Los desafíos y los límites de la coalición
Oscar A. Bottinelli

Uruguay está viviendo una coalición de gobierno que por un lado es inédita y por otro lado está en el contexto de un país de entendimientos desde larga data. Uno podría decir que la cultura de entendimiento del país puede rastrearse hasta "el abrazo del Monzón", entre Lavalleja y Rivera, en 1825, pero ya más modernamente, en medio de un país muy duro, de mucha violencia, de grandes enfrentamientos e intolerancias, desde hace mucho más de un siglo, se da en el país la permanente búsqueda de la transacción, del acuerdo, del entendimiento entre las grandes fuerzas o los grandes mandos rivales.

Ya modernamente, en el siglo XX tenemos una figura que tuvo muchísima fuerza a lo largo de casi todo el siglo, que es la coparticipación. Esta puede verse de dos maneras: como una forma de ejercicio del gobierno y la administración en que el partido gobernante no es un partido que asume en plenitud y totalmente todas las funciones de gobierno y que el partido segundo queda totalmente excluido de las decisiones del país y de las decisiones de gobierno. Esto no es lo común en el mundo; basta mirar hacia Argentina y ver cómo la oposición que en este momento tiene mayoría en el Parlamento -las distintas oposiciones sumadas son mayoría en el Parlamento-, y aún así no tiene diálogo, no tiene contacto con el gobierno, con el presidente de la República, con el gabinete, y hace sentir su presencia a través de una especie de ejercicio de fuerza parlamentaria y legislativa.

En el caso uruguayo hay dos caminos. Un primer camino se instituyó muy tempranamente en el país, y es marcar que una cosa son los actos de gobierno ordinarios, las leyes normales del país -los actos de gobierno los dicta el Poder Ejecutivo, las leyes ordinarias una mayoría parlamentaria-, y otra cosa son las leyes que pueden considerarse de carácter esencial, fundamental, que hacen a pactos políticos, a garantías, a extender el campo de ejercicio de la administración. Todas ellas, en Uruguay, requieren dos tercios de votos de cada cámara, lo que le da al partido de gobierno un límite y al partido principal de oposición una muy fuerte incidencia. Las reformas constitucionales que se hagan por vía parlamentaria, aunque desemboquen en plebiscito, también requieren dos tercios de cada cámara.

Coparticipación también ha sido la inclusión de la oposición, por ejemplo en la dirección de los entes autónomos. También se le llamó coparticipación a una experiencia muy peculiar que hubo en Uruguay entre 1934 y 1942, que fue la presencia del principal partido de oposición en el gabinete. Fue una experiencia inédita y muy difícil de repetir, porque ya no se puede hacer oposición cuando uno tiene carteras a su cargo.

Tenemos varias cosas. Una es lo que podrían ser entendimientos de Estado, en las grandes cosas que requieren grandes acuerdos o leyes con mayorías especiales, pero que permiten mantener las diferencias en el plano del gobierno. El hecho de que la oposición y el gobierno acuerden determinados caminos no necesariamente implica que acuerden en cuanto al gobierno.

Un paso más hacia esto fue la gobernabilidad. Con esta palabra se llamó a la actitud esencialmente del Partido Nacional hacia el gobierno colorado en la primera administración Sanguinetti, que estaba fundamentada básicamente en la necesidad de asentar un tránsito de re-institucionalización del país, de revalorizar el funcionamiento de las instituciones democráticas. Con esta gobernabilidad el Frente Amplio tuvo una actitud un poco más distante, que fue la concertación, que implicaba que en grandes temas el Frente se sentía consultado, daba su opinión y buscaba entendimientos. Se buscó que la política exterior fuera una política de Estado concertada entre todos los partidos.

Una prolongación de la gobernabilidad fue la coincidencia que hubo en el período pasado. ¿Cuáles son los límites y las diferencias entre esto y el fenómeno actual? En primer lugar, en la gobernabilidad aparece un partido político inequívocamente gobernando (en el período anterior gobernó el Partido Nacional o el presidente Lacalle, en el otro el Partido Colorado o el presidente Sanguinetti). En segundo lugar, el principal partido opositor o el que participa en la experiencia de gobernabilidad o de coincidencia, colabora, es un partido que no se compromete plenamente, que generalmente no lleva figuras políticas y si las lleva busca que no sean de un nivel total en esta gobernabilidad o en esta coincidencia. Y no deja de considerarse un partido ajeno al gobierno y opositor.

La coalición pura, a la europea, es otra cosa; implica partidos políticos que independientemente de que uno de ellos tenga inequívocamente una responsabilidad porque obtuvo la Presidencia de la República, todos los miembros de esta coalición son partidos que se sienten plenamente miembros del gobierno, todos son responsables de lo que hace el gobierno y todos son beneficiarios de los beneficios que obtenga el gobierno. Los éxitos y los fracasos son para todos; uno no es partido de gobierno y el otro no es partido de oposición. A esto se le ha llamado coalición a la europea, que tuvo una experiencia en Uruguay entre el 43 y el 47, pero no tan plena como ésta en cuanto a que aquí están ambos partidos tradicionales en la integridad de los mismos, mientras que en aquel período fue el Partido Colorado con una fracción blanca, el Nacionalismo Independiente. Es verdad que hoy los partidos tradicionales sumados representan el 63% del país y aquella coalición representaba casi el 70%.

Veamos ahora algunas pinceladas sobre la actual coalición. En primer lugar tenemos que en la formación de la coalición no ha habido de parte de todos los actores -particularmente del Partido Nacional- la misma definición de coalición. Básicamente podemos verlo en Volonté y Lacalle o Manos a la Obra y el Herrerismo. Para Volonté fue o es una coalición a la europea, en la que ambas partes son copartícipes del gobierno con las mismas responsabilidades. Lacalle siempre se sintió tratando de marcar esto no tanto como una coalición sino más como una gobernabilidad, y siempre habló de su partido, de su sector, como de la oposición, lo que estaba marcando una distancia.

El otro tema es que este posicionamiento también implica ver de manera distinta el juego de tres partidos que hay en Uruguay. El sentirse oposición que colabora con el gobierno es más propio de un juego de dos partidos o de un tercero que está muy distante y que no aparece como beneficiario de los fracasos del gobierno. Más bien se ve como que hay dos partidos, uno de los cuales es el gobierno y otro el opositor. El juego de tres partidos limita mucho la acción en cuanto a la posibilidad de ese socio del gobierno, porque o es socio del gobierno o es parte de la oposición. El juego dual puede dejarlo en la situación de que ni obtenga los beneficios del gobierno ni los de quienes se sienten frustrados. Acá hay una diferencia muy fuerte entre el posicionamiento respecto a ser cogobierno o ser oposición. Esto también puede pasar por lo que se llamaba "familias ideológicas"; por un lado un par de partidos que sienten que tienen un modelo de país diferenciado al del tercer partido, o quienes consideran que en Uruguay sigue primando y siendo sustancial la división histórica blanco-colorado, que impide acercamientos tan fuertes como lo supondría la coalición.

¿Cuáles son los desafíos que están planteados hoy y para el próximo gobierno? El primero de todos es cuánto dura una coalición de gobierno. Esta no está llegando en plenitud, con socios totalmente comprometidos a los tres años, y éste es un tema sobre el que va a haber que reflexionar más adelante, porque o hay experiencia de gobernabilidad como en el período pasado o hay coaliciones cuya estabilidad implique una duración mayor a la mitad del período de gobierno. Porque, si no, lo que está ocurriendo -además de ocurrir por el lanzamiento de la campaña electoral- es un acortamiento muy fuerte de lo que podemos llamar el tiempo útil de gobierno.

Publicado en radio El Espectador - programa En Perspectiva - espacio Análisis Político
diciembre 4 - 1997