Una comarca pequeña, lejana y aldeana

Oscar A. Bottinelli 

 

Hace más de medio siglo se viajaba a Europa una sola vez en la vida, toda la familia, por seis meses, a la edad de retiro; y solo lo hacían las clases muy pudientes. Se iba en barco, en una travesía de un par de semanas, con bailes, cenas, piscina, juegos, reuniones sociales. Los seis meses anteriores se dedicaban a las múltiples despedidas de vecinos, familiares, colegas y amigos. Los seis meses de viaje a conocer museos, iglesias, plazas, montañas, playas. Y los seis meses posteriores se consumían en largas jornadas de contar interminables cuentos, describir las maravillas del continente de los antepasados y mostrar las deslucidas fotos en blanco y negro. Esta es la imagen que ha quedado en la retina de muchos uruguayos: el viaje como ocio, lujo, placer y mucho dinero.

La población de la República Oriental es la mitad del uno por mil de la humanidad, es decir, el 0,05%, cifra que en cualquier estadística se descarta por insignificante. Visto de otra manera, si la población uruguaya fuese el total del mundo, los uruguayos cabrían todos en el estadio cerrado del Platense, lugar no elegido para grandes concentraciones sino para convenciones partidarias o plenarios de militantes. Todo este país es al mundo, lo que al Uruguay es un pueblo descartado por la Ley de Descentralización para que contase con un Municipio aún en la fase final del proceso (en 2015), por su escaso tamaño poblacional. Uruguay es al mundo lo que Pintadito (Artigas), Lagunón (Rivera)  o Cardal (Florida) son a este país. Pero no solo es pequeño, sino lejano. Como dijo hace mucho tiempo el popular cantautor Jaime Roos: Uruguay está en un suburbio del mundo, lejos de cualquier avenida.

Uruguay se ha enorgullecido de contar con cargos importantes en las organizaciones internacionales: secretaría general adjunta de Naciones Unidas, presidencia de la Asamblea General de ese organismo, secretaría general de la OEA, presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo, secretaría general de ALADI y anteriormente de ALALC, Secretaría General Iberoamericana, dos veces un sillón en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, presidencia del comité mundial de mujeres parlamentarias, la presidencia del Parlamento Latinoamericano y del Parlamento del Mercosur, y unos cuantos cargos más de nivel global, hemisférico o regional. Los distintos países, más aún los países poderosos, pelean a dentelladas por la obtención de estos cargos y ponen en carrera a sus mejores candidatos para obtenerlos. No se logran como regalo de nadie. Son siempre el fruto de largas acciones sostenidas por el país durante mucho tiempo y en múltiples terrenos.

La diplomacia en el mundo moderno es por múltiples vías. Se reúnen los jefes de Estado y los cancilleres, pero también los ministros de Economía y los presidentes de los bancos centrales. Hay varias redes de organismos intergubernamentales sobre las telecomunicaciones, los transportes, los puertos, la defensa, la policía, el cambio climático, el medio ambiente, el trabajo, el comercio, la seguridad social, la energía, la salud, el correo, la educación, la ciencia, la cultura, la alimentación, la agricultura, los derechos humanos, los océanos, las migraciones, la infancia, los refugiados y muchas áreas más. Hay diplomacia de los parlamentos, de las judicaturas, de los organismos electorales. Hay diplomacia de las empresas, los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones no gubernamentales. Todos los que practican esas diplomacias saben que sólo se hace viajando, en viajes duros, de muchas horas en incómodos aviones, interminables horas de espera en incómodos aeropuertos, desacomodos fisiológicos por los cambios horarios, reuniones  y entrevistas extenuantes, y a veces, no muchas, algún breve paseo turístico.

La diplomacia parlamentaria -que es coadyuvante a la diplomacia de los gobiernos- se desenvuelve a través de los contactos de los presidentes del Senado y de Diputados, de los contactos bilaterales de grupos parlamentarios de cada país y de la actuación en la Unión Interparlamentaria (UIP), que es la organización mundial de los parlamentos de los estados soberanos. Hasta hace un par de años Uruguay contó en nada menos que con la presidencia de las mujeres parlamentarias del mundo[1], con un cargo en el Comité Ejecutivo de la Unión y con la vicepresidencia de la segunda de las tres comisiones permanentes (sobre Desarrollo Sostenible, Financiamiento, y Comercio). Cuenta hoy con la presidencia de la la Tercera Comisión Permanente sobre Democracia y Derechos Humanos, un miembro en el Comité de Conducción de la Conferencia Parlamentaria sobre la Organización Mundial de Comercio y uno en el Grupo Consultivo sobre VIH/SIDA. Además, el primer secretario de la Cámara de Representantes es vicepresidente de la Asociación de los Secretarios Generales de los Parlamentos. Dos funcionarios parlamentarios uruguayos se destacan en la conducción administrativa de la UIP: uno es el secretario del GRULAC (grupo que integran los 19 parlamentos de América Latina y el Caribe miembros de la UIP) y como tal partícipe de la conducción de la secretaría de la Unión; otra funcionaria es la secretaria asistente del GRULAC y fue una de las tres secretarias de la Presidencia de la UIP. Los cargos políticos han sido ocupados por frenteamplistas, blancos y colorados. La diplomacia parlamentaria ha sido ejercida por todos y cada uno de los partidos. La diplomacia por otras vías ha sido ejercida por empresarios, sindicalistas y miembros de ONGs.

En total, Uruguay cuenta con tres parlamentarios y tres funcionarios en cargos de significación ¿Con cuántos cuenta Brasil? Uno solo ¿Cuántos Argentina? Cero. Este desproporcionado sobrepeso que normalmente tiene Uruguay en la diplomacia internacional es objeto frecuente de cuestionamientos. Imagine alguien un un hipotético organismo que agrupase a todas las localidades del país, y que Pintadito (Artigas) contase con tres cargos políticos y tres funcionarios importantes, Montevideo con uno solo, y Las Piedras, Salto, Paysandú, Colonia o Maldonado con ninguno. El alarido de todos los departamentos de mayor peso, y hasta el grito de las demás ciudades y localidades de Artigas, aturdiría a las focas en el Polo Norte y los pingüinos en el Polo Sur. También se sentirían los bombos y platillos de los habitantes de Pintadito, hinchados de orgullo por los logros de su querido pueblito (y no se oirían las quejas por el costo de los pasajes de sus homenajeados representantes)

Exige mucho esfuerzo e inteligencia mantener este formidable peso de un país pequeño y lejano. Exige además tener gente con alta capacidad para que resulte elegida. Y exige muchos viajes, de los duros y fatigosos, no de los que quedaron en la retina. Estos cargos no se consiguen por teléfono, mail o chateo. Por eso resulta sorprendente la campaña desatada por algunos periodistas, alguna ONG y algunos parlamentarios, que en definitiva alimentan que se borre a Uruguay de esa sobre representación. Se sea consciente de ello o no, lo que se busca es quedar arrinconado dentro de la pequeña y lejana comarca. Porque para qué se le van a dar tantos cargos a un país pequeño, lejano, que además con mentalidad aldeana protesta por tenerlos. Es bueno que muchos sepan que el mundo también existe y en el mundo no muchos saben que Uruguay existe, y que es un gran esfuerzo hacer saber de la existencia de este país pequeño, lejano, donde afloran mentalidades aldeanas.


 

[1] Estrictamente, presidencia del Comité de la Unión Interparlamentaria de Coordinación de las Mujeres Parlamentarias.

 

 
Publicado en diario El Observador
Junio 13  - 2010