El FA como federación de sectores

Oscar A. Bottinelli 

 

La caracterización de los partidos políticos uruguayos, desde el punto de vista de su arquitectura, es un tema harto difícil. La complejidad radica en la existencia de partidos conformados por fracciones estructuradas, con alto nivel de autonomía, expresión electoral propia y financiamiento independiente. Como contrapartida, partidos relativamente débiles en cuanto a su rol en la decisión de sus propuestas electorales, en la potestad de resolución real de sus autoridades centrales y en el manejo financiero. Durante buena parte del siglo XX se discutió si los partidos tradicionales eran partidos o federaciones de partidos, tesis esta última sostenida tanto por los partidos pequeños vernáculos, los llamados “partidos de ideas” (Socialista, Comunista, Unión Cívica), como por los estudiosos extranjeros; el sueco Göran Lindhal, gran analista en particular de Batlle y del batllismo, consideraba que en el país no había un Partido Colorado sino varios partidos colorados. Luego, más adelante, llegó la negación de la calidad de partido - por propios y extraños - del Frente Amplio, en parte por su origen de alianza y su estructura explícitamente federativa.

Quien analiza desde el ángulo sociológico, no desde el de la arquitectura, encuentra con mucha facilidad la calidad de partido, la existencia de una clara pertenencia, de identidad, en relación a lo blanco, lo colorado y lo frenteamplista. El punto es si esa calidad de partido que se da a nivel de la gente, del electorado y la ciudadanía, se corresponde con la naturaleza de partido en cuanto al funcionamiento de estas instituciones. En el último medio siglo los partidos tradicionales recorrieron el camino que va desde operar como un conjunto de agentes políticos autónomos, casi si relación de partido (lo que vio Lindhal), hasta funcionar como partidos de estructura compleja, pero cuyas corrientes con amplia autonomía actúan como y se sienten como parte de un todo. El Frente Amplio recorrió el camino inverso. Pese a surgir como alianza de partidos y movimientos independientes, estructuralmente operó como un partido de alta centralización y disciplina, casi sin espacio para la marcación de perfil de sus componentes (situación que hace un poco más de dos decenios fue vivida como asfixia tanto por la 99 como por el Partido Demócrata Cristiano, lo que contribuyó a su secesión). Desde allí caminó hacia una mayor soltura de las fracciones y un menor disciplinamiento partidario.

Una cosa que distinguió al Frente Amplio fue la existencia de un amplio espacio para operar en el partido como tal, en el FA como tal, sin necesidad de adherir, pertenecer o militar en sector alguno. Desde candidaturas centrales con personas ajenas a los sectores (Seregni, Crottogini, Villar, Arana en sus orígenes, D’Elía) hasta múltiples funciones cumplidas por estos frenteamplistas independientes o no sectorizados. Ese espacio para gente sin sector no existía (y no existe), o era y es extremadamente estrecho en los partidos tradicionales. Poca gente y por poco tiempo puede darse el lujo de actuar solo como blanca -sin adherir al lacallismo o el larrañaguismo- o actuar como colorada -sin adherir a unos o a otros sectores- al menos gente con vocación de protagonismo, de dirigencia y de representación.

La forma de designación del gabinete y altos cargos en los ministerios, mucho de lo que se conversa y negocia en relación a la gran cantidad de cargos a proveerse en las administraciones autónoma, descentralizada y periférica, revelan la importancia singular que revisten los sectores y que implica la pertenencia a los sectores. O a la inversa, la orfandad de los frenteamplistas que no adhieren a grupo alguno. En el análisis de méritos y capacidades para ocupar cargos públicos, esos no sectorizados sienten que esa calidad implica un demérito; por tanto, que sus capacidades técnicas, intelectuales o de gestión deben ser varias veces superiores a las de sus compañeros sectorizados, pues tienen que superar el demérito de no adherir a algún grupo en particular.

En realidad esto no debe sorprender, pues es la culminación de un largo proceso que a la par de consolidar la calidad de partido del Frente Amplio desde el punto de vista sociológico, a su vez consolidó su calidad de federación desde el punto de vista de su estructura y su funcionamiento. Un elemento clave de esa concepción arquitectónica centrípeta lo constituían dos extremos: uno, las figuras dirigentes y liderales al margen de los sectores, y en algunos casos por encima; y dos, los comités de base como punto de debate, reunión y participación de los frenteamplistas en tanto tales, con independencia de la pertenencia o no a algún sector. Ambas cosas se han debilitado. En la cúpula, Seregni fue un sectorizado puro, Tabaré Vázquez surgió desde una fracción para devenir en alguien por encima de las partes y como síntesis y reflejo del conjunto, tanto Danilo Astori (cuyo origen fue el de no sectorizado) como José Mujica, los dos que pretendieron la representación y conducción política al menos en el plano gubernativo, son a su vez líderes y referentes sectoriales. En el otro extremo, los comités de base se han vaciado y han perdido su importancia, entre otras cosas porque su existencia y su funcionamiento está ligado a formas de concebir la política propia de los años setenta y ochenta, que ya comenzaron a descaecer fuertemente al despuntar los noventa. También sufrió un progresivo deterioro el poder de decisión de las autoridades centrales, reducidas a organismos burocráticos convocados para apoyar a un gobierno de cuyas decisiones se entera por los medios de comunicación. Finalmente, a esto se suma este cuarto elemento: el no sectorizado es un huérfano de todo padre a la hora de definir los titulares de las funciones.

Debe quedar claro que todo esto no es ni positivo ni negativo (estará bien para unos y mal para otros), sino que es la mera descripción de un fenómeno que significa la culminación de un fuerte cambio estructural. El Frente Amplio cuya matriz son partidos y movimientos independientes que convergen, nace como un partido con estructura central, mandato imperativo y alta disciplina, y luego deviene paulatinamente -mediante un largo proceso de cuatro lustros- en esta estructura plenamente federativa, tal cual lo son ambos partidos tradicionales.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 14  - 2010