L’entrée de Mujica y el mutis de Tabaré

Oscar A. Bottinelli 

 

Hace algo más de 10 años, producto de la rotación en las presidencias de comisiones, correspondió elegir a Eleuterio Fernández Huidobro como presidente de la comisión de Defensa Nacional del Senado. No ocurrió, porque los partidos tradicionales -a impulsos del Foro Batllista - quebraron el acuerdo por entender imposible elegir a un tupamaro para dicho cargo. Lo inimaginable entonces ocurrió corregido y aumentado: un tupamaro asume la Presidencia de la República, otro el Ministerio del Interior y un tercero el de Defensa Nacional, y cada uno recibe los homenajes de las Fuerzas Armadas y policiales, o de una, o de otra. El 1° y 2 de marzo se vivió algo que puede calificarse de surrealista. Pero también implicaron tres cosas más: la primera vez que un presidente de la República no colorado entrega la banda presidencial a otra persona que tampoco es colorada; el fin del tiempo de Tabaré y el inicio del tiempo del Pepe (para seguir esta costumbre medieval de que las personas solo tienen un nombre de pila, o un sobrenombre, y carecen de apellido y gentilicio)

Surgen en torno a una docena de impactos primarios del conjunto de ceremonias de esos dos días, que no son ni todos ni quizás todos los más importantes En primer lugar, la enorme dificultad que tuvo Vázquez para salir de escena; desde una larga sucesión de despedidas -que incluyó una ceremonia en la Plaza Independencia con arrío de bandera- hasta el paseo por el estrado de la Plaza Independencia con saludos a diestra y siniestra, cuando ya había entregado el mando. La tradición indica que el presidente saliente entrega el mando, dice algunas palabras improvisadas y relativamente informales, y se diluye entre las sombras, porque las luces ahora apuntan hacia su sucesor. Esta vez fue un dato en sí mismo la dificultad interior del presidente saliente en aceptar que le tocaba salir de escena.

Tres elementos cabe resaltar en relación a la estética de los actos (el discurso ante la Asamblea General y el discurso y la escenografía en la Plaza Independencia) y su contrastación con la de cinco años atrás, especialmente con el discurso de Vázquez con banda presidencial en la escalinata del palacio Legislativo. Para contrastar los discursos y las escenografías populares, lo de ahora fue un estrado con varios protagonistas y poca altura, frente a mandatarios y enviados extranjeros, ex presidentes uruguayos, dirigentes políticos de todos los partidos. Cinco años atrás en la escalinata el nuevo presidente estaba en lo más alto, solitario, iluminado desde abajo por grandes reflectores; bien abajo y bien distante, sobre la calle, la dirigencia del Frente Amplio o de movimientos sociales de izquierda (solo ella) y la gente, el pueblo. Surge la contrastación entre una estética republicana de hoy y una estática mayestático-imperial de ayer, esta última con una escenografía salida de los actos políticos de la Europa de los años treinta. Pero además, los dos discursos de Mujica impactaron por la formidable fuerza que emerge de la sencillez, de un personaje que siente su fuerza per se, sin necesitar estar ni en la altura ni en la lejanía. El tono y la estética general entroncan más por un lado con la tradición más clara del país, y por otro con mayor exactitud aún en la tradición de la izquierda uruguaya.

El contenido de los mensajes del presidente constituyeron otro punto sustancial: la búsqueda de la continuidad histórica como sociedad, respecto al pasado y como proyección hacia el futuro; continuidad histórica como contraposición al concepto de refundación que marcó la tónica del gobierno que se fue. Quizás refundacional, o más exactamente, refortalecimiento de viejas fundaciones, al decir que comienza un tiempo de 30 años, no de Mujica, no del Frente Amplio, sino de un proyecto de país elaborado entre todos. Y aquí viene otro elemento sustancial que es la búsqueda del consenso. En Mujica aparece redivido, aunque no haya sido su inspiración, aunque sean dos personajes de poca empatía recíproca, con el pensamiento del general Seregni. En su última etapa en la cárcel, el general concibe la concertación no solo como una forma de salida de la dictadura y de transición hacia la restauración democrática, sino como la base de un gran proyecto de país, al estilo del gran pacto político-social celebrado en Suecia en la segunda mitad de los años treinta, que supuso la piedra fundamental de su sostenido crecimiento. Poco fue entendido Seregni, por propios y ajenos. Es posible que haya sido una idea prematura, profética, que pueda cristalizar en este tiempo, un cuarto siglo después.

Hay otros elementos no menores, de Mujica y de otros. Del presidente, una velada y esperada sutil autocrítica al camino transitado en el pasado y la fuerte reafirmación de la importancia de la legitimidad del voto, del electo como depositario de una voluntad popular y del gobernante como mandatario, como persona que recibe un mandato del pueblo. Del gobierno de Estados Unidos, la señal de apoyo dada con la presencia de la tercera (o quizás segunda) figura del gobierno de Washington, ya que se sabe que no va a estar a este nivel la representación en otras trasmisiones del mando. Y para un presidente entrante considerado amigo personal de Hugo Chávez, nada menor es la presencia de Alvaro Uribe, que marca la confianza de Colombia en el mantenimiento por parte de Uruguay de una línea regional equidistante entre los extremos, con voluntad de mitigar conflictos y acercar a las partes.

Por último, los desafines. A la prolijidad del lunes 1° se suceden algunas desprolijidades del martes 2. Para empezar, la desprolijidades de forma, que no es baladí que existan: el ministro que debe asumir primero es el del Interior, porque es el depositario del gobierno, y es él quien da posesión a los demás secretarios de Estado, no el presidente. Pero además el presidente se expuso a lo que ocurrió, al querer improvisar la friolera de 13 discursos con la búsqueda de 13 titulares o consignas. Y allí ocurrió lo que debe ocurrir cuando las cosas se hacen así, máxime con un personaje con vocación de hablar demasiado y de pensar en voz alta. Un presidente no puede pensar en voz alta, cuando habla es la conclusión de una decisión, el marcar un rumbo definido, el comunicar una decisión tomada, o si no, cuando es realmente convocar a pensar, demostrar que es así: que no se plantean certezas sino dudas, que se muestran caminos alternativos, que se convoca a construir proyectos. Lo que no puede es exhibir como certeza lo que es la improvisación de una duda. Esta práctica fue uno de los puntos más débiles de un no muy lejano titular de la banda presidencial; la prudencia aconseja no repetir la experiencia.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 7  - 2010