Las causas de credibilidad en la democracia
Oscar A. Bottinelli

 

Conviene repetir que Uruguay tiene como asignatura pendiente[1] la realización de análisis serios, fríos, desapasionados, con perspectiva histórica, sin pretensión de juzgar y condenar sobre cómo es que se caminó hacia la dictadura. Una forma de encarar el tema es al revés, empezar no por cómo se perdió la fe en la poliarquía[2] sino comenzar por cómo se construyó la fe en esa poliarquía. Y para ello conviene en grandes trazos apuntar a los elementos económicos, sociales y políticos que conllevaron a esa construcción.

Más o menos en torno al fin de la Guerra de la Triple Alianza es posible ubicar el gran impulso para la construcción de una economía moderna, algunos de cuyos hitos fueron el alambramiento de los campos y el refinamiento de la ganadería de carne, el impulso a la ganadería ovina, las importantes inversiones extranjeras y esencialmente británicas que se van sucediendo en ferrocarriles, tranvías, electricidad, saneamiento, potabilización del agua, conserva de carne, frigoríficos. Simultáneamente, se dan cambios sustantivos hacia una sociedad moderna con la reforma y extensión de la educación, la creación del sindicalismo, a poco de andar la introducción de una avanzada legislación social. Paralelamente, como impacto a la vez social y económico, hay un impulso demográfico, en calidad y cantidad, constituida por las inmensas olas de inmigración de origen europeo (mayoritariamente italiano y español), de familias enteras, en busca de oportunidades y con fuerte vocación de radicación, de trabajo y de progreso. Por otro lado ocurren fuertes impulsos en la modernización de la sociedad.

Este desarrollo económico y social precede a la creación del Estado moderno, pero hubiese quedado trunco de no edificarse ese Estado moderno. Esta obra se inicia esencialmente en el periodo que va de 1910 hasta 1925. En ese tiempo, ya pacificado el país, se construye un sofisticado sistema electoral (Leyes de Doble Voto Simultáneo de 1910, de Elecciones y Complementaria de Elecciones de 1925), una también sofisticada ingeniería de empadronamiento cívico y organización electoral y otra completa ingeniería institucional (Constitución de 1918). Es esencial en este proceso primero que las elites y la sociedad en su conjunto asumen como una virtud y no como un defecto la existencia de los partidos políticos (cabe recordar que fueron sistemáticamente señalados como causas de todos los males de la República hasta casi las tres cuartas partes del siglo XIX), a su vez internalizan y externalizan a la sociedad la convicción de que el juego electoral debe ser el decisor exclusivo y excluyente del disenso político. Y como corolario de ambos elementos, la modernización de los partidos.

Estas casi ininterrumpidas líneas de desarrollo económico y de prosperidad social coadyuvaron a la consolidación de la fe en la democracia (entendida como poliarquía), la fe en las elites políticas y el valor sacramental del voto y del resultado de las urnas.

Politólogos, historiadores y economistas coinciden en señalar el año 1955 como el fin de esa larga etapa. Antes, en la primera parte de los años treinta, la crisis mundial golpeó sobre estas playas y trajo como consecuencia una interrupción en la prosperidad económica y social, y consecuentemente una pasajera crisis en lo institucionalidad. Lo significativo es que el crecimiento económico volvió, la institucionalidad se restableció en plenitud y, por encima de todo, retornó la enorme confianza de la sociedad en vivir en una sociedad que otorgaba seguridad a sus integrantes y futuro a sus hijos. Con altos y bajos, con todas las relatividades, esa sociedad uruguaya de circa 1870 a 1955 fue una sociedad esencialmente pujante, optimista, a lo cual contribuyó no poco el impacto de la inmigración europea y asiático-menor

Es en la segunda mitad de los años cincuenta, a lo largo de los años sesenta y al despuntar los años setenta del siglo pasado, que el país se transforma. Lo primero que se observa es la pérdida de brújula de las elites: la lectura atenta de los escritos y discursos de la época permiten observar que no se atina a desentrañas las causas ni a concebir la magnitud de lo que ocurre. Con algunas excepciones, que sí expusieron su interpretación y su solución: Uno, desde un ángulo marxista, atribuir la crisis uruguaya o al no funcionamiento del capitalismo en los países subdesarrollados o lisa y llanamente a un efecto periférico de la inevitable crisis final del capitalismo mundial y su sustitución por el socialismo. Dos, desde un ángulo de librecambismo, concebir esta crisis como la crisis también inevitable del estado interventor y del welfare state, y la necesidad de su sustitución por el más absoluto laissez-faire. Pueden señalarse los intentos desarrollistas como una búsqueda tentativa de respuesta a la crisis, aunque puede discutirse si hubo una precisa formulación de diagnósticos precisos en términos de causalidad histórica y de alta viabilidad material y política. Quizás el mayor despiste de las elites fue -con un mucho de provincianismo- la atribución de la crisis a una causa estrictamente institucional (la existencia de un Poder Ejecutivo pluripersonal, conocido como ”colegiado”) y su superación mediante otra medida estrictamente institucional (la restauración de una titularidad unipersonal del Poder Ejecutivo, “el presidencialismo”) (Dicha causa y solución también surgieron como respuesta a los efectos en Uruguay de la crisis mundial de los años treinta). Los distintos caminos emprendidos quedaron contaminados. O porque no se sostuvieron en el tiempo, como la congelación de precios y salarios durante el pachequismo o quedaron contaminados por errores en la política cambiaria, como los intentos desreguladores en el primer gobierno colegiado blanco y  una más profunda desregulación impulsada durante el régimen militar[3]

Parecería que la conjunción de las variables desarrollo económico, desarrollo social, modernización política e institucional y cambio demográfico fueron determinantes en la generación de esa alta credibilidad en la democracia. A contrario sensu, puede pensarse que la afectación de las mismas variables pueden servir de hipótesis para explicar lo contrario: la pérdida de credibilidad en la democracia

[1] Ver “El debate que el país se debe a sí mismo”, El Observador, domingo 19 de setiembre de 2010, del cual el análisis presente es continuación del anterior de una serie de siete.

[2] Se prefiere utilizar el término politológico más exacto y bien definido de “poliarquía”, que el término “democracia”, que es más vago y más indefinido. En líneas generales y con reservas puede afirmarse que “poliarquía” es una especie de sinónimo de democracia liberal

[3] Los elementos desregulatorios o quedaron o si no quedaron, iniciaron el camino y fueron retomados más adelante. Lo que afectó ambas experiencias como modelo, y dejaron una visión amarga en amplios sectores del país, es que los errores en política cambiaria llevaron en el primer caso a una inflación galopante y en el segundo a la llamada “ruptura de La Tablita”

 
Publicado en diario El Observador
Setiembre 26 - 2010