Entre Sudamérica e Iberoamérica
Oscar A. Bottinelli

El Parlamento acaba de ratificar el tratado constitutivo de UNASUR lo que se considera un paso hacia la integración regional, acorde la reorganización política del mundo en un proceso que lleva ya seis décadas y apunta a la conformación de grandes bloques de naciones, en lo que es pionera la Unión Europea. Cuando se producen determinados procesos en la historia, como en el caso europeo, al cabo del tiempo tienden a verse como inevitables. Eso pasa con la existencia de los estados, con sus límites, con su conformación y hasta con sus alianzas.

Sin embargo, no siempre las cosas son ni obvias ni inevitables. Si hay un caso en el mundo de la falta de obviedad histórica de su destino es la existencia de la República Oriental del Uruguay como entidad política independiente: es un conjunto de accidentes políticos y de contradicciones de la “raison d’Etat” de varios países lo que lleva a la creación de un estado independiente en el territorio de la Banda Oriental. Conviene precisar: resulta bastante claro que los pobladores de la Banda Oriental por diversos motivos desarrollaron tempranamente una identidad propia, diferenciada de sus vecinos; pero hasta 1828 no existió una sola idea, una sola propuesta, de constituir un estado independiente en el territorio oriental. Por lo que se luchó fue autonomía o federalismo.

La conformación de bloques de naciones tampoco es el producto de procesos obvios e inevitables. Es el producto de específicos procesos de construcción en determinados periodos, en función de objetivos definidos en los respectivos tiempos. Lo que a esta altura parece aceptado en el reordenamiento del mundo es: Uno, que con mayor o menor velocidad se va hacia la conformación de grandes bloques de estados. Dos, que en general esos bloques tienden a buscar continuidad geográfica o al menos armonía geográfica.

Son muchos los países que pueden tener diferentes opciones en la conformación de bloques, muchas de las cuales solo permanecerán abiertas mientras otros de las mismas características también dejen las opciones abiertas. Entonces, para hablar de la conformación de un bloque regional, interesa mucho el saber de qué región se está hablando. Y además para qué. No es lo mismo un proceso que se fije como límite de la integración una zona de libre comercio, que en el otro extremo el que considere que las asociaciones comerciales son un primer paso camino hacia una asociación política, o más explícitamente de algún tipo de confederación de estados de nuevo cuño, como lo ensaya la Unión Europea. Este es un punto de previo y especial pronunciamiento.

Lo claro es que un proceso de unión económica y más aún de unión política, es exclusivo y excluyente de cualquier otro proceso. Se pueden tener tratados de libre comercio por doquier, pero solo puede haber una sola asociación política.

En un principio, los países iberoamericanos del Sur caminaron hacia dos proyectos diferentes y complementarios: por un lado la asociación andina y por otro la asociación del Sur. Del lado del Sur, el proyecto Mercosur como objetivo político estratégico parece agotado; lo que sí revive es un Mercosur restringido al proyecto comercial o económico. Entonces, en términos políticos, ¿Unasur es un proyecto adicional a la Comunidad Andina y al Mercosur o es la matriz hacia donde ambos deben converger? Las dos opciones son válidas, pero para llegar a algún puerto, hay que elegir a cuál se va. En este momento no son contradictorios, porque uno se mueve en el plano económico y otro apunta hacia lo político, pero en el largo plazo será necesario optar.

¿Pero la región es Sudamérica (con o sin los dos elementos exógenos que son Guyana y Surinam)? ¿O la región es Iberoamérica? ¿O lo es Latinoamérica y el Caribe unidos, hacia lo que apunta la recién creada Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe? Por otro lado, hace 30 años que existe la Asociación Latinoamericana de Integración, cuyo nombre sugiere que se pensó para hacer desde allí la integración latinoamericana. ALADI ha quedado reducido al papel de organismo negociador de comercio y aranceles, y por allí no pasan los proyectos políticos.

A los efectos de lo que interesa plantear en este análisis, puede verse que en primer lugar hay dos opciones: Sudamérica por un lado o algo mayor por otro, con sus diferentes variantes que se expresan en la Comunidad Iberoamericana (donde no está el Caribe) o en la CELC (donde sí lo está) ¿Cuál es la diferencia sustancial en términos estratégicos entre lo uno y lo otro, entre Sudamérica y algo mayor?

Para abordar las preguntas es necesario partir de la premisa que todo bloque requiere de un liderazgo, individual o colectivo, guste o no. Esta es  una enseñanza de la realpolitik. Los liderazgos en los juegos de poder internacional no se eligen libremente, sino que hay un conjunto de países, un puñado de países, en condiciones de liderar. Para poder liderar, un país requiere de algunas condiciones objetivas, esencialmente requiere de fuerza y tamaño. Lo que sí se elige es cuál es la conjunción de países que da origen a un liderazgo natural. Desaparecida la Argentina como actor de poder de primera línea, que es la gran novedad en la ecuación de poder sudamericana y latinoamericana, aparecen al sur del Rio Bravo dos grandes potencias, llamadas a ejercer liderazgos: Brasil y México. Un proyecto sudamericano es un proyecto que se construye necesariamente bajo el liderazgo de Brasil. Un proyecto iberoamericano o latinoamericano supone la existencia de dos líderes naturales, México y Brasil, con los consiguientes equilibrios y juegos de acuerdo y competencia que todo biliderazgo genera. Este es un tema nada menor en el proceso de integración, en el proceso de elegir cuál es y a quiénes abarca la región: elegir bajo qué liderazgos se pretende actuar. Esto es lo que falta en la discusión.

 
Publicado en diario El Observador
diciembre 5 - 2010