El balance político del año en Uruguay
Oscar A.Bottinelli - diálogo con Emiliano Cotelo

EMILIANO COTELO
Como parece de estilo que cuando se acerca el fin del año calendario, hemos dedicado tres programas a hacer un balance de lo ocurrido en estos 12 meses. El pasado jueves fue el balance político del año en los países del Mercosur. Y hoy el análisis el politólogo Oscar A. Bottinelli, director de Factum, nos propone hacer el balance político del año en Uruguay.

OSCAR A. BOTTINELLI:
1999 fue un año muy peculiar, electoral de punta a punta: comenzó con una campaña dirigida a las llamadas elecciones internas, o elecciones preliminares en abril, las elecciones generales en octubre, el balotaje en noviembre, y en diciembre comienzan los primeros escarceos para la formación de gobierno. Incluso, a diferencia de otros años electorales, no lo cerramos con el gabinete formado o por lo menos con el equipo económico absoluta e inequívocamente claro y actuando. Es decir que tampoco en el balance final podemos apuntar con absoluta claridad a las líneas fundamentales del gobierno siguiente, por lo menos en lo que se traduce de los hombres que la van a ejecutar.

EC - Aparte de lo electoral, ¿hubo otros temas políticos que valga la pena rescatar en este balance final?

OAB - Hay una serie de temas que vamos a dejar de lado, en la medida en que el jueves vamos a cerrar con algo más de espacio, con el balance del último lustro, donde entrarán una serie de temas como seguridad ciudadana, seguridad pública, enseñanza, dentro de lo electoral los efectos de la reforma constitucional, que más vale incluir en el balance del último período de gobierno.

Como aspectos específicos de este año, yo marcaría sólo dos (que tampoco son absolutamente ajenos a la campaña electoral). Uno, porque fue el tema con el que se inició un año muy agitado, que determinó una sorpresiva decisión del Poder Ejecutiva y que sigue sin resolverse: la licitación de contenedores del Puerto de Montevideo. Es un tema lateral, una de las tantas obras de un gobierno, pero alcanzó un extraordinario nivel de controversia pública en dos niveles: por un lado, tres grandes consorcios formados por empresas nacionales e internacionales que libraron una lucha extremadamente dura, con acusaciones muy fuertes de algunos de ellos, y por otro lado enfrentamientos y acusaciones desde el medio político respecto a la ética de administradores, directores o dirigentes políticos actuales o que ocuparon cargos anteriormente. Y en medio de este enfrentamiento se determina la anulación de la licitación al finalizar el mes de enero. El estallido de la controversia había tenido su pico en diciembre del año pasado.

Pero más allá del tema en sí mismo, importa destacar su ubicación en la campaña electoral. Y es algo en lo que el país deberá reflexionar cuando este y otros asuntos sean retomados con tranquilidad, fuera del contexto de una campaña electoral: cómo en una operación de los actores políticos, incluso de la información en los propios medios de información, estuvieron muy en juego los intereses particulares. Sin que muchos actores lo tuvieran claro, la forma en que se situaban frente al tema estaban de alguna manera sintonizando con alguno de los tres intereses en juego. Diría que fue una de las formas más explícitas en que los enfrentamientos de la actividad privada toman a los actores políticos y a la información como centro de ese juego de intereses, y determinan que casi nadie haya podido permanecer neutral. Creo que es uno de los temas que hay que analizar no sólo desde el ángulo económico en sí, sino desde la articulación de intereses públicos y privados. Y por supuesto queda el asunto de fondo, ya desde el punto de vista político, que es el hecho de que Uruguay siguió sin resolver un tema tan importante como el del Puerto de Montevideo, y muchos coinciden en que el país está perdiendo perspectivas en relación al de Buenos Aires, cuando ha pasado un año y sigue sin solución.

EC - ¿El segundo hecho político?

OAB - El segundo hecho en realidad son más de uno, y los podemos globalizar como la protesta contra la política económica o contra determinados efectos de la misma.

Podríamos decir que la que tuvo menos ruido fue la asordinada protesta de la Cámara de Industrias del Uruguay, y por otro lado la más ruidosa y contradictoria protesta del agro. Ruidosa porque se transformó en un acto formidable de movilización, que desembocó en la marcha del 13 de abril sobre Montevideo, y que a algunos recordó (sobre todo cuando se produjeron etapas posteriores que pudieron tener connotación política) a aquella Marcha sobre Montevideo que organizó Miguel Páez Formoso a principios de los años treinta, y que terminó en la conformación del Partido Agrario (diluido luego en un partido de 2.000 votos). Esta marcha sobre Montevideo, que comienza como una protesta rural y agraria, desemboca luego en un proyecto de reforma constitucional, que uno diría de connotaciones populistas antisistema, en la medida en que propone reducir el número de parlamentarios como elemento de culpabilización de la dirigencia política por la situación que está pasando el agro o el país. De alguna manera esta protesta tuvo algunos efectos ya que el gobierno propuso una serie de medidas para paliar la situación del agro (el Bono Cupón Cero, algunas iniciativas en materia impositiva y crediticia) pero, desde el punto de vista político, la protesta se fue desgranando en la medida en que careció de una conducción clara y, además, hubo dirigentes que mezclaron su participación en la protesta con actuación electoral, y otros que jugaron en esta actitud de alguna manera antisistema. Fue sin duda la protesta rural más importante del siglo o al menos de los últimos años, pero que al mismo tiempo se diluyó en contradicciones de sus promotores y de los objetivos de la propia protesta.

EC - Y pasamos ahora sí propiamente al año electoral.

OAB - Obviamente no vamos a hablar de las elecciones y de su resultado, de lo que ha hemos hablado bastante. Pero sí de sus efectos en el escenario político.

Una forma es comparar el escenario del 1º de enero y el del 31 de diciembre. una de las primeras cosas fuertes que surge es ver a los personajes en esas fechas. El Lacalle y el Batlle de una y otra punta del año son personajes de fuerza política distinta. Uno diría que en aquel momento Lacalle competía mejor que Volonté (quien ya estaba en una situación de caída, igual que Ramírez), Batlle estaba más o menos a la par con Hierro (incluso en el verano estaba detrás de Hierro). Pero aparte de las cifras uno diría que estaban en la misma categoría política de figuras presidenciables (Lacalle ya lo había sido); cuando uno manejaba liderazgos el país los ubicaba más o menos en un mismo nivel.

Hoy, sin ninguna duda, Batlle no sólo por ser el presidente electo sino ya después de las "internas" del 25 de abril pasó a ser una figura que retoma aquel nivel de primerísimo plano de liderazgo político que tuvo en otras oportunidades en el pasado, y que lo iguala dentro del Partido Colorado a Julio María Sanguinetti.

Y Lacalle queda como el número uno indiscutido en el Partido Nacional, sin ninguna otra figura en su mismo plano.

En el Encuentro Progresista - Frente Amplio no hay variaciones respecto a Tabaré Vázquez, pero sí se puede decir que después del 25 de abril fue una figura incuestionablemente más fuerte que la de enero. Entre otras cosas, si Astori podía ubicarse en el mismo plano que Vázquez como dos aspirantes a la Presidencia aunque con diferencias cantitativas de tres a uno, después de ese 25 de abril quedan en niveles diferentes: Vázquez también queda como el número uno indiscutido, y sin nadie en su mismo escalón.

Llegamos entonces a este escenario en que, parece que fuera de toda duda, Uruguay presenta a cuatro grandes figuras estelares en la política: Batlle, Sanguinetti, Lacalle y Vázquez, que suponen los cuatro liderazgos políticos del país.

Respecto a otras figuras, vemos que este año produjo cambios significativos. Alberto Volonté comenzó sí como una figura en declive, a quien ya no se veía en condiciones de competir con demasiado éxito, aunque al cierre de diciembre pasado todavía compitiendo en la carrera presidencial. El 25 de abril queda ya fuera de la competencia, y entre abril y octubre su grupo prácticamente desaparece como un sector de porte nacional significativo.

Algo parecido ocurrió con Alvaro Ramos. Si bien en enero su intención de voto era relativamente baja, y no fue demasiado diferente a la que obtuvo el 25 de abril, quedaba la expectativa: era una candidatura nueva, se generaba mucha incertidumbre sobre si no podría cuajar en un movimiento explosivo de apoyo por gente a la que las otras candidaturas no satisfacían plenamente, y con la expectativa de un gran liderazgo a partir de un grupo político con una representación parlamentaria interesante como dos bancas en el Senado y casi media docena en Diputados. Pero el 25 de abril apareció en un nivel muy bajo -inferior al de Volonté- y el grupo no sobrevive aunque en este caso por rupturas (en el caso de Volonté se puede hablar de desgrane, acá de ruptura): buena parte de Propuesta Nacional termina yendo a la conformación de Acción Comunitaria bajo el liderazgo de Julia Pou, junto con gente del propio Herrerismo. Lo que sobrevive de Propuesta, ya una en opción propia con lista al Senado encabezada por Jorge Gandini, termina obteniendo una representación electoral muy reducida.

El de Ramírez es otro caso que en enero aparecía como una figura de igual a igual con Lacalle, con posibilidad de obtener la candidatura presidencial. Pero entre enero y abril se va achicando su espacio político, pierde en una relación de uno y medio a uno, y luego le cuesta ganar espacio. Y aquí quiero hacer una puntualización que me parece necesaria. La idea que tiene la gente es que los grupos no lacallistas del Partido Nacional prácticamente no existieron en octubre y votaron extraordinariamente mal. A esa idea apunta el que de 22 diputados nacionalistas tienen dos o tres (es muy complicada la ubicación de alguno de ellos). Sin embargo, la relación en votos fue prácticamente de dos a uno. Es decir que Lacalle ganó muy claramente, sí, pero 160 mil votos que obtuvo la Alianza Nacional no es poco. Sin embargo, la traducción en bancas le fue muy desproporcionadamente negativa y el peso político de la Alianza, sobre todo por los pasos posteriores fue muy reducido, dando una imagen mucho más pequeña de lo que realmente fue. Es decir que hay una pérdida de peso subjetiva mayor que la que tuvo objetivamente. Luego, entre octubre y diciembre la Alianza no sobrevive íntegra: viene la ruptura de Ramírez de un lado, en eje con Volonté, y del otro lado Larrañaga, Carlos Julio Pereyra, Gonzalo Aguirre, lo que también achica a las figuras, los liderazgos y los espacios políticos.

Finalmente, la figura de Hierro -en la medida en que representa a un sector que ya tiene un liderazgo- estaba asociada al éxito electoral. En la medida en que no cuajó su candidatura presidencial, es una figura del nivel que representa; es quien encabezó una opción electoral de un grupo político que tiene un liderazgo claro, inequívoco, como es el de Sanguinetti.

Nos parece que en esta diferenciación de categorías, que también se traduce en diferenciaciones de estructuras partidarias, el Partido Colorado quedó claramente con dos grupos equilibrados (como lo era a principios de año), el Partido Nacional con un grupo hegemónico y una serie de grupos dispersos que buscan su espacio (no era la situación de enero, cuando aparecía con dos grupos mayores y otros dos menores pero de porte).

Son los cambios estructurales más significativos. Se podría decir que el que ha sufrido menos en sus liderazgos y en el cambio de su estructuración partidaria ha sido el Encuentro Progresista - Frente Amplio, que no tuvo demasiadas sorpresas a lo largo del año, salvo quizá el crecimiento del Movimiento de Participación Popular y de la figura de José Mujica como dato más relevante, y el menor papel de Asamblea Uruguay que el que asomaba a comienzos del año

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
diciembre 28 - 1999