El alerta del voto en blanco
Oscar A. Bottinelli

Toda democracia liberal, pluripartidista, con elecciones libres y competitivas, es decir toda poliarquía, requiere de un sistema político sólido, basado en partidos con fuerte adhesión y legitimización de la ciudadanía y en actores políticos también con significativo respaldo y credibilidad de la gente. Uno de los elementos altamente corrosivo de la solidez democrática es la actitud refractaria de los electores, que se expresa en el voto en blanco, el voto deliberadamente nulo o la abstención. En las pasadas elecciones departamentales del 9 de mayo de este año, uno de cada nueve electores radicados en el país tuvo una actitud refractaria adicional a la normal.

El voto en blanco total, el voto en blanco parcial, el voto nulo y la abstención se incrementó en relación a las elecciones nacionales de octubre de 2009 en 256.490 personas, que representa el 11,1% del total del electorado residente en el país, que a esa fecha se puede estimar en 2.309.305 personas. A su vez, en las elecciones nacionales la actitud refractaria alcanzó a 64.188 personas, que equivalió al 2,8% del electorado del momento. La suma de ambas magnitudes arroja un área refractaria de 320.678 individuos, equivalente al 13,9% del electorado residente. En total, pues, votó en blanco (total o parcialmente), nulo o se abstuvo una de cada siete personas.

Con anterioridad a mayo, las encuestas de intención de voto en la hipótesis de elecciones nacionales, mantenían el bajo nivel refractario del orden del 2% al 3% del universo. Sin embargo, luego del detonante de mayo, se produjo una estampida de los ciudadanos hacia la actitud refractaria, al punto que la última Encuesta Nacional Factum correspondiente al mes de noviembre contabiliza un 10% de ciudadanos que, en la hipótesis de realización de elecciones el próximo domingo, votarían en blanco o anulado. Esta cifra es diferente y adicional a quienes no saben o no contestan qué votarían; este 10% lo constituyen personas que no ocultan el voto y que sabe lo que votarían: a ninguno.

En mayo los partidos políticos en conjunto perdieron más de un cuarto millón de votos: la izquierda retrocedió 168 mil votos (167 mil el FA y mil AP), los partidos tradicionales 45 mil (el PC perdió 60 mil, de los cuales el PN recogió 15 mil) y el PI perdió 39 mil. En buen romance, nadie ganó y todos perdieron. Unas cuantas celebraciones fueron producto de festejar que al otro le fue peor, aunque a uno le haya ido mal, lo cual desde el punto de vista estratégico del país y de la democracia significa una importante miopía. Hay una actitud reticente de los dirigentes de todos los partidos a percibir los riesgos, como la actitud triunfalista que todavía hoy se observa en buena parte de la dirigencia frenteamplista por haber retenido la mayoría parlamentaria, sin preocuparse de la pérdida de 20 mil votos contantes y sonantes y la no ganancia de 33 mil (por el incremento del total de votantes), lo que arroja un balance negativo de 53 mil votos. Demasiada pérdida para tanto triunfalismo.

Otro dato de peso es que hay vasos comunicantes fluidos entre el electorado nacionalista y el electorado colorado, que permite que el descontento hacia un lado se canalice hacia el otro, o por la positiva, la mayor atracción de una propuesta extraiga votos del otro partido tradicional. El electorado del país en su conjunto percibe que hay un área política representada por el Frente Amplio y otra área política que son los partidos tradicionales en conjunto, que no es un área anti-frenteamplista ni anti-izquierdista, sino un área que contiene elementos comunes sustantivos en cuanto a valores de la sociedad. Pero aparece un muro de piedra, infranqueable, entre el área tradicional y el área frenteamplista, que lleva a que los desilusionados de cada área se refugien en la actitud refractaria. El razonamiento parece ser: a los otros ya los vengo rechazando y no hay nada que lo cambie, ahora rechazo a los míos, de donde no tengo otro camino que irme a las cuchillas (o al sótano).

Esa actitud refractaria tiene una potencialidad de bajar al 6%, con la convocatoria que pueden provocar en los refractarios las principales figuras, especialmente los nombres de Tabaré Vázquez y de Pedro Bordaberry, y con menor impacto en ese segmento las de Luis Alberto Lacalle y Jorge Larrañaga. Aún así, para la tradición uruguaya, si se bajase el voto en blanco y nulo al cinco o seis por ciento, sería llegar a una duplicación de la conducta refractaria. El tema va más allá de si algún dirigente está desgastado o no, o si cada uno tiene o no mucho impacto, porque el agotamiento de la confiabilidad en las conducciones políticas es el producto de la acumulación de descontentos en el largo tiempo.

Dentro de ese descontento es particularmente elevado el de las capas medias, basamento central en la construcción de la sociedad uruguaya integrada, tolerante e igualitaria, en ese largo proceso que va desde el proyecto de educación popular de José Pedro Varela hasta algún punto en las postrimerías del siglo XX. Ha caído de manera extraordinaria la calidad de la educación escolar, media y superior, tanto pública como privada, y a nivel escolar y medio, mucho más todavía la pública que la privada. Pero además, en medio de la gran bonanza económica, el país ofrece falencias estructurales que son producto de una prolongada acumulación negativa que atraviesa todos los gobiernos y que no aparecen a la vista propuestas de solución estratégicas, como el de la pobreza. Lo que se ha reducido sustancialmente es la pobreza medida en ingreso de los hogares, pero no en calidad de vida. Porque la calidad de vida depende de la infraestructura habitacional y de los servicios conexos, de la vivienda propiamente dicha, el barrio, el pavimento, las veredas, el saneamiento, el agua potable. Y la cantidad de gente que vive en asentamientos no ha bajado.

 
Publicado en diario El Observador
diciembre 12 - 2010