con el Partido Nacional, un acuerdo del que se comenzó a hablar prácticamente al otro día de la primera vuelta de octubre y se completó una semana y media después (el miércoles), buscó reforzarlo con el apoyo individual de líderes como el caso de Juan Andrés Ramírez, e incluso de partidos de bajísima expresión electoral, como la Unión Cívica. Es decir que buscó la mayor agregatura posible de apoyos institucionales, de partidos, sectores y liderazgos políticos.

Incluso esto fue una parte del juego de las campañas electorales, ya que desde la candidatura de Batlle apareció la contraposición entre un navegante solitario frente a una coalición electoral y de gobierno; por un lado una persona, una fórmula que buscaba el apoyo popular pero ya a priori con una mayoría parlamentaria en contra en caso de triunfar, y del otro lado un andamiaje de dos partidos que sumados tenían la mayoría parlamentaria y daban el soporte a una fórmula presidencial. Ese fue uno de los elementos de búsqueda de diferenciación entre una y otra fórmula en la campaña electoral.

Ahora bien: en las encuestas de noviembre que han salido a relucir, hubo diferencias muy fuertes. En una efectuada por colegas nuestros aparecía Batlle prácticamente con todo su capital ya desde la primera encuesta posterior a la primera vuelta, prácticamente sin acumular nada en las tres semanas siguientes. En nuestra serie, en cambio, Batlle aparecía con un piso de algo más que la votación del Partido Colorado, y luego ganando adhesiones a medida que se iba desarrollando la campaña electoral. En particular, aparentemente, había incidido la resolución del Directorio del Partido Nacional pronunciándose por su candidatura; y eso aparece confirmado en una encuesta posterior que hicimos en diciembre sobre en qué momento se decidió el voto, y es muy clara la respuesta de quienes lo hicieron después del pronunciamiento del Partido Nacional, o después de que se pronuncia Ramírez, o -en el sentido contrario- después de que se pronuncia Michelini en apoyo de Vázquez.

Pero nos parece importante destacar algo cuando pretendemos analizar saliendo de la anécdota. Analizar las encuestas de noviembre es analizar qué hubiera pasado si no hubiese habido acuerdo. Es decir: saber si fue o no determinante el Partido Nacional, si Batlle hubiera ganado igual sin los votos del Partido Nacional, es qué hubiera pasado si no hubiese habido acuerdo. Pero el tema es que el acuerdo existió. Analizar cómo hubieran sido las cosas si hubieran sido de otra manera no es un método científico de análisis. A nosotros siempre nos recuerda a una obra bastante condenada de alguien que escribió "La historia de Europa si Napoleón hubiera ganado en Waterloo": a partir de ahí viene la historia - ficción; todo el siglo XIX hubiera sido distinto a cómo fue (no hubieran existido la Restauración, la República), y nadie sabe cómo hubiera sido la historia. Entonces: analizar cómo hubiera sido la elección del 28 de noviembre si el Partido Colorado no hubiera acordado con el Partido Nacional no es científicamente válido. Más allá de cuál hubiera sido el aporte real medido en votos, lo que importa es que la estrategia que define el Partido Colorado es la búsqueda del acuerdo, y el acuerdo existió.

Lo que aparece es un cambio bastante fuerte entre la presentación ante la ciudadanía, por un lado de un acuerdo de dos partidos que formaron una coalición para ganar, se suponía que en cogobierno y en un cogobierno mucho más fuerte, con una relación mucho más entramada entre los partidos que la que hubo en este último período de Sanguinetti, y por otro lado esta forma de negociación que no difiere demasiado de la forma de los tres gobiernos anteriores, como si el que ganó lo hubiera hecho solo, sin una coalición electoral previa para derrotar al que había triunfado en la primera vuelta, y estuviera buscando apoyo exclusivamente para obtener mayoría parlamentaria.

Esto, da la impresión de un desajuste entre dos tiempos políticos o dos tiempos institucionales, entre un tiempo de balotaje que lleva a los acuerdos políticos, a las coaliciones previas que abran el camino a la coalición posterior, y el viejo sistema en que el que ganaba lo hacía solo, y además le ganaba al partido cuyo apoyo iba a buscar luego (en las tres últimas elecciones, Sanguinetti salió a buscar el apoyo del Partido Nacional al que había derrotado, y Lacalle salió a buscar el apoyo del Partido Colorado, que había quedado segundo). En este proceso electoral 1999, el Partido Colorado le ganó al Partido Nacional, sí, pero sólo en octubre, cuando quedan segundo y tercero respectivamente, pero en noviembre son ambos sumados los que derrotan al Frente Amplio.

Decíamos entonces que tenemos algo como el manejo de tiempos que no son claros: como que las dirigencias políticas ven y no ven el balotaje y la nueva realidad política. No ocurre sólo del lado del Partido Colorado, sino también en la visión del Partido Nacional. Cuando Lacalle plantea que Relaciones Exteriores, Interior, Defensa, Economía, son cargos del presidente y por lo tanto no entran en la negociación, también está planteando que la negociación entre los dos partidos ya no se hace en los términos de los cogobiernos, más propios de coaliciones electorales previas, en que los dos socios discuten prácticamente todo y distribuyen entre ambos las responsabilidades de gobierno, sino más bien como parte de la lógica anterior: un partido es el que tiene el gobierno y otro es el que lo ayuda desde fuera, contribuyendo con su participación en tareas determinadas, y partiendo la base de que hay áreas que son del partido del presidente. El martes mencionábamos también la duda en el Partido Nacional sobre si integar el gabinete o apoyar al gobierno sin integrarlo. El dilema del Partido Nacional es entre correr los riesgos de pagar los costos del cogobierno y no capitalizar sus logros, o estando fuera del gobierno correr los riesgos de no capitalizar tampoco los réditos de la oposición, cuando hay una oposición tan fuerte en el Frente Amplio que hoy es nada menos que el primer partido político del Uruguay.

Lo que observamos, entonces, es que en el estreno del balotaje en Uruguay no se dio con la claridad que aparecía en noviembre, que el acuerdo entre dos partidos políticos para respaldar una candidatura presidencial, que supone de hecho una coalición electoral, era inequívocamente ya la conformación de la coalición de gobierno hacia un cogobierno, que ha sido el mecanismo clásico en países con balotaje. Esto, que en noviembre parecía claro, que en diciembre nos parecía lo obvio a todos los analistas, no se ha dado con esta claridad. Más bien se dio por un lado un entendimiento electoral, y por otro una negociación en busca de gobernabilidad, que puede dar lugar a una coalición, débil o fuerte, pero ya como dos negociaciones separadas, independientes, sin que necesariamente una sea consecuencia de la otra.

Lo que ahora queda claro, precisamente, es que una de las debilidades fundamentales del acuerdo preelectoral entre el Partido Colorado y el Partido Nacional fue esto: acordaron una pauta programática, pero no hubo una definición clara no sólo de distriubución de cargos (que no es otra cosa que distribuir áreas de responsabilidad), sino sobre los niveles de responsabilidad en una coalición de gobierno; una definición de cómo iba a ser el gobierno siguiente, y qué papeles iban a cumplir los partidos. Esto siempre está presente en los acuerdos de coaliciones electorales y de gobierno en los países con tradición de balotaje

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
f ebrero 3°- 2000