Sobre la pacífica aceptación del voto
Oscar A. Bottinelli

Democracia es una palabra que desde la finalización de la segunda guerra mundial tiene una calificación positiva y excluyente: nadie que se precie está dispuesto a considerarse antidemocrático. Consecuentemente, como dejó de ser una palabra que defina para ser una palabra que califique, hay tantas definiciones de democracia como sistemas políticos. Además, dejo de ser un término restringido a los sistemas políticos, por lo que la confusión en torno al término es abrumadora, ya que se habla de democratización de la enseñanza o de la salud, que nada tienen que ver con la arquitectura política. Por tanto, para poder avanzar es necesario decir que a estos efectos operacionales, sin que implique ninguna definición a favor o en contra de nada, la palabra democracia se la usa como sinónimo de poliarquía[1], que más o menos puede emparentarse con lo que se define como democracia liberal, tolerante, pluriideológica y pluripartidaria, basada en elecciones plenamente competitivas, de libre prédica y libre selección.

Una poliarquía requiere no solo de elecciones plenamente competitivas, libres y legítimas, sino que esas elecciones deben ser socialmente legitimadas: el cuerpo social debe considerar las elecciones (en sentido amplio) como el método único, exclusivo y excluyente, para designar las autoridades, tomar las decisiones fundamentales del Estado y dirimir el disenso político. Elecciones en sentido amplio quiere decir elecciones propiamente dichas (es decir, procesos votacionales en los cuales se eligen autoridades) o actos de democracia directa, los actos plebisicitario-referendarios.

La legitimación de los actos electorales es consecuencia en primer lugar de la actitud ante el resultado electoral de los actores electorales y de la sociedad toda, especialmente de los actores y electores que resulten o se consideren perdidosos. La aceptación del resultado en forma natural y obvia, sin dudas ni resentimientos, es esencial para la legitimación del acto electoral. Un segundo paso también esencial es que quienes resultan perdidosos o se consideran tales, no busquen caminos ajenos a las urnas para revertir los efectos del resultado. Esto es así de sencillo. Y finalmente, que esos niveles de aceptación se mantengan en el tiempo, durante bastante tiempo, como para penetrar al interior de los espíritus de los ciudadanos y, en forma más definitiva, cuando esa internalización es trasmitida de una generación a otra.

Un país es esencialmente poliárquico cuando los conceptos mencionados son de pacífica aceptación por el grueso del cuerpo social a lo largo de las generaciones, y lo es más aún cuando algún que otro apartamiento de las formas o la sustancia de la poliarquía son considerados como patologías, como momentos o tiempos patológicos. Conviene recordar a Nguyen-Huu Dong, un vietnamita alto oficial electoral de Naciones Unidas, cuando tras presenciar un baño de sangre desatado por el perdedor en las elecciones de Timor Oriental, habló de la importancia de cuando el voto se transforma en una banalidad. Es que el voto como algo banal y ordinario es la plena demostración de una poliarquía consolidada e internalizada en el espíritu de una sociedad.

La República Oriental reúne todas las condiciones de una poliarquía plena. En la última centuria, las tres interrupciones habidas al proceso regular institucional han sido vistas como patologías hasta por sus propios actores, no como modelos a imponer. Todos los actos electorales de este largo periodo han obtenido la plena aceptación de todos, en primer lugar de los derrotados; las escasas excepciones tienen que ver o con procesos ocurridos durante una disminución de la calidad institucional (en 1938, no por el acto electoral en sí, sino por la forma de adjudicar los cargos) o cuando ya el  país se encontraba en proceso de deterioro institucional camino a la interrupción de la poliarquía (como la polémica en torno a los comicios de 1971). Los resultados de todas las elecciones, plebiscitos y referendos tuvieron plena y pacífica aceptación[2]. Cabe resaltar dos derrotas históricas del gobierno que tuvieron como respuesta la plena aceptación del resultado en todo sentido, en actos de democracia directa, en particular en no insistir por el camino rechazado por la ciudadanía: en 1992, administración Lacalle, Ley de Empresas Públicas; en 2003, administración Batlle, Ley de Asociación de Ancap. También la pacífica aceptación de los recambios históricos de partidos, como el acceso al gobierno del Partido Nacional en 1958 o del Frente Amplio en 2004. Por eso es tan importante para el mantenimiento de una democracia consolidada, en el sentido de poliarquía, que quienes se sienten derrotados en un acto electoral - sea eleccionario, referendario o plebiscitario- acepten ese resultado, no solo con las palabras, sino con los hechos, es decir, no busquen otras vías diferentes para tratar de imponer lo que el cuerpo electoral dijo que no.

La democracia liberal, la poliarquía, es incompatible con el fundamentalismo religioso, de religiones religiosas, religiones ideológicas o religiones políticas. Porque la democracia es la confrontación de ideas diferentes y hasta opuestas, la contraposición de verdades excluyentes. Donde quien gana impone la decisión en base a su verdad, sin que ello suponga que convenza al otro. Y quien pierde debe saber que su verdad será siendo la suya, pero que no ha sido compartida por la mayoría de esa sociedad y por tanto, a su pesar, debe acatar que prime la verdad opuesta.

El fundamentalismo religioso, en particular de la religiosidad política, no puede aceptar un veredicto democrático, porque si algo es verdad y lo demás no es verdad, no hay matemática alguna que lo transforme en verdad. Como dijo Borges irónicamente, la democracia es un abuso de la estadística. Lo que tiene la democracia es la aceptación de ese abuso: que una mayoría imponga la decisión, aunque la minoría considere que está en el error.

No hay democracia alguna que sobreviva a los embates de los fundamentalismos cuando estos crecen en una sociedad. Porque para el fundamentalismo, cuando el pueblo está equivocado, debe predominar la sabiduría de los menos a la decisión de los más[3].


[1] Ver “La Poliarquía”, de Robert Dahl

[2] Podría agregarse, como algo previo a actos electorales, la polémica habida en torno a la validación de firmas para la convocatoria a referendo de la Ley de Caducidad

[3] Segunda nota de una mini-serie

 
Publicado en diario El Observador
noviembre 14 - 2010