Un estado cuasi bélico en la colectividad blanca
Oscar A.Bottinelli

El Partido Nacional ha registrado un significativo crecimiento en las intención de voto de la población. A lo largo de los años 95, 96, 97 y buena parte del '98 osciló en torno al 23% del total del electorado y en los últimos meses inició una fase ascendente, hasta alcanzar al cierre del año el 27% del total de la ciudadanía. Pero en el mismo momento, el nacionalismo exhibe un nivel de polarización y confrontación de extrema peligrosidad para sus intereses.

Como se ve, el Partido Nacional tiene un nivel de votación que debemos comparar con el de las elecciones de 1994. Y esta fase ascendente lo deja bien situado, le da un repunte, pero también lo ubica dos puntos por debajo de aquel resultado, aunque todavía hay aproximadamente una décima parte de la población que no tiene una inclinación electoral; por lo cual la proyección de esos indecisos podría llevar a que el Partido Nacional llegara al mismo resultado si hoy hubiera elecciones (no estamos hablando de qué pasaría con el voto en abril ni en octubre, sino en la hipótesis de elecciones hoy).

Ahora bien: en esta fase ascendente se contrapone la mayor captación de votos a la existencia de un clima extremadamente duro en la confrontación interna del Partido Nacional. Pero además con un cambio de escenario que ha sido muy claro y muy notorio: el Partido Nacional tiene, a lo largo de los casi cuatro años anteriores (aproximadamente los últimos tres años y medio)un escenario fluido que desde principios o mediados de 1997 apaprece como de competencia triangular, de tercios, con Alberto Volonté situado en primer lugar, y Juan Andrés Ramírez y Luis Alberto Lacalle en segundo lugar, muy cerca del primero. Este escenario cambia fuertemente a mediados del año pasado (el crack comienza a producirse entre agosto y setiembre): por un lado, por un crecimiento electoral de Ramírez basado en gran medida en la realización de alianzas: entre marzo y mayo con Jorge Larrañaga y Nueva Fuerza Nacional, el llamado Grupo de los Intendentes, que le da el primer salto, y luego el acuerdo con el Movimiento Nacional de Rocha que le permite ya desnivelar y situarse durante un buen tiempo en el primer lugar. En cuanto a Lacalle, a partir de setiembre inicia un crecimiento que muchas veces hemos llamado sistemático o "por goteo", que finalmente lo ubica en primer lugar (cierra el año delante de Ramírez). Además se produce una muy fuerte caída de Volonté, en gran medida por la ruptura de Manos a la Obra, la escisión de Propuesta Nacional que levanta la candidatura presidencial de Alvaro Ramos; pero la suma actual de Volonté y Ramos da menos que el porcentaje obtenido por Volonté en agosto, es decir, hay pérdida neta que se ha trasladado a los otros candidatos.

Esta pasaje de un escenario de tres tercios a una competencia polarizada entre dos candidatos presentan una situación peligrosa, al menos en cuanto al riesgo de transformarse en una confrontación dura. Depende de la forma en que se maneje. El Partido Nacional tiene una tradición de enfrentamientos de extrema dureza que reaparece cada tanto, y que en el algunas oportunidades lo ha llevado a la pérdida del gobierno (no a la pérdida de votos pero sí a una división de votos que lo costó el triunfo electoral), y que no ha sido fácilmente solucionable. La historia moderna registra básicamente dos grandes períodos trumáticos: en los años 20, la ruptura entre el grueso del Partido y el Radicalismo Blanco, aquel grupo liderado por Lorenzo Carnelli, que es expulsado del Partido y termina votando con el lema Partido Blanco o con el lema Radicalismo Blanco; en 1926 los votos blancos eran más que los colorados, pero la división en dos lemas le hizo perder la Presidencia de la República a Luis Alberto de Herrera, Presidencia que obtuvo Campisteguy. Posteriormente, desde los años 30 hasta 1958, el Partido Nacional apareció dividido en dos o tres lemas, básicamente el Herrerismo por un lado, que tenía la titularidad del lema Partido Nacional, y por otro lado el Nacionalismo Independiente.

Los efectos de las confrontaciones traumáticas han quedado muy hondamente grabados en el sentimiento blanco. Sin embargo, el Partido Nacional exhibe cada tanto dificultades para absorber las disidencias.

Ingresemos ahora a la situación actual. En primer lugar, esta polarización se puede expresar en dos tiempos. El primero puede o no tener efectos hacia abril, y no necesariamente tendría por qué tenerlos, ya que el grado de confrontación podría llevar a obtener adhesiones a uno u otro de los tres o cuatro candidatos que están compitiendo con distintas posibilidades, y de esa manera no restarle votos al partido. El tema es que el nuevo sistema electoral trae como elemento central el hecho de que la confrontación, la competencia interna de un partido que se da hasta el 25 de abril, termina con el resultado de que ese partido tiene un candidato único. Y es interesante ver los tiempos: ese candidato único puede surgir en la noche del 25 de abril, si al cierre de las urnas uno de los candidatos obtiene la mayoría absoluta de los votos de su partido, o el 40% de los votods de ese partido más diez puntos de diferencia con el segundo. Si esto no se da, parece ser una de las mayores posibilidades que ocurra en el Partido Nacional, la candidatura se define en la Convención. Esta Convención es electa el mismo 25 de abril; la Corte Electoral debe efectuar el escrutinio de los votos, proclamar el resultado, luego debe ser instalada… Entrar en funciones le lleva un tiempo, y tiene el 30 de junio como plazo máximo para elegir al candidato. De modo que el candidato puede no ser electo el 25 de abril, de pronto puede demorarse todo mayo y todo junio, y cuanto más tarde un partido en elegir a su candidato más ventajas da a los otros. Esa es la primera consecuencia importante de la facilidad que tenga un partido para resolver rápidamente la candidatura y la fórmula presidencial. El partido que lo tenga resuelto en la noche del 25 de abril, con el mayor acuerdo posible, inicia una campaña electoral hacia el 31 de octubre con mayor comodidad, mayor ventaja y mayor tiempo. Un partido que tenga dificultades para definirlo inicia la campaña en desventaja.

Pero aquí aparece el elemento crucial: una vez elegido el candidato, sea en la noche del 25 de abril o sea a través de la Convención a lo largo de mayo o junio, será un candidato que representará a todo el partido. Por lo tanto, deberá producirse el traslado de votos de un precandidato hacia otro: según quienes encabezan hoy la intención de voto en el Partido Nacional, se precisa que, de triunfar Ramírez, todos los seguidores de Lacalle digan: "Mi candidato es Ramírez, yo lo voto a él", y lo mismo en caso inverso, si triunfa Lacalle, los seguidores de Ramírez digan: "Mi candidato es Lacalle, yo voto a Lacalle". El tema es qué grado de transmisibilidad se da en esta situación. Lo que estamos observando en los análisis de opinión pública es que el Partido Colorado y el Encuentro Progresista-Frente Amplio tienen muy pocas dificultades (aunque siempre hay alguna pérdida, compensada por ganancias de otro lado) de que el candidato único absorba buena parte, la casi totalidad de quienes voten por esos partidos en abril. Pero el Partido Nacional es el que está ofreciendo las mayores dificultades. En todos los casos hay pérdidas, en algunos casos mayores y en otros menores, dependiendo de los candidatos y de la evolución de la situación, pero una de las cosas que dificulta es que el Partido Nacional ha ido trasladando la discusión desde un eje político a ejes éticos, y la discusión sobre ejes éticos hace que después sea mucho más difícil la transacción y el acuerdo. El riesgo que corre el Partido Nacional, entonces, no es tanto de hoy a abril, sino de administración del resultado del 25 de abril: la forma en que termine desempeñándose la campaña electoral hacia las elecciones internas va a condicionar -y mucho- cómo quede posicionado el Partido desde el 26 de abril hasta el 31 de octubre.

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
enero 21 - 1999