Las “vacaciones parlamentarias” (?) del 73
Oscar A. Bottinelli

En lo ocurrido en ese febrero de 1973, cuando el primer acto del golpe de Estado, el Parlamento no se reunió. Eso ha sido usado para atacar al Parlamento y a los parlamentarios de la época, adosándoles además haberse ido de vacaciones. El punto amerita dos abordajes. El primero tiene que ver con qué es el Parlamento y cuándo los parlamentarios trabajan. Si se considera que la función parlamentaria es una sola y ella se expresa exclusivamente cuando cada una de las cámaras se reúne en sesión plenaria, entonces no solo en aquel momento, sino que hoy todavía el Parlamento funciona poco y los parlamentarios trabajan pocas horas al mes. Si por el contrario se considera que la función parlamentaria es una función de representación ciudadana y conducción política, los parlamentarios trabajan toda vez que ejercen esa representación, se relacionan con los electores o ejercen la conducción política. Desde este ángulo, que en general es como se ve el funcionamiento de los parlamentos en regímenes democrático-liberales, los parlamentarios trabajan cuando asisten a las sesiones plenarias, cuando concurren a reuniones de comisión, cuando deliberan con asesores, cuando en solitario estudian, redactan proyectos y elaboran informes, cuando discuten de política, cuando adoptan decisiones políticas, cuando conversan y atienden a los ciudadanos. Si esta es la concepción, en el verano de 1973 no hubo vacaciones parlamentarias, porque los parlamentarios, sin duda no todos pero sí quienes tenían mayores responsabilidades políticas, lo que hacían todo el tiempo eran reunirse, auscultar lo que pensaban los otros partidos, la gente, los militares, los otros factores de poder, tratar de elaborar diagnósticos, buscar caminos. Si se considera que el Parlamento es por esencia el sistema político por excelencia, el Parlamento funcionó ese verano a pleno, porque funcionó el sistema político. Este es un dato histórico que no puede manejarse con liviandad.

Para el segundo abordaje es necesario previamente tener claro que no puede analizarse la lógica de los actores en un contexto determinado, con la lógica presente. También hay que tener claro que este análisis[1] pretende bucear en explicaciones de lo ocurrido y además no ser parte del juego político menor de buscar la culpabilidad del otro y la exculpación propia.

Cabe tener presente un hecho difícil de entender en la posdictadura, y mucho más en medio de esta luna de miel del sistema político. La distancia ideológica, de visión de la realidad y de prospectiva en el sistema político de entonces era extrema. Lo que estaba en juego no era una lucha por cargos ni por posiciones, sino una cruda disputa por el poder, por la hegemonía en términos históricos. Toda la izquierda aspiraba a un cambio de sociedad, a sustituir o superar el sistema capitalista por una sociedad socialista. Con fuertes diferencias dentro de la izquierda sobre el contenido de esa sociedad socialista, entre una concepción de economía centralmente planificada, otra basada en la autogestión y otra edn concepciones de tipo más cooperativistas. Y también fuertes diferencias entre quienes apostaban a la vía pacífica e institucional y quienes apostaban al cambio mediante la acción armada. En la otra punta del extremo político, sin todos decirlo desembozadamente, había muchos que apostaban a una solución autoritaria. Entre unos y otros extremos, una gama muy grande de posturas teóricas. En cuanto a modelo económico también aparecían diferencias sustantivas entre y al interior de los partidos tradicionales, desde visiones de corte socialdemócrata con fuerte intervencionismo estatal hasta otras defensoras del más puro liberalismo económico.

Pero además de las posturas teóricas existían diferencias muy fuertes sobre el diagnóstico. Pero más aún sobre el qué hacer. En la izquierda se abrieron diferencias significativas sobre el papel militar, trasversales a las otras diferencias (sobre la concepción profunda de la sociedad,  sobre la dicotomía juego político-vía armada), pero como elemento común su convicción en la necesidad de la renuncia de Bordaberry[2].

También había diferencias fuertes entre los dirigentes de los partidos tradicionales. El Partido Nacional estaba dividido. La mayoría (liderado por Wilson Ferreira Aldunate con el apoyo de Carlos Julio Pereyra), en una oposición cada vez más fuerte a Bordaberry, una creciente desconfianza respecto a las verdaderas intenciones del presidente y la propuesta como solución de un llamado a nuevas elecciones. La minoría, que integraba una coalición de gobierno que dio sustento parlamentario mayoritario al gobierno, a su vez se componía de dos alas: una de creciente alejamiento del apoyo a Bordaberry (encarnado en la Unidad Nacional Blanca liderada por Washington Beltrán y la parte del movimiento Herrera-Heber guiada por Mario Heber) y otra de fuerte sostenimiento de Bordaberry (la Alianza conducida por Martin R. Echegoyen, que luego del golpe presidiría el Consejo de Estado, sucedáneo del Parlamento, y la otra ala del heberismo, guiada por el ex presidente Alberto Heber).

A partir de los sucesos de febrero, la Lista 15 (guiada por Jorge Batlle, en cuyo staff principal se encontraba Julio Ma. Sanguinetti) -sin quitar apoyo parlamentario al gobierno pero abandonando todos los cargos en éste- comienza a sentir también una creciente desconfianza sobre hacia dónde se dirige el presidente Bordaberry. La minoría colorada, expresada en Amílcar Vasconcellos, en una oposición durísima

Pero quizás lo más importante: los elencos políticos no estaban preparados mentalmente, como no lo están hoy, para encarar caminos fuera del clásico juego institucional. Rotas las reglas de la poliarquía, sentado a la mesa un convidado de piedra –los militares- no les resultaba claro qué camino tomar, qué se debía hacer. O dicho de otra manera, cada quien creía que debía tomarse un camino diferente.

Tampoco existía una relación fluida de todo el sistema político. Salvo contadas excepciones personales, no había diálogo entre el Partido Colorado y el Frente Amplio, ni tampoco buenas migas al interior del Partido Nacional, ni comunidad de propósitos en el Frente Amplio. Y en general, los distintos partidos se miraban todos de reojo.

Si hay un ejercicio de juego político interesante, como los juegos de guerra que realizan las fuerzas armadas en cualquier parte del orbe, es imaginarse una situación como la de aquel entonces, con el mismo dramatismo en lo colectivo y en lo personal para los actores, y pensar qué es lo que hay que hacer. Además, imaginarse eso hoy, con la ventaja del diario del lunes pero con las incógnitas de que toda vez que la historia se repite, lo hace de manera diferente.


[1] Ver como antecedentes: “El debate que el país se debe a sí mismo”, “Las causas de credibilidad en la democracia”,  “El descaecimiento de la fe en la democracia”, “Militares, política y militarismo” y “1973: la llegada del militarismo”, El Observador, domingos 19 y 26 de setiembre y 3, 10 y 17 de octubre de 2010.

[2] Es el tema de la próxima y última nota de esta serie de siete: “1973: dudas y contradicciones en el FA”

 
Publicado en diario El Observador
octubre
24 - 2010