El cruce de las fronteras partidarias

Oscar A. Bottinelli 

 

El mantenimiento o derribo de los m uros de piedra que conformaron la gran división clánica entre blancos y colorados, y el probable surgimiento de otra pertenencia clánica con su respectivo muro de piedra, la frenteamplista, amerita la necesidad de cuantificar el fenómeno.

Una forma de analizarlo es tomar el voto obtenido por cada partido en las pasadas elecciones nacionales, la autodeclaración de a qué partido votaron los uruguayos en dichos comicios y la simultánea autodeclaración de pertenencia política (estos últimos datos resultantes de la Encuesta Nacional Factum de abril de 2010)

De allí surge la siguiente tabla en votos sobre el total del electorado en cada celda:

 

 

VOTO EN ELECCIONES NACIONALES 2009

PERTENENCIA

TOTAL

FA

PN

PC

OTROS*

Frenteamplista

39

37

0

1

1

Blanco/nacionalista

24

1

21

2

0

Colorado/batllista

11

1

2

8

0

Ninguna**

26

9

6

6

5

TOTAL

100

48

29

17

6

* Partido Independiente, Asamblea Popular, en blanco, anulado

** No se consideran pertenencias, por carecer de antigüedad para configurarlas, la adhesión al Partido Independiente o a Asamblea Popular.

Como se observa con claridad, de los votantes del Frente Amplio (48%), 37 se definen a sí mismos como frenteamplistas, 1 se declara blanco, 1 se declara colorado y 9 carece de pertenencia. De los votantes del Partido Nacional (29%), 21 se consideran blancos, 2 colorados y 6 carecen de pertenencia. A su vez, de los votantes del Partido Colorado (17%), 8 se declaran colorados, 2 blancos, 1 frenteamplista y 6 sin pertenencia.

Dicho de otra manera, 11 de 48 votantes del Frente Amplio no son frenteamplistas, 5 de 29 votantes del Partido Nacional no son blancos, 9 de 17 votantes del Partido Colorado no son colorados. Por otro lado se observa que el 8% del electorado uruguayo vota a un partido diferente al de su pertenencia y que el 26% de los uruguayos carece de pertenencia; en total, hay un 34% de los votantes cuyo voto no se relaciona con identidades partidarias. Como contario, el 66% de los electores vota al partido de su pertenencia, lo cual es considerablemente alto en el mundo.

Cabe observar por otro lado, si se toma a los partidos tradicionales como un conjunto, que la pertenencia blanca más la colorada, sumadas, son el 35% del país, de los cuales votan a un partido histórico el 33%, pero a su propio partido el 29. Los votantes de ambos partidos son el 46%. Entonces, más de un tercio de los votantes de los partidos tradicionales no votan de acuerdo a su pertenencia política o carecen de pertenencia. Dicho de otra manera: el Frente Amplio tiene algo menos de la cuarta parte del electorado sin identificarse con él mismo y los partidos históricos cuentan con que más de la tercera parte de sus votantes no pertenecen al partido que votan (fenómeno más acentuado en el Partido Colorado y menos en el Partido Nacional). Cabe resaltar que por alta que sean las pertenencias, es un hecho importante en la búsqueda del voto, y en la traslación del voto, el que uno de cada tres electores sea de libre disponibilidad, al menos en cuanto a pertenencia partidaria y a que esa pertenencia le condicione el sufragio. Pero más fuerte aún es que cuatro de cada diez votantes de los partidos tradicionales sean de libre disponibilidad.

Este fenómeno, que acentúa la volatilidad del voto, particularmente entre los dos partidos históricos, es al que este autor denomina el derribo de los muros de piedra. Fenómeno importante si se observa que medio siglo atrás la volatilidad interpartidaria promediada el 7% del electorado de ambas colectividades tradicionales en su conjunto, con una firme adhesión de más del 83% del electorado nacional.

Los datos mencionados son los que explican, desde el ángulo cuantitativo (se requieren otras explicaciones cualitativas) las apelaciones al voto cruzado. Hacia la primera de las tres rondas electorales de 2009 (las mal llamadas “elecciones internas”, de junio), hubo un explícito llamado de Lacalle a la captación del voto colorado (más al principio que al final) y tempranamente a la búsqueda de incorporación de dirigentes colorados (este último fenómeno es más bien de 2008 y se silencia en 2009). Luego hubo señales implícitas de Vamos Uruguay (la corriente colorada liderada por Pedro Bordaberry), y alguna explícita, de búsqueda del voto blanco o más exactamente de búsqueda de gente que había votado al Partido Nacional. El candidato vicepresidencial Hugo de León precisó más que no apelaba al voto extrapartidario (en cuanto a cruce de pertenencias) sino a lo que llamó el retorno de los colorados a su partido. En aquél entonces, ciclo electoral 2009, hubo fuertes rechazos a esa apelación cruzada desde dos importantes corrientes tradicionales: Alianza Nacional en el Partido Nacional (sector liderado por Larrañaga) y en Propuesta Batllista (federación de los dos viejos sectores hegemónicos del Partido Colorado, la Lista 15y el Foro Batllista). Ese rechazo adquirió inclusive tonos duros.

Sin embargo, en estas elecciones de gobiernos departamentales aparecen explícitas búsqueda de voto extrapartidario, sin duda la más notoria la de Alianza Nacional en las elecciones de Montevideo, a contrapelo de lo sostenido en 2009. Pero por otro lado la apelación de Vamos Uruguay al voto blanco en Salto. A ello hay que sumar que muchas elecciones de gobiernos departamentales no son competitivas en el plano interpartidario, sino que devienen en elecciones internas del partido hegemónico (caso el Partido Nacional en Colonia, San José, Durazno o Tacuarembó; o a esta altura parecería que va por el mismo camino el Frente Amplio en Maldonado). En estos casos el que se dirima la Intendencia dentro de un solo partido, entre candidatos generalmente muy potentes, lleva inexorablemente al cruce de fronteras y a la apelación extrapartidaria (como la persistente adhesión del colorado Zunino al nacionalista Chiruchi en San José, que ocurre por tercera elección consecutiva). Pero quizás aquí el derribo de las fronteras, aunque esté relacionado con el fenómeno nacional y no pudiera ocurrir sin el mismo, se acentúa por elementos propios de la arquitectura de la competencia departamental.

 

Publicado en diario El Observador
abril 25  - 2010