Y Tabaré irrumpió en escena

Oscar A. Bottinelli 

 

Como actor político Tabaré Vázquez cuenta con dos grandes virtudes. Una es su capacidad de mando, el ejercicio de la autoridad, que muchas veces irrita en tanto puede sentirse como arbitrario y autoritario, pero que es sin duda muy funcional y trasmite seguridad. La otra es el manejo del tiempo, en particular su capacidad para salir y entrar de escena. Cuando decide hacer mutis, no hay nada que lo saque del silencio y la ausencia; cuando decide entrar a escena, no hay nada que atenúe el foco de los reflectores.

Si bien al abandonar el sillón presidencial logró los más altos índices de popularidad, su liderazgo y su peso político atrás aparecían seriamente cuestionados ante la figura ascendente de José Mujica Cordano y el considerable peso electoral y movilizatorio de la entonces convergencia entre el Espacio 609 y La 1001. Es necesario tener como punto de partida que ocurre con frecuencia que al cabo de cinco años un estilo que al principio provoca atracción al final pasa a generar cansancio. En materia presidencial, desde la restauración institucional hasta ahora, todos los presidentes han sido sucedidos por alguien de estilo diferente y hasta opuesto; se dio en todos los gobiernos y el estilo Vázquez no fue ajeno a ello.

Un año atrás las comparaciones inclinaban la balanza hacia su sucesor: La estética desprolija de Mujica frente a una estética extremadamente cuidada de Vázquez, lo que permitía la contraposición del valor de lo auténtico al de lo producido. El estilo de vida ascético (y antimaterialista) del nuevo presidente y su esposa – chacra, vestimenta y automóvil particular incluidos – versus el viejo presidente y su familia como figuras de prolífica y exitosa incursión en los negocios. El estilo dialoguista de Mujica frente al estilo confrontador y autoritario de Vázquez, el deslumbramiento por lo primero y el cansancio por lo segundo. A ello cabe agregar que Mujica con Astori al lado aseguraban la más absoluta certeza en materia económica, financiera y tributaria, como se comprometieron reiteradamente desde el Radisson (agosto 2009) hasta el Conrad (febrero 2010); pero el nuevo presidente exhibía además la capacidad y la voluntad de enfrentar los intereses corporativos y, a partir de ello, dar un impulso decisivo a la reforma del Estado.

El gobierno comenzó con una impronta fundacional, una actitud rupturista respecto al gobierno anterior en la mayoría de las áreas, el cambio de decisiones tomadas por la administración Vázquez (desde el cuidado de los jardines de Anchorena hasta temas de Estado) y finalmente los tres embates desinados a enmendarle la plana al anterior presidente. El primero fue el levantamiento del veto a Kirchner para su designación como secretario general de Unasur, ante lo cual Vázquez reaccionó con un escueto “respeto la decisión del presidente” y anotó el asunto en el libro de cuentas a cobrar (en realidad la muerte de Kirchner saldó el tema de manera cómoda para el actual mandatario). En el segundo, el tabaquismo, Vázquez le dobló la mano al presidente, impidió un giro de 180 grados y, a contrario sensu, lo obligó a endurecer al menos el discurso. En el último, la norma digital, el anterior mandatario optó por la comodidad de apoyar la medida y no darse por enterado del desconocimiento a su decisión.

Ocurre que en estos casi doce meses, la figura del actual presidente se debilitó y exhibe una línea de constante caída en su aprobación (que igualmente es buena); más fuerte es la caída de la imagen del gobierno, pero resulta francamente alarmante el nivel de intención de voto al Frente Amplio, que al cierre del año registra el magro 42%. Las certezas dadas se desvanecieron, todo se debate en público, se anuncian cambios trascendentes en lo económico, lo financiero y lo tributario, los planes no aparecen y se descubrió que cuando habla el presidente expresa los deseos y ensoñaciones de un hombre al final de su vida, pero nada tiene que ver con anuncios de un gobernante.

En el Frente Amplio estallaron, reprimidas durante los cinco años del gobierno anterior, fuertes diferencias ideológicas entre al menos dos grandes vectores. De un lado una concepción socialdemócrata tendiente a un capitalismo bien gestionado, afianzador del welfare state y promotor de una sociedad más equilibrada y distributiva. Del otro, una concepción de tinte revolucionario, cuestionadora del capitalismo, que apuesta a sentar las bases de un cambio fundamental de modelo. Junto a las diferencias ideológicas comenzó la danza de nombres para la candidatura presidencial, algo así como nueve nombres en conjunto,  pertenecientes al MPP como tal, al mujiquismo no MPP, al astorismo, al post-astorismo y a los socialistas. Mucho de los cuestionamientos personales o conceptuales tuvieron más que ver con frenar carreras presidenciales que con los temas de fondo, o al menos esa búsqueda de frenos electorales sirvió para desatar o potenciar cuestionamientos de fondo.

Don Tabaré reaparece de sorpresa y en el momento oportuno. Con ello finiquita la pugna presidencial, apuntala al equipo económico y el rumbo económico, a la vez que apuntala al gobierno. Pero se erige fuera de toda duda en el líder incuestionado del Frente Amplio y pasa el mensaje que Mujica se fortalece porque cuenta con el apoyo de Vázquez. Dicho de otra manera, no hay más espacio para disputar el liderazgo, ni enmendar la plana, ni desconocer al presidente saliente que ahora sí pasa a tener la calidad de futuro presidente (para los que consideran inexorable su triunfo) o como mínimo la calidad de carta única del Frente Amplio en su pelea por retener el gobierno.

Añadió el nombre del vicepresidente, con el objetivo de mitigar el combate por la candidatura vicepresidencial, con el inconveniente de dejar expuesto a Raúl Fernando Sendic, que de ahora en más encontrará delante suyo piedras de todos los colores y todos los tamaños a ver cuándo y cómo cae, para dejar el paso a los demás corredores.

 

Publicado en diario El Observador
febrero 13  - 2011