Entre la continuidad y la refundación

Oscar A. Bottinelli 

 

Lo normal es que un gobierno, los gobernantes, sientan que son una etapa en un largo proceso histórico, cuya función primordial es mantener derecho el timón o girarlo un poco más hacia la derecha o un poco más a la izquierda, apretar el acelerador o disminuir la velocidad. Eso es lo que ocurre aún en periodos realmente innovadores como fueron el pasaje de los Estados Unidos de fuerte librecambio al New Deal o la Europa del capitalismo abierto al welfare state. Ese es un modelo. El otro es cuando todo un sistema político o solamente la parte que constituye el gobierno (normalmente la mayoría) busca producir un corte en términos históricos, no meramente un giro aunque fuere bastante pronunciado. Es lo que se denomina una refundación. La cual se expresa no solo en cambios estructurales trascendentes en la arquitectura política de un país, sino también el procesar cambios simbólicos que apunten a esa refundación. Lo fundamental es: nada tiene que ser igual a lo que venía.

En Uruguay hubo varias etapas de giros significativos: el periodo terrista con su gran impulso corporativista y estatista; el periodo del segundo batllismo que significó la extensión del welfare state, la ampliación del papel del Estado en la economía y la búsqueda de la autarquía económica; la sucesión de medidas de Sanguinetti-Lacalle-Sanguinetti que conducen a una reducción del papel del Estado y la apertura de la economía. Como esta lista no es exhaustiva, cabe agregar otros periodos y otros giros. En cambio, la etapa que va esencialmente de 1910 a 1925, desde la Ley del Doble Voto Simultáneo a las leyes madre en materia cívico-electoral, con la Constitución de 1918 en el medio, constituyen un tiempo refundacional. Es la creación del Estado moderno. Hay un antes y un después, las cosas no son iguales, guste o no guste. Se construye así lo que el historiador Hobsbawn califica como “quizás la única democracia real de América”[1] Ese fue un periodo clara e inequívocamente refundacional: es el pasaje del país que dirime el disenso mediante las armas al que lo hace por la competencia política en civilidad; es el país que introduce el divorcio, elimina los crucifijos de hospitales, escuelas y oficinas públicas, separa la Iglesia del Estado; el que delínea una compleja y sofisticada ingeniería política y electoral; es el país en que la inmigración europea impacta en un fuerte cambio en la cultura, el idioma, la arquitectura, la gastronomía y el ser nacional. Eso, política y socialmente es un tiempo refundacional. Guste a unos y disguste a otros, que es otro tema.

Sin ninguna duda fue refundacional la Revolución Cubana, que cambió radicalmente a Cuba. Y es un intento refundacional los que realizan, con sentidos y fundamentaciones muy diferentes, Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. Uno trata de construir un nuevo tipo de socialismo, cuyo diseño final no se atisba con claridad, ni tampoco sus fundamentos teóricos. El otro trata de construir una nueva sociedad, buceando en las raíces indígenas, que son la mayoría de la población, en un proyecto contradictorio entre la apuesta a la modernización y el entronque con lo más atávico. Lo que no cabe duda en uno u otro caso es que ninguno apuesta a ser un giro dentro de una continuidad histórica.

El Frente Amplio bajo la conducción de Liber Seregni, con absoluta claridad a partir de 1982, busca un fuerte cambio en el país a partir de asegurar la continuidad histórica. Porque algo que no debe olvidarse, es que aquél Frente Amplio se sintió heredero no solo de las tradiciones marxistas y socialcristianas, sino en palabras del general, de las mejores tradicionales del batllismo y de lo blanco. De los documentos y discursos de la etapa fundacional del Frente Amplio y de la siguiente, la de inserción en el sistema político, se desprende que el momento en que consideran que los partidos históricos abandonan o traicionan sus tradiciones es circa 1955, o en el lapso que va desde entonces hasta 1968. Por tanto, ese Frente Amplio no pretendió rupturas históricas, sino cambios en la continuidad histórica.

Después vino la izquierda que comenzó a hablar de 150 años en que blancos y colorados destruyeron al país, concepto difícil de entender porque supondría que estas tierras fueron un edén allá por los años de 1830 ó 1840, y en cambio, estaban en plena decadencia y destrucción cuando arribaron las oleadas migratorias, los abuelos y bisabuelos de los tres cuartos de los uruguayos. Pero sobretodo vino el afán refundacional que impulsó Tabaré Vázquez más en el plano de lo simbólico que en lo fáctico, ya que tanto su administración departamental como su gobierno nacional fueron continuidades, giros, aceleraciones o frenos en la larga línea histórica del país. Pero en lo simbólico buscó que hubiese un antes y un después. En el inventario de este fenómeno cabe señalar: la eliminación del uso del escudo del departamento de Montevideo y su sustitución por un logotipo publicitario, la desaparición del “Con libertad ni ofendo ni temo” por “Montevideo tu casa”; la eliminación del uso del escudo nacional (y la desaparición de los símbolos de la libertad, la justicia, la abundancia, la fortaleza, la gloria y la paz) por un nuevo emblema con un sol parecido al nacional (pero no igual); la desaparición de la expresión Poder Ejecutivo y su sustitución por Presidencia de la República (institución inexistente en el ordenamiento constitucional uruguayo); la eliminación del nombre “Libertad” para el edificio complementario del gobierno - nombre elegido por Sanguinetti en acuerdo con Wilson Ferreira y Liber Seregni - por el de “Torre Ejecutiva”; el cambio de denominación de la Casa de Gobierno histórica de “Edificio Independencia” por “Edificio José Artigas”; el intento frustrado de traslado de los restos del héroe nacional desde el actual mausoleo hacia la Casa de Gobierno.

No cabe ninguna duda que eso significa un intento refundacional, aunque opere solamente en el plano simbólico y nada tenga que ver con lo fáctico. La realidad no cambia. Pero lo simbólico es muy importante; no es nada menor, contra lo que muchas veces se cree, especialmente en los años jóvenes. Entonces, al ser solo simbólico pero no fáctico,  no fue un impulso refundacional sino un imaginario refundacional, un intento de que aunque las cosas siguiesen su curso, la gente o la historia registrase un antes y un después. Habrá que ver qué pasa con el gobierno que viene, cuánto tiene de continuidad y cuánto de cambio, cuánto de apuesta a lo refundacional y cuánto de apuesta a la continuidad histórica. Y especialmente, si en lo simbólico mantiene estos cambios o vuelve a la tradición seguida por el país durante no menos de un siglo.


 

[1] Politológicamente los Estados Unidos no son considerados una democracia plena hasta 1972, cuando se elimina la exclusión masiva de los derechos políticos a los negros, en los estados del sur.

 

Publicado en diario El Observador
enero 31  - 2010